Cerezales

«Cuentito minero» por Fernando Cerezales.

EL TRATO
Hubo un sordo y sobrecogedor estruendo y tras él una densa polvareda. Crujidos, chispazos de los cables eléctricos y silencio, un espeso silencio. Como estrellas fugaces, las linternas de los cascos proyectaban efímeros e incoherentes haces de luz.
-¡Suso!…¡Suso!…¿¿Andas ahí??.
Emergiendo desde un montón de puntalas, alguien tosió como queriéndose arrancar las miasmas de lo profundo de los pulmones.

  • ¡Cago en mi madre!… ¿Qué hostias ha pasado?.
    -¿Estás bien?.
    -Si Ramiro. Mira a ver si encuentras al Guaje, lo había mandado a buscar la bota.
    El experimentado barrenista venido de La Felguera, continuó a tientas la búsqueda frenética entre los cascotes llamando al ayudante de picador.
    Al fondo de la galería alguien emitió un lastimero quejido a modo de contestación.
    -¡Aquí… el Guaje está aquí!.
    -¡Semedo!…¿eres tú?.- Ramiro se orientó hacia la voz. A su altura, descubrió al caboverdiano con el muchacho entre los brazos, agonizaba con un costero aplastándole el abdomen.
    -Mama, mama… – Balbuceaba.
    Bajo la mortecina luz de la linterna, Ramiro observó las temblorosas piernas del chaval, que poco a poco se iban humedeciendo con orina. Tras un estertor, el Guaje dejó de respirar. En las mejillas de Semedo, hilos brillantes se abrían paso a través del tiznado del carbón.
    Los tres mineros se dieron un momento para asimilar la situación, tras cubrir el cadáver de su compañero con lo que una vez fue un chubasquero.
    -Habrá que ver que putas expectativas tenemos.- Propuso Suso, el más veterano.- En cuanto se pose el polvo, miraremos que salidas hay. Id con ojo.
    No esperaron mucho y se dispersaron por lo que quedaba de galería en busca de esperanza. Al rato, Ramiro volvió y se encontró a Suso recostado sobre una vagoneta volcada. Se sentó pesadamente a su lado, se quitó el casco y mientras limpiaba el cristal de la linterna sentenció:
    -Esto “ye” una ratonera compañero.
    Semedo emergió de la oscuridad dejando una bota de vino en el regazo de Suso tras mover la cabeza hacia los lados con resignación.
  • “Ye” un derrabe grande, – apuntó Ramiro tras unos instantes de reflexión – ni se sienten las bombas de achique.
    -Somos el último turno, estamos jodidos… y solos.- Sentenció Suso.
    -¡ No tanto!. – Desde una de las galerías cegadas comenzó a dibujarse la figura dueña de esa voz dirigiéndose hacia ellos.
    Los tres observaban atónitos al minero que tenían frente a ellos, la funda y las botas increíblemente limpias, el casco reluciente, y la linterna con un intenso haz de luz que los deslumbraba impidiendo identificar al superviviente.
    -¿Eres nuevo?…¿De que turno?…¿Quién eres?.- Se atropellaban a preguntar mientras se erguían.
    -Aunque eso ahora daría igual; mi nombre es Samael y, lo importante, lo que os interesa es… que os puedo sacar de aquí.
    -¿¿Sabes de algún “buraco”??. – Inquirió el caboverdiano despertando del asombro que les bloqueaba.
    Samael sonrió, se podría adivinar que lo hacía porque, a pesar de su deslumbrante foco, se adivinaba al través una lustrosa hilera de dientes.
    -Si, sin duda, lo mío son… los agujeros. -Y prosiguió mientras les daba la espalda dirigiéndose hacia un afloramiento de antracita como si levitara- Yo os sacaré de aquí y podréis volver con vuestras familias. Pero… necesito saber si cuando yo os necesite, cuando os requiera… estaréis ahí.
    -¡Cuenta con ello!. – Soltó Suso entusiasmado.
    -Lo cierto es, que eso me parce poca garantía. –Sentenció Samael desde su rincón.
  • “Júrotelo” por la Santina. – Añadió Ramiro besándose el nudillo del índice.
    El aludido parecía volver a sonreír y mientras caminaba hacia la penumbra sin mover un solo cascote del suelo, habló con voz más marcada por el eco.
    -Yo había pensado en “otra” forma de pago más duradera, más… eterna.
    En la mente de los mineros se empezó a dibujar la verdadera identidad del enigmático tipo que tenían enfrente.
    Semedo se agachó despacio para asir un hacha de entibador que estaba a sus pies, pero por alguna razón, la mano se le quedó sin fuerza y la herramienta se escurrió al no poder apretar los dedos. El ambiente se enrarecía por momentos, tornándose cada vez más asfixiante: humedad, silencio, oscuridad… miedo.
    Ahí va mi propuesta, – musitó el extraño – a cambio de sacaros de este pozo, me cederéis vuestras míseras almas en la siguiente ocasión que crucéis el umbral.
    Ante la estupefacción de ellos, continuó condescendiente.
    -Es un trato justo, en definitiva: otra…oportunidad.
    Suso, el impulsivo picador de Espina de Tremor, tomó la iniciativa y levantando el plástico que cubría el cadáver, inquirió.
    -¿Y que pasa con el Guaje?.
  • Ese ya cruzó el umbral, casi como vosotros, si no lo remediáis.
    -¡Pues no te lo llevarás tú, dejarás que vaya a donde se merezca, incluye eso en el puto trato!.
    Todo un Señor del Inframundo dudaba ante la inesperada propuesta.
    -¡Las almas de tres mineros y su palabra empeñada!. ¿¿Qué más “mecagondiós” necesitas ??.
    Sin mediar palabra, la figura se difuminó lentamente y la neblina resultante giró en torno a ellos desapareciendo después por una brecha del filón. Al punto, los tres notaron como un hilillo de sangre les brotaba de la fosa nasal, secándose antes de llegar al labio.
    Súbitamente, la onda expansiva de otro derrumbe les lanzó contra un montón de entibas, el boquete resultante se abrió en forma de rampa hacia una galería superior. El cuerpo del Guaje también quedó liberado a causa del nuevo hundimiento. No perdieron más tiempo, solo con mirarse se entendieron, asieron al muchacho con el mismo plástico, y se arrastraron a toda prisa a través del agujero salvador hasta el nivel superior, una vez allí, tras cargar el cuerpo en una vagoneta, volaron hacia la jaula para salir de aquella pesadilla.
    Tras cerrar las chirriantes puertas del elevador, Ramiro y el caboverdiano se dejaron caer lentamente hasta quedar sentados en el suelo lamentándose:
    -¡Que hemos hecho!…¡Hemos condenado nuestras almas al infierno!.
    Suso accionó el mecanismo de izado y respondió con gesto impasible:
    -Alegrad esa cara paisanos, llevamos toda la puta vida bajando a ese infierno en cada turno.
  • FIN

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