
cuarenta años en el Colegio de la Asunción situado
en el populoso barrio de Flores del Sil.




EL FERROCARRIL y TORAL DE LOS VADOS
Todavía afloraban a la comisura de mis labios los primeros versos del “Romance del prisionero” que dicen:
Que por mayo era, por mayo
cuando hace la calor,
cuando los …
que tuve que memorizar en clase de Lengua y Literatura Castellana en el Instituto de Enseñanza Media “Gil y Carrasco” cuando varios cientos de familias de aquel pueblo-ciudad que respondía al nombre de Ponferrada se preparaban para ir a pasar la mañana y tarde del domingo a Toral de los Vados. Estamos en los meses más cálidos del año, julio y agosto. Corrían los primeros años de la década de los 60 del pasado siglo. La ribera del cauce del Burbia venía a ser la playa a la que no podíamos acceder algunos de nosotros. Resultaba ser el lugar idóneo para que las personas mayores y más jóvenes pudiesen disfrutar de una jornada dominical única. El medio de desplazamiento más utilizado era el tren. Con un único trazado y destino, la estación de la localidad berciana de Toral de los Vados.
La tarde del sábado en mi casa se preparaba parte de las viandas a llevar al día siguiente. Más o menos siempre lo mismo, una ensalada a base de lechuga, tomate y cebolla. Otras veces ensaladilla rusa. De fiambre rodajas de chorizo de la matanza, casera, del año. Las menos alguna loncha de jamón serrano. Y como no para los más peques la mortadela, tal cual.

A temprana hora del domingo nuestras madres preparaban unos filetes de ternera empanados. Como acompañante dos rebanadas de pan de hogaza. Una vez fritos se colocaban en el pan. Para siempre quedará el aroma de aquel suculento bocadillo. Así como el sabor inconfundible el primer bocado. De bebida agua natural del grifo. Para los adultos vino en una bota cuya imagen nunca olvidaremos. En algunas ocasiones algún refresco de la marca Anaical (origen la comarca de Laciana, de ahí su nombre al revés).
Cogidos de la mano de nuestros padres o tíos y con nuestros primos carnales nos íbamos hasta la estación de la Renfe o del Norte, para otros. Largas colas para sacar el correspondiente billete. Y ante nuestra vista miles y miles de personas dispuestas para subir a los vagones del tren. Era una expedición especial. Todos cargados con bolsas de tela, que resultaban ser casi todas idénticas. Con la máxima prudencia y vigilados por los ojos de nuestros familiares subíamos al tren para intentar buscar un asiento.
Ante nuestros ojos un trabajador de Renfe uniformado, para nosotros elegantemente, con su correspondiente gorra, un banderín y un silbato. Una vez comprobado que el convoy tenía todas las garantías oportunas para iniciar su partida, un sonido de silbato y un ondear de su bandera era la señal para que el maquinista pusiese en marcha el tren. En su trayecto veríamos el barrio de La Placa, el apeadero de Dehesas, Villaverde de la Abadía, Villadepalos y la estación de Toral.
Una vez en el andén y con todos los miembros de la familia y correspondiente equipaje nos dirigíamos a la zona de una plantación de chopos. Todos y cada una de las familias buscaban el mejor lugar posible que nos diese cobijo y frescor. Mientras los mayores iban haciendo los preparativos oportunos los más peques nos íbamos despojando de nuestras prendas de vestir para ir a darnos el oportuno chapuzón en las aguas del río. Así transcurrían las horas matinales hasta la hora de comer.
Después del almuerzo era el turno de descanso. De riguroso cumplimiento y deber guardar dos horas para la digestión de los alimentos tomados. Había llegado el momento de jugar a las cartas, juego el burro. O bien otra opción, un tablero con dos juegos clásicos. Por una cara el parchís, por la otra la oca.
Antes de recoger todos los enseres y retornar a la estación para el viaje de regreso el baño de la tarde. A mi mente viene la imagen de una especie de balsa aprovechando la cámara de la rueda de coche. Había una que era enorme, creo que procedente de algún camión. Allí los adolescentes jugaban a subirse a su parte superior y tirarse de allí. Otras veces las hacían volcar con sus ocupantes dentro.
Volvíamos a nuestros hogares totalmente agotados y con ganas de coger la cama. Había sido una jornada agotadora y llena de alegría compartida con tíos, primos y abuelos. Algunos de nosotros con la piel del color del caparazón de un cangrejo, totalmente roja. Unas compresas de agua y vinagre aliviaban el picor que sentíamos especialmente en hombros y espalda. A pesar de todo ello nuestra mayor ilusión era ver transcurrir los días de la semana para volver de nuevo el siguiente domingo…
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A la llegada del tren a Toral seguía una desbanda de padres o chicos mayores corriendo por las vías para coger buen sitio en las choperas de la zona de baño. Lo viví muchos domingos desde la galería de la casa donde vivían mis tíos y padrinos Josefina y Alfredo. Todo un espectáculo.