
-¡GRACIAS, ALBERTÍN!-
A finales de los años cincuenta del pasado siglo XX, en la villa más hermosa de todo el noroeste español, los niños que íbamos a la Escuela Nacional, en los duros y largos inviernos vestíamos de lana, con jerséis y chaquetas que tejían nuestras madres. Los colores eran naturales, siempre tres, negro, blanco y marrón, a veces combinados, igualitos que los que lucían las ovejas y los carneros.
Las mangas de nuestras hermosas prendas de vestir pronto las dejábamos lustrosas e impermeabilizadas, a base de limpiar nuestras propias pizarras individuales (en aquel mundo tan capitalista), unas veces en seco, y, otras, las más, escupiendo sobre ellas, pues las huellas de lo pizarrines con los que escribíamos, dibujábamos, o hacíamos las operaciones aritméticas siempre se resistían, no querían desaparecer.
Nosotros, los niños pobres, venga a escupir y a frotar con las mangas de lana sobre la fina superficie negra enmarcada con fina madera. Lo hacíamos con tanto afán, dedicación y esmero que las dejábamos limpísimas y relucientes, listas ya para recibir en su seno una nueva y fugaz obra de arte, una operación matemática, o una creación literaria.
Entre escritura y borradura completábamos la impermeabilización de nuestras mangas de jerséis y chaquetas a fuerza de pasarlas una y otra vez por debajo de la nariz, discretamente, a derecha e izquierda, libremente, a nuestro antojo (para que luego digan que no había libertad), pues todavía la ciencia y el progreso no habían inventado los clínex, ni las servilletas de papel, y los pañuelos de mano, de mocos, eran artículos de lujo.
Allí, en la Escuela Pública, conocí yo a grandes sorbedores de mocos (algunos se caían en la pizarra), muy educados, eso sí, y también, en los recreos en el atrio de la Colegiata, a algunos exhibicionistas lanzadores de escupitajos, con distintas técnicas, aunque las básicas eran una de frente y la otra poniendo la boca de medio lado, izquierda o derecha, sin limitaciones: Taxio, el de la boca más grande, siempre ganaba todos los campeonatos.
Un día, Albertín, “o fillo de rapacuartos”, no sé si por querer distinguirse, o por vanguardista, o por imperativo matriarcal, sacó a relucir un nuevo y lindo pañuelo de rayitas de colores, y, muy finamente y disimuladamente, se sonó educadamente, tan suavemente que apenas nos enteramos unos pocos compañeros, los más cercanos. Algunos, sin duda los más impresionados y audaces, al salir para el recreo mañanero, se confabularon y acordaron formar una comitiva indagadora. Y con muy buenas maneras, respetuosamente, le exigieron a Albertín que les mostrase el lindo recogemocos, y que, además, el que quisiera tuviera la oportunidad de probarlo, de sonarse en él.
Nuestro compañero fue muy comprensivo, colaborador, y los solicitantes se mostraron tan pelmas y cargantes que dejaron el pañuelo tan lleno de “mocaladas” que el pacífico compañero dudaba si metérselo de nuevo en el bolsillo o tirarlo. Al fin, con un evidente gesto de valor, resignación y dignidad, decidió depositarlo en la base del castaño que había cerca de una gran nogal, sin intuir siquiera –pienso yo- que con su gesto iba a provocar una estampida colegial, un tirarse todos al suelo para recogerlo, una gran disputa entre colegas que acabó con el pañuelo hecho trizas.
Al día siguiente, viernes, el compañero Albertín llegó a la Escuela Pública con el cabás repleto, y tuvo el magnífico detalle de entregarnos un bonito pañuelo a todos sus colegas.
Gracias, Albertín.
BOUZA POL, escritor.
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