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El origen del vino y su larga andadura hasta la llegada a nuestras tierras.-La vitivinicultura–1 por Fernando Mallo

Fernando Mallo Fernández es doctor en Matemáticas y Estadística. Fue vicepresidente del Comité Interterritorial de Estadística del Instituto Nacional de Estadística (INE) y Director General de Estadística de la Junta de Castilla y León.

Los recursos materiales y culturales del Municipio de Toral de los Vados (IV) (La vitivinicultura – 1).

Hoy vamos a dedicar este artículo (de una serie de 5) a un importante subsector de la agricultura y la alimentación – destacado en la práctica totalidad de las pedanías del municipio de Toral de los Vados – la vitivinicultura, el cultivo de la uva y la elaboración del vino, “nuestro apreciado y deseado vino”.

Comenzaremos con un primer artículo dedicado a la historia de la viticultura y la vinificación desde los Sumerios – en los valles de los ríos Tigris y Éufrates, actual Irak, donde se supone el inicio- hasta su llegada a la península Ibérica, y en Particular al Bierzo. Con ello podremos comprender mejor las claves del cultivo del viñedo y la elaboración de vino en el Bierzo y muy en especial en el municipio de Toral de los Vados.

El origen del vino y su larga andadura hasta la llegada a nuestras tierras.

La historia del vino ha discurrido íntimamente ligada a la historia de la humanidad. El vino – “vinum” en latín y “oinos” en griego – tal como se conoce hoy en día: “es una bebida alcohólica procedente de la fermentación del zumo de uva, la cual se produce gracias a la acción de las levaduras presentes en el hollejo – del latín folliculus, «cáscara»de las uvas”.

Desde muy antiguo se creyó que el fermentado de uva no solo acompañaba mejor las comidas, sino que se extendió la idea de que mejoraba notablemente la salud. La ciencia hoy en día nos explica por qué, si bien nos recuerda “siempre que se tome en cantidades moderadas puesto que contiene alcohol”.

El resveratrol – un flavonoide presente en la uva negra, principalmente en la piel y las semillas -, junto a otros flavonoides y taninos presentes en el vino tinto aporta grandes beneficios a nivel cardiovascular.

La medicina ha descubierto que estos polifenoles disminuyen los niveles de colesterol y triglicéridos, fluidifican la sangre impidiendo la formación de trombos y reducen la arteriosclerosis. Por tal motivo, se dice que el consumo de vino tinto disminuye el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares y accidentes cerebrovasculares y, recalco, siempre que se tome en cantidades moderadas – la mayoría de los médicos recomiendan la toma de una o dos copas al día -.

La vid pertenece a una amplia familia de plantas leñosas y trepadoras (las vitáceas) de la que se conocen en torno a 15 géneros. De ellos, la vid se encuadra en el género vitis del que, a su vez, se conocen varias especies en el mundo. Tiene una gran antigüedad sobre la superficie de la tierra y mucha facilidad para hibridarse – engendrarse híbridos espontáneamente – y para mutar bajo distintas condiciones climáticas.

A pesar de que existen indicios de que el cultivo de la vid, – al principio salvaje, denominada vitis vinifera sylvestris y domesticada después, que es la vid que se cultiva y que crece cuidada y atendida por el hombre y a la que me referiré en adelante como vitis vinífera sin más – y la elaboración de bebidas a partir de las uvas – en forma de zumos con añadido de azúcares – ya se realizaban en torno a los años 6.000 y 5.000 antes de Jesucristo (a.C.), no es hasta la Edad de Bronce (3.000 a.C.) cuando se estima que se produjo el verdadero nacimiento del vino – si bien los expertos no descartan la posibilidad de que se hubiese logrado antes de forma accidental-.

Los inicios de la vitivinicultura.

Los arqueólogos han encontrado indicios que fijan el origen de la primera cosecha de vino en Súmer, Sumeria, en las fértiles tierras regadas por el Tigris y el Éufrates en la antigua Mesopotamia, actualmente Irak.

El cultivo de la viña y la elaboración del vino vienen perfectamente documentados en las tablillas cuneiformes, procedentes de la antigua Mesopotamia. Era la bebida favorita de reyes y mercaderes, y se le consideraba símbolo de fecundidad.

