
Un día de agosto
Caminaba hacia mí. Pensé, qué diferente es ahora esa mirada de la que un día me heló el corazón. Un día de agosto.
……………
Poco a poco la noche se acerca. La caída del sol dibuja una fina silueta de la ciudad desde la quinta planta de este hospital. Empieza a encenderse el alumbrado público y van desapareciendo los edificios y los árboles. Al poco tiempo, ya sólo se perciben puntitos brillantes, pero desde la habitación veo algunas ventanas iluminadas de este edificio en forma de ele.
La oscuridad angustia a los enfermos, una angustia que se adormece al alba.
Horas de sufrimiento vuelan a través de esas ventanas y llegan hasta aquí. Casi puedo tocar el dolor, el desmayo y la desesperanza de los que viven tras ellas.
Algunas están a oscuras. Los enfermos, con los ojos cerrados, a la espera de un nuevo día. Otras despiden una luz amarillenta, triste; reflejo quizás de las vidas que discurren en su interior. Unas pocas deslumbran por su luz blanca, fría y las surcan siluetas enfundadas en batas blancas, que se mueven inquietas, constantes y monótonas. Parecen los laboratorios.
No se oyen risas, tampoco llantos. Solo silencio; un silencio que se esconde al despertar la madrugada.
Esta mañana, como casi todas, llegó el médico con un carrito lleno de historiales. Cogió uno, el número 513-1 y sin mirar a la cara del enfermo, leyó su historial para recordar por qué ese hombre estaba allí. Echó una mirada indiferente y preguntó: “¿Cómo te encuentras…Adelino?”.
Le llamó por su nombre; lo había leído en el papel.
Adelino intenta explicarle que aún siente el pie que le cortaron. Pero eso al médico no parece sorprenderle, sabe que les pasa a todos y que poco a poco lo irán asimilando ¿Para qué explicarlo? Quedan 30 historiales por ver esa mañana.
El médico lo interrumpe varias veces, tantas como él intenta decirle lo que siente. Adelino decide preguntar: “Doctor, ¿cómo está mi pierna?”
El joven médico, casi imberbe, replica: “¿Cómo quiere que esté una pierna que no tiene riego?, mal, bastante mal. Tendremos que cortarla desde arriba”.
Desde el pasillo sentí como su respiración se alargaba para retrasar en lo posible la asunción del golpe. El médico añadió inmutable: “Lo valoraré con el equipo de cirujanos y se lo confirmaré mañana”.
La visita había terminado. Salió de la habitación mirando ya el siguiente informe.
¡Estaba tan indignada!, tan dispuesta a decirle que Adelino era un ser humano, un maravilloso ser humano y que no tenía derecho a tratarlo así, que me planté en su camino, aunque no acerté a articular palabra. Quedé inmóvil delante de él, cortándole el paso, hasta que levantó la vista, me miró y entendió mi pregunta desesperada.
“Ya le he dicho a Adelino que esa pierna está muy mal, que no fue suficiente con cortarle el pie. Mañana le diré el día que podremos operarlo de nuevo”.
Di un paso atrás y me aparté de su camino. La sensación que ahora me invadía era de infinita tristeza. ¿Cómo se lo tomará Adelino?, un hombre tan vital, tan activo.
Fui a su lado. Escudriñé sus gestos para adivinar sus pensamientos y lo que estaba sintiendo y solo acerté a decir: “No te preocupes, ahora ya sabemos cuál es la solución, sólo tenemos que aceptarla y pensar que todo va a ir bien”. Su voz sonó débil pero firme: “Sí, es mejor quitar lo que no funciona, ya me las arreglaré, pondré una pierna ortopédica y aprenderé a andar con ella”.
¡Una pierna ortopédica!, pensé, Dios mío, ¡no se da cuenta que con 87 años nunca aprenderá a llevar otra pierna que no sea la suya! ¡No se da cuenta que nunca se pondrá de pie solo, y quizás nunca llegue a levantarse de esa cama! La realidad era tan triste; mejor que no fuera consciente de ella.
Hablamos de otras cosas, como lo que quería hacer cuando saliera, los trabajos que le esperaban en casa…
Pasado un tiempo largo de charla, decidimos dar un paseo en la silla de ruedas. Despacio, sin giros bruscos que lo marearan. Eso nos haría salir de la monotonía. Llegamos a un pasillo cuyas paredes de cristal nos permitían ver el exterior, un trozo de carretera y un paisaje castellano pintado de verano, ocre hasta el infinito.
¡Qué triste debe sentirse!, pensé. Creo que él sabe, como yo, que nunca saldrá de aquí, que este pasillo, que ahora recorremos juntos, es su último paisaje.
Pero llegó la comida, el mejor momento del día. El olor lo impregna todo de un sentimiento más humano, más cordial, casi olía a hogar. Adelino es un gran comedor, le gusta todo y agradece a las enfermeras que le traigan el postre que más le gusta: la compota de manzana. Comimos en la sala de visitas, como si fuese la terraza de un restaurante de Ordoño II y lo hicimos despacio, saboreando cada bocado como si fuese el último. Hablamos del arroz, “está soso, el pan también, pero el postre está buenísimo”. Cuando estábamos riendo por alguna de las anécdotas graciosas que Adelino suele contar, pasó el médico que lo había visto por la mañana. Debió sorprenderle nuestra actitud después de la noticia que nos había lanzado sin contemplaciones, o quizás estuviese arrepentido de su falta de tacto. Nos miró con ternura y nos regaló una sonrisa abierta que se me antojó, sincera.
Después de tomar las pastillas, lo acosté, dormirá la siesta antes de que llegue alguna visita.
Aprovecho para leer. El libro, de un japonés cuyo nombre me resulta difícil de recordar y más difícil todavía de pronunciar, me lleva a otra historia, una que también transcurre en un hospital; el protagonista es un embalsamador de muertos. Otro tiempo, otra escena y sobre todo, otro dolor que no era el mío.
Momentos de evasión que sólo interrumpen las enfermeras cuando entran y salen sin pudor. Golpes en las puertas que sobresaltan; algunas voces más altas que otras y un ruidoso ir y venir de instrumental metálico.
La tarde va cayendo y las visitas vuelven a sus vidas cotidianas.
Quedamos solos, a la espera la cena. El olor que desprende el carrito de las bandejas por los pasillos delata la hora, a pesar de que el sol de agosto aún se cuela por las ventanas.
Un gran suspiro de Adelino me hace intuir que teme a esos duendes que por la noche merodean por su almohada.
………………….
Dos años después, llenos de sufrimiento y también de tesón, pero sobre todo, de valentía, Adelino, mi padre, camina con su pierna ortopédica hacia mí. Él está orgulloso de su logro y yo siento que su cálida mirada vuelve a ser la misma que me regala en los momentos más importantes de mi vida.
…………………
… Y hoy, diez años después de su muerte, aún permanece intacta en mi memoria.

Adelino del Valle Iglesias nos dejó a los 93 años
POR AF2TORAL EN
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Qué bonito relato.
Su padre se sentirá feliz con este recuerdo después de diez años.
Enhorabuena.
Cuando la especie a la que pertenezco,..es 10.
Un abraxo fuerte.😜