Una escultura hitita del rey Warpalawas – rey hitita de Tabal en el centro-sur de Anatolia, actualmente Turquía – muestra al Dios de la fertilidad, Enki, con racimos de uvas (figura adjunta, imagen central).

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Tablilla cuneiforme: vino A la izquierda: el Dios sumerio Enki En amarillo la civilización sumeria

Fue el vino, por tanto, un grandioso invento debido a los sumerios, uno más que añadir a su larga lista de logros: la rueda, el ladrillo, las casas, las ciudades, los mitos y los dioses. De este modo, cuando el hombre todavía no podía explicar el misterio de la muerte, ni las dimensiones del cielo, comenzaba ya a cultivar el elixir de los dioses. Incluso los inicios de la escritura, con rudimentarios símbolos en tablillas de arcilla, están ligados al registro de las calidades y los volúmenes de vino. Ante esto, muchos historiadores afirman que posiblemente fuese el afán por conseguir las mejores uvas lo que dio origen a nuestra primera escritura.

De hecho, el primer Dios reconocido por nuestra inicial civilización fue el Dios sumerio Enki – el Dios máximo del vino -, que tuvo la difícil tarea de unir el mundo de los inquietos e impacientes humanos con el universo apacible de los muertos, para lo que se reinventó como “el Dios de los líquidos fermentados”.

El vino en la cultura egipcia.

Desde Sumeria el vino llegó al Antiguo Egipto (3.000 a.C.), donde habría de rivalizar con la cerveza que elaboraban los egipcios, convirtiéndose el cultivo de la vid en el segundo por orden de importancia. Las autoridades egipcias establecieron ciertas ordenanzas tanto para proteger la viña como para la elaboración del vino, retratadas en los grabados en piedra con razonables métodos de elaboración. Fue en Egipto donde aparecieron los primeros vinos guardados en odres y tinajas de barro (ánforas) durante varios años – y donde el vino viejo tenía más valor que el nuevo –.

El primer vino egipcio se elaboraba a partir de una mezcla de uvas blancas y tintas provenientes de las grandes producciones cultivadas en terrenos irrigados en el último tramo del Nilo y, sobre todo, en el propio delta. Y fue también en Egipto donde aparecieron los primeros vinos de moscatel y donde, posiblemente, se añadieron por primera vez los raspones a la fermentación para lograr una acidez que permitiera prolongar su conservación.

En el antiguo Egipto el vino se convirtió en símbolo del estatus social – los faraones eran enterrados con vasijas de barro que contenían vino – por ejemplo, en la tumba de Tutankamón (siglo XIV a. C.) – y en las pirámides se han hallado grabados que simbolizan el cultivo de la vid, la recolección, elaboración y disfrute del vino tanto en fiestas paganas como en actos religiosos.

Ya en aquella época los alfareros grababan en las ánforas destinadas a guardar el vino el nombre o la marca de quién había cultivado las uvas, la fecha de elaboración y la calidad del mosto – podría decirse que esos grabados fueron los precursores de las modernas etiquetas –.

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Sirviendo el vino

La cultura griega del vino.

La adaptabilidad de la vitis vinifera favoreció su expansión, y en el año 700 a.C. el vino llegó a la Grecia clásica. Los griegos tomaban el vino ligeramente aguado, y también se empleaba en ritos religiosos, funerarios y fiestas populares, además, asignaron al vino su propia divinidad: Dionisos, que aparece siempre representado con una copa en la mano. En obras literarias de la época, como “La Ilíada” y “La Odisea”, queda reflejado que el vino en muchas ocasiones se utilizaba para emborrachar a los enemigos y así poder vencerlos.

Fue en Grecia donde el consumo de vino adquirió mayor protagonismo e importancia en la Antigüedad al abandonar los palacios y las moradas de los poderosos y difundirse entre la mayor parte de la población hasta convertirse en parte sustancial de su cultura. Además, los griegos perfeccionaron los modos de elaboración que junto con los métodos romanos marcarían la historia posterior del vino.

Curiosamente, la costumbre griega de mezclar el vino con agua era síntoma de civilización; por el contrario, beber vino puro se consideraba sólo propio de bárbaros y pueblos sin mesura.

También los griegos crearon recipientes de diferentes tamaños para el almacenamiento y servicio del vino: cráteras de tamaño medio y ánforas de gran tamaño, tanto de terracota como de madera, que se sellaban con resina de pino; surgieron de este modo los primeros vinos con sabores a pino o resina. En esta época los vinos se protegían en su transporte dotándolos de altas graduaciones.

Los vinos griegos de esta época eran, en general, vinos dulces y de color ámbar ocre. Además, por si el sabor a resina de pino fuese poco, los vinos de embarque transportados en ánforas tenían gusto a pez al estar recubiertas de esta sustancia las paredes de las vasijas para evitar la evaporación en el transporte.

En esta época, se elaboraban vinos con particularidades propias en diferentes regiones de Grecia como, por ejemplo, en Rodas -con fértiles valles regados por el río Damují y su mayor afluente el Jabacoa -; en Icaría – donde algunas leyendas sitúan el nacimiento de Dionisio, concretamente en el monte Pramnos -; en Lesbos, Quíos y Tasos – vinos dulces de “mosto yema” – sin mezclar con vino de prensa -; y en otras regiones como Eritrea, Naxos, Corinto o Mende.

Actualmente, los habitantes de Icaria viven en promedio diez años más que los del resto de Europa occidental y consideran que la longevidad de su vida se debe en gran medida a tres factores: la ingesta diaria de vino, el estilo de vida sencillo y abierto y su dieta de vegetales frescos y leche de cabra. Y añaden con orgullo: “a nuestro vino no se le agrega nada”.

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Dionisio, Dios griego del vino. De cuando la fiesta se les iba de las manos.

En muchos documentos griegos se habla con orgullo de su «vino negro». «Negro» sería la traducción literal del adjetivo mélas, y así era el vino que se consideraba el más fuerte y con efectos más duraderos y que el médico Mnesíteo lo consideraba muy digestivo. Estas características se atribuían precisamente a uno de los vinos más famosos de la Antigüedad, el pramnio. El historiador del siglo II a.C. Epárquides afirma con sutil ironía que el vino negro de Icaria no es «ni dulce ni espeso, sino seco y duro, y tiene mucha fuerza». Si ustedes se fijan, “parece que Mnesíteo y Epárquides están retratando el vino berciano de la primera mitad del siglo XX”.

Los griegos en la antigüedad adoraban los ríos (a pesar de ser relativamente pequeños) porque creían que los paisajes fluviales dada su belleza sobrenatural – con excelentes viñedos -, pertenecían al mundo de los dioses. De nuevo la recurrente simbiosis del vino – elixir de dioses – con los ríos.

Existe documentación que indica que los griegos llegaron a importar vinos procedentes de países exóticos, como Líbano o Palestina, generalmente destinados a las mesas de las clases nobles. Y fueron los griegos antiguos (a partir del siglo VIII a.C.), junto con los fenicios, los primeros en contribuir a la expansión y el comercio del vino por todo el Mediterráneo – al establecer multitud de colonias en estas áreas y llevar los colonos consigo vides para plantar en la nueva tierra, así como la tecnología necesaria -, en particular en la Península Ibérica.

En el siglo VII a.C. los griegos extendieron la cultura del vino a la isla más grande del Mediterráneo, Sicilia – llevaron las primeras vides de la variedad Byblia, procedente de Biblini, en Tracia-. La red hidrográfica de Sicilia está constituida por numerosos ríos cortos y de poco caudal, Salso, Alcántara, Simeto, Belice – conocido antiguamente como Ipsas -, Platini, Ippari y Dirillo, que contribuyen a un microclima y un drenaje de los terrenos que los hace idóneos para el cultivo de la vid.

En la actualidad Sicilia está llena de agradables sorpresas vinícolas – entre los vinos más conocidos están el vino de Marsala de la provincia de Trápani (rio Belice), el vino Moscato de Pantelaria, el Malvasía de Lipari, el Nero de Avola; y el más importante vino siciliano de hoy día, Cerasuolo de Vittoria (cuyos viñedos se sitúan cerca de los ríos Ippari y Dirillo).

La vitivinicultura en la antigua Roma.

Cuando en el año 200 a. C. Grecia pasó a ser provincia romana, Roma acogió con gran entusiasmo su cultura del vino.

Nadie duda hoy que el Imperio Romano fue uno de los ejes centrales de la expansión de la vitivinicultura a nivel mundial – gracias a su imponente amplitud de territorios – y que desempeñó un papel fundamental en la historia del vino. Tal como quedó plasmado en las obras de diversos escritores romanos —especialmente de Catón, Columela, Horacio, Paladio, Plinio, Varrón y Virgilio — la expansión y esplendor del Imperio Romano devino en un aumento en la tecnología y en el conocimiento de la producción de vino, que debido a la adaptabilidad de la “vitis vinífera” – rápidamente se expandió a través de las rutas militares y comerciales a todas las partes del imperio, en particular a nuestra querida Península Ibérica.

Además, las obras de los referidos escritores romanos nos permiten hoy entender el papel del vino en la cultura romana y comprender las costumbres de la época sobre el cultivo de la vid y la vinificación. Muchas de las técnicas y principios desarrolladas por primera vez en la época romana pueden encontrarse en la producción de vino actual. ​

Si bien las primeras influencias de la viticultura en la península Itálica se remontan a los griegos y etruscos, sería el auge del Imperio Romano el que supuso un notable aumento en la tecnología y en el conocimiento de las técnicas de producción del vino en Italia.

Los romanos crearon su propio Dios del vino, Baco – el equivalente al Dios griego Dionisio -, y le dieron al vino un “carácter parcialmente democrático”, al estar disponible para todos, desde el esclavo más bajo hasta el aristócrata, pasando por el campesino. La creencia romana de que el vino era una necesidad vital diaria promovió su extensa disponibilidad entre todas las clases. Esto generó el deseo de llevar la viticultura y la producción de vino a todas las partes del imperio, para asegurar un suministro estable para los soldados y colonos romanos.

La economía también fue entrando en juego a medida que los mercaderes romanos veían oportunidades de comercio con tribus nativas como los galos o los germanos. De este modo llevaron la influencia de Roma a estas regiones incluso antes de la llegada de las milicias. ​

A partir del 200 a.C. se empieza a elaborar, de forma importante, el vino en la antigua Roma. Los romanos lo consumían de manera habitual. Era la bebida más demandada en banquetes, reuniones, etc. Curiosamente, el vino blanco era muy apreciado y consumido por las clases más nobles, que vivían en villas de descanso donde disfrutaban del vino; mientras tanto, el vino tinto, era servido en tabernas populares, como se ha podido observar en las excavaciones de Pompeya.

La borrachera estaba bien considerada en las mejores familias, incluso el abuso estuvo de moda, si bien las mujeres tenían prohibido beberlo.

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Baco, Dios romano del vino. Arriba pisando las uvas.

En la Roma primitiva, el culto a Baco estuvo presente entre los habitantes del centro y sur de Italia ya en el siglo III a. C. Como también le había pasado a su equivalente griego, Baco pronto cayó bajo la sospecha de la clase gobernante. El culto estaba dividido en células locales con sus propias estructuras jerárquicas y juramentos de lealtad. La mayoría de los miembros eran mujeres y se creía que sus fiestas – las Bacanales – incluían sacrificios de animales y orgías. El senado romano consideró estas reuniones una amenaza para la autoridad, prohibiendo el culto a Baco y las bacanales en el 186 a. C.

Hasta el siglo II a. C. el vino griego fue el más apreciado, siendo más costoso que los vinos romanos locales. Pero a partir de este siglo comienza el apogeo de la producción de vino romano y el desarrollo de viñedos de primera categoría hasta tal punto que la cosecha del año 121 a. C. llegó a alcanzar una fama legendaria y se la nombró como la “cosecha opimia”, en honor del cónsul de la época, Lucio Opimio -. Está comprobado que la cosecha de aquel año destacó por la gran producción y la altísima calidad de las uvas y de los vinos, llegándose a afirmar, esta vez sin comprobación, que varios de ellos se seguían bebiendo hasta cien años después.

Es de destacar que uno de los centros vinícolas más importantes del mundo romano, antes de la erupción del Vesubio, fue la ciudad de Pompeya, ubicada al sur de la actual Nápoles, que se caracterizaba por ser la fuente principal de vino para Roma. Dicha localidad poseía una gran extensión de viñedos, extendidos por los valles del rio Sarno – cuyo curso fue desviado por la erupción volcánica del Vesubio, hace 2000 años -, convirtiéndose en un gran centro comercial de vino.

En Pompeya el culto a Baco era patente y ferviente, quedando reflejado en representaciones suyas en toda la región, tal como muestran innumerables hallazgos arqueológicos.

En el mundo romano estaban muy extendidos los “termopolios” – “locales de vino y comidas calientes” – en los que era costumbre tomar el “prandium” (comida) fuera de casa. Solo en Pompeya había unos 80.

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Termopolio de vinos y comidas en Pompeya Ánforas de vino de Pompeya

Era tal la necesidad de vino del cada vez mayor Imperio Romano que el cultivo de la vid se convirtió en cultivo prioritario en las tierras conquistadas. Una labor que, si bien tenía carácter abastecedor para las demandas de Roma, favoreció dos de los grandes legados de esta civilización para el resto de Europa. Por un lado, la expansión del cultivo de la vid, una forma de transformar buena parte de los territorios conquistados en la bodega del Imperio. Y, por otro lado, Roma no dudó en mandar agricultores griegos hasta el último confín de su territorio; Una apuesta de éxito para que enseñaran los secretos del cultivo de la vid y llevar, así, a buen puerto las cosechas. Con ello se consiguió un conocimiento compartido que transformaría para siempre la manera de entender el campo de buena parte de los territorios conquistados.

Los romanos supusieron una segunda revolución (la primera se debió a los griegos) en la elaboración y tratamiento del vino, basados en los procedimientos griegos, e importantes novedades en la viticultura:

§ Mecanizaron la viticultura (arado romano)

§ Fueron los primeros en experimentar con los injertos de vides.

§ Introdujeron la consideración del clima y la orografía al elegir la variedad de uva a plantar.

§ Estudiaron los beneficios de las diferentes espalderas y de los emparrados.

§ Analizaron los efectos de la poda y el rendimiento sobre la calidad del vino.

§ Introdujeron nuevas de técnicas vinícolas como el añejamiento sobre lías tras la fermentación.

§ Tras la pisa en amplios lagares, la fermentación se realizaba en grandes tinajas de barro.

§ Introdujeron la prensa de viga para la separación del vino y los hollejos.

§ Adoptaron el envase de madera para la conservación del vino – que era el habitual en el norte de Europa para almacenar la cerveza -.

§ Para el transporte utilizaron sobre todo el ánfora de terracota, que llegaba de Egipto vía Grecia, donde se sellaban con un tapón de resina (seguramente el origen del emblemático retsina griego), pero también las cubas de madera y los odres elaborados con piel de carnero o de vaca.

§ Cuidaron la limpieza a lo largo de todo el proceso para evitar la contaminación, las impurezas y el deterioro.

§ Apareció la figura del vinatero (antecesor del bodeguero moderno) que realizaba maceraciones con hierbas para proporcionarles aromas y que desarrolló técnicas para blanquear los vinos (los vinos blancos eran los más apreciados por las clases altas romanas).

§ Los vinateros maduraban el vino en ánforas durante 15 o 20 años, ya que esos caldos eran muy apreciados entre la sociedad noble, sobre todo por los patricios.

§ Los romanos convirtieron el vino en una importante actividad económica expandiéndolo por todo el imperio e importando vinos de otras zonas más exóticas.

§ Y, por último, los romanos llevaron la industria vinícola a todas sus posesiones, tanto que cabe preguntarse si el Imperio detuvo su expansión justamente en la zona límite de sus cultivos ancestrales, la vid y el olivo.

Además, con los romanos los vinos territoriales (primitivas denominaciones de origen) comienzan a tener cierta importancia con una mayor variedad de estilos.

Existían vinos blancos de 18 grados ligeramente rancios y algo cocidos y dulces con sabor a frutos negros, dátiles y arrope. Poco a poco los agricultores fueron dejando de añadir el raspón inclinándose a sabores más suaves. En general eran así todos los vinos producidos desde la Bética hasta Grecia en el ámbito mediterráneo.

La vid y vino se convirtieron en símbolos del Imperio Romano hasta el punto de que la insignia de los centuriones romanos era un sarmiento.

A medida que Roma asimilaba más culturas, se encontró con dos grupos religiosos que consideraban el vino en términos generalmente positivos: el judaísmo y el cristianismo. El vino, la uva y la vid hacían frecuentes apariciones literales y alegóricas en la Biblia hebrea – el Torá – y en la cristiana. En el Torá, la vid fue uno de los primeros cultivos plantados tras el Diluvio Universal  y durante la búsqueda de Canaán, siguiendo al éxodo desde Egipto, uno de los informes positivos sobre la tierra prometida fue que “las vides eran abundantes”.

Los judíos bajo el gobierno romano aceptaban el vino como parte de su vida diaria, pero veían negativamente los excesos que asociaban con la impureza romana.

Muchos de los puntos de vista judíos sobre el vino fueron adoptados por los cristianos, grupo que surgió en el siglo I después de Cristo (d.C.). Uno de los primeros milagros que obró Jesucristo fue transformar agua en vino – en las bodas de Canaán -. Por otro lado, el sacramento central del cristianismo, la Eucaristía, incluye el uso del vino.

La influencia e importancia del vino en la iglesia cristiana era inequívoca, y ésta pronto tomó el relevo de la Antigua Roma, como veremos, como influencia dominante en el mundo del vino durante los siglos siguientes – prácticamente hasta el Renacimiento -. ​

Como conclusión, podemos afirmar que, con sus luces y sus sombras, el vino está en deuda con el Imperio Romano, porque de no haberse convertido en bebida y símbolo quizás no lo disfrutaríamos como lo hacemos en la actualidad.

Con la expansión del Imperio Romano, el cultivo de la vid se extendió desde Italia hacia la Galia (Francia), Germania (Alemania), Hispania (Península Ibérica) y otros. Los galos imitaron a sus vecinos del norte de Europa, que usaban barricas de madera para conservar la cerveza, y emplearon estas barricas para almacenar el vino. Los visigodos también heredaron la tradición romana del cultivo de la vid y de la elaboración del vino. Como consecuencia, en la actualidad, en una tercera parte de la vieja Europa – Francia, España, Italia y Alemania, entre otros países – se cultivan vides y se produce el mejor vino del mundo.

El vino llega a la Península Ibérica.

¿De dónde llegó el vino a la Península Ibérica? No hay una respuesta exacta para esa pregunta, aunque son muchos los historiadores del vino que han intentado responderla examinando las evidencias disponibles.

Las primeras influencias de la viticultura en la Península Ibérica pueden seguirse hasta los fenicios, griegos y etruscos. Si bien, es de destacar que algunos historiadores del vino sitúan el consumo de un brebaje parecido al vino en la Península Ibérica casi 6000 años a.C., puesto que las vides bravas (vitis vinifera sylvestris) estaban muy extendidas en la península. Algunos de estos autores indican que los moradores de la península tomaban el zumo de esas uvas silvestres mezcladas con miel.

Pero el inicio de la viticultura en España, según la mayoría de las fuentes bibliográficas, parece ser que se remonta a casi 2000 años a. C. – posiblemente hacia el año 1900 a.C. – cuando los colonos fenicios se establecieron en la península y fundaron un puerto en el sudoeste llamado Gadir, actualmente Cádiz. Estos colonos fueron extendiéndose hacia tierra adentro, creando la ciudad de Xera (actualmente Jerez), a las orillas del rio Guadalete, en cuyas montañas plantaron y cultivaron vides; allí parece ser que comenzó con toda probabilidad la actividad vitivinícola en la Península Ibérica.

Los fenicios iniciaron el comercio del vino y enseñaron a la población indígena las técnicas, aún muy rudimentarias, de cultivo y vinificación, e instalaron auténticas factorías vitivinícolas con lagares, talleres de cerámica y almacenes de ánforas de vino.

Las plantaciones de viñedos se fueron ampliando hasta el rio Guadalquivir configurando la que hoy es conocida como una de las regiones más importantes de vinos españoles (los valles entre el Guadalete y el Guadalquivir donde se ubican actualmente las ciudades de Jerez, Puerto de Santa María y Sanlúcar de Barrameda).

Los primeros datos sobre el cultivo extensivo del viñedo en la Península aparecen con la colonización griega hacia el siglo VIII a.C. Los griegos fundaron su primera colonia en la península en Ampurias, en el golfo de Rosas, provincia de Gerona. Desde aquí comenzó a extenderse, poco a poco, el cultivo de la vid por la zona conocida actualmente como región vinícola de Empordà – Costa Brava – y es considerada como otro punto de partida de la expansión de la Vitis vinifera. Sería el segundo foco histórico comprobado de entrada del cultivo de la vid y la elaboración de vino en la Península y tal vez el de mayor implicación cultural y religiosa.

Los griegos introdujeron en la Península Ibérica su costumbre de mezclar el vino con agua – sólo en los ritos religiosos se consumía puro -; una práctica habitual que se prolongó hasta el siglo XIX (sin contar los fraudes tabernarios).

El vino griego no llego a ser un elemento significativo en la sociedad prerrománica en Iberia – seguramente porque la dominación griega duró muy poco tiempo -, aunque curiosamente si lo fue la vajilla griega, como elemento social utilizado por la clase dominante como exponente de riqueza y poder.

Todo parece indicar, por tanto, que la vitivinicultura podría haber llegado a la Península Ibérica desde el sur, por influencia de los fenicios, y desde el este, como consecuencia del contacto con los griegos.

Hispania romana y vinícola.

En lo que existe absoluta unanimidad es en el papel trascendental de Roma en la difusión de la viticultura y la enología y también en su desarrollo en la Península Ibérica, con sistemas de cultivo y vinificación muy depurados que han llegado al siglo XX en amplias zonas de cultivo en España.

Cneo Escipión desembarcó en Ampurias en el año 218 a. C. – campaña de los Escipiones en Hispania, 217 – 211 a.C. -, lo que se considera el inicio de la presencia romana en España.

Los romanos tardaron 200 años en dominar completamente todo el territorio de la Península Ibérica. Consiguieron su total dominación con sus victorias en las guerras cántabro-astures que empezaron en el año 29 a. de C. – en las que intervendría el propio Cesar Augusto en el año 26 a.C. – y que acabaron con el sometimiento de los cántabros y astures a Roma y la culminación de la conquista de toda Hispania, aproximadamente en el año 17 después de Cristo, según los historiadores romanos. A partir de aquí la llamada “romanización” fue profunda y los cultivos clásicos de la metrópoli se difundieron enseguida en toda la geografía peninsular.

Hispania se convirtió en la bodega del Imperio antes de que César dominara la Galia. Hace dos mil años se vendía en la Galia más vino hispano que italiano: en yacimientos arqueológicos tan lejanos como los de Normandía abundan las ánforas de vino procedente de la provincia hispano-romana Tarraconensis.

En la propia Roma se consumía mucho vino procedente de Hispania. En Horrea Galbana, cerca de Roma, hay un enorme vertedero de 45 metros de altura formado por restos de ánforas de terracota procedentes de Hispania fechadas en el siglo II de nuestra era. La terracota era muy fácil de encontrar y muy económica – hasta el punto de que era más sencillo abandonar los recipientes vacíos que volverlos a reutilizar -. Es así como nace el Monte Testaccio, con millones de fragmentos de terracota de estas ánforas – posiblemente 50 millones de fragmentos -.

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Monte Testaccio – millones de fragmentos de ánforas.

Aunque en Hispania había vinos con prestigio y vinicultores que marcaban el origen en las ánforas, es de resaltar que ya hace dos mil años destacaba Hispania por la exportación de vinos baratos – lo que parece un estigma histórico todavía en vigor en la actualidad -.

Las más antiguas autovías – las calzadas romanas – eran el modelo de camino usado para la vertebración del imperio romano. La red viaria fue utilizada por el ejército en la conquista de territorios y gracias a ella se podían movilizar grandes efectivos con una rapidez nunca vista hasta entonces. En el aspecto económico las calzadas romanas desempeñaron un papel fundamental, ya que el transporte de mercancías – entre ellas el vino, el aceite, y los metales preciosos – se agilizó notablemente. Las calzadas también tuvieron gran influencia en la difusión de la nueva cultura y en difundir por todo el Imperio la romanización. Sin duda alguna esto fue fundamental para la vitivinicultura hispana.

El Itinerario de Antonino Caracalla, siglo III de nuestra era, es la fuente escrita que más información aporta sobre la red viaria romana que unía prácticamente toda la península Ibérica, y, por tanto, todas las zonas vinícolas de Hispania.

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Principales calzadas romanas de Hispania, recogidas en el Itinerario de Antonino.

Nuestra principal ruta de interés – pues sin duda por ella llegaron las vides junto con el sistema de cultivo y los modos de vinificación romanos al Bierzo – unía Tarraco (capital administrativa de Hispania, actual Tarragona) con Bracara Augusta (actual Braga, en el norte de Portugal).

La ruta, partiendo de Tarraco, llegaba a Caesar Augusta (actual Zaragoza) y desde allí a través de varias vías se dirigía a Legio (actual León), desde Legio a Asturica Augusta (actual Astorga), desde allí por la Vía XIX del Itinerario de Antonino Caracalla se dirigía a Bergidum Flavium (Cacabelos), de donde partía el Itinerario Antonino A-18 o Vía Nova con destino en Bracara Augusta – a lo largo de unas 210 millas romanas (unos 330 kilómetros)-.

Por tanto, la Vía Nova, cruzaba nuestro municipio y hoy en día su trazado lo sigue vertebrando, y sin duda ninguna sería por esta vía por la que llegó el vino a nuestro municipio. De hecho, hay constancia de su presencia en escritos de hace más de 2.000 años, donde Plinio el Viejo y Estrabón describen la existencia de viñedos en torno a la ciudad prerromana Bergidum, que dio nombre a la Comarca del Bierzo. Podemos afirmar, por tanto, que el impulso de la viticultura berciana llegó de la mano de la colonización romana que introdujo una nueva especie, la Vitis Vinifera, originaria de la región del Cáucaso y de Armenia, como ya les hemos relatado.

Los detalles del trazado de la Vía Nova aún a día de hoy están siendo muy discutidos, pero en lo que coinciden la mayoría de los autores es en que la Vía Nova partía de Bergidum Flavium (Cacabelos), dirigiéndose hacia Villadecanes , Parandones, Toral de los Vados (se encontraron restos romanos de la época en el pago de Santa Eulalia)- donde atravesaba el rio Burbia en la zona que se extiende entre el Pozo Cantón y el pozo Carolo – encaminándose hacia Penedelo, Paradela del Río y Paradela de Arriba, Friera, Portela de Aguiar y Cabarcos, abandonando el Bierzo por la garganta de los Penedos de Oulego en la Sierra de la Lastra (ya en tierras gallegas).

Los viñedos de Mencía y, en menor cantidad los de Godello y los de otras variedades – Malvasía, Doña Blanca, Palomino y Garnacha Tintorera, se extienden como un tapiz de color estacional – negro-grisáceo en invierno, color arcilla y arena en primavera, intensamente verde en verano y colores burdeos y ocres en otoño – ante el antiguo trazado de la Vía Nova, desde las mesetas, los pequeños montículos y las laderas de Sorribas, Iglesia de Campo, Villadecanes, Parandones, Otero de Toral, Toral de los Vados, Pico Ferreira – castro prerromano primero y romano después, terraza desde donde se divisan los ríos Burbia, Cua y Sil – y el Val de las Viñas y el Sufreiral – en Paradela del Rio, orientados hacia el rio Sil.

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Nuestro próximo artículo, el segundo de la serie dedicado a la vitivinicultura en el municipio de Toral de los Vados, versará sobre La viticultura y la vinificación desde la caída del imperio romano hasta nuestros días.

Buenos días. Como siempre, cuídense mucho, y mantengan las medidas de higiene y protección.

León 9 de abril de 2021.

4 respuestas »

  1. Buenas tardes Fernando,un gran articulo y muy ilustrativo, pero por añadir un poco de broma al tema deberían de hacer una vacuna con el vino de nuestro querido Bierzo para hacer desaparecer esta pandemía que tenemos ,y nos de al menos un poco de alegría y optimismo .
    Un fuerte abrazo

  2. La verdad es un artículo muy instructivo,y coincido con Carro que no estaría mal,que nos pudieran inyectar algunos de nuestros «» caldos»» bercianos «» contra el maldito Corona,un abrazo.

  3. Buenas tardes Ana María ,nuestro vino además de curar el Covid es un gran aliado para usarlo como somnífero para dormir de maravilla , a mi me viene muy bien , lo digo como ejemplo .
    Un saludo

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