Es un hecho que a muchos nos produce malestar la aparición cada vez más frecuente de anglicismos, más bien americanismos imperialistas USA, en nuestro castellano. La Real Academia de la Lengua sugiere, con buen criterio, que no se deberían introducir, pues nuestro léxico lo suficientemente copioso y original se ve condenado a su empobrecimiento.
El castellano ha sido siempre una lengua mal proyectada por nuestros dirigentes, son especialmente culpables, desde 1978, los nacionalismos periféricos. Es penoso que en la Comunidad Europea sea escasamente conocido y mientras en España lo hablamos, escasamente, 50 millones, más allá del gran océano, es vehicular para 400 millones de personas. Solo en Estados Unidos se acerca a los 40 millones de hablantes. De todas las lenguas latinas, es la que más proyección y hablantes tiene y su literatura es de las más valiosas a nivel mundial.
Si esto es penoso, más deprimente es observar cómo se importan y se afianzan estas modas anglosajonas de la festividad de los difuntos y del viernes negro. Omito sus nombres en inglés, pues no los comparto. A mí me parecen unas bufonadas irrisorias: la primera, de mal gusto, macabra y frívola. La segunda es un culto al consumismo absurdo, propiciado por una economía global y que rompe los esquemas de la lógica más elemental. Se precisa ya desde las administraciones una educación para el consumo, pues no precisamos que la globalización mercantilista especuladora nos marque y tiranice con unas pautas absurdas y extravagantes.
Lo más triste de este comentario es que nuestros usos y costumbres ancestrales se van perdiendo en muchos pueblos de la España rural por el abandono multisecular en que sobreviven, ante la triste mirada de todos. Queda algún pequeño sentimiento de añoranza de nuestros mayores que nos recuerdan el pasado con la mirada perdida ante lo que difícilmente volverá. Se comenta que las festividades y diversiones ya no son lo que eran, pero tampoco se intenta remediar la situación. Mientras tanto se dilapida el dinero de los contribuyentes con espectáculos costosos y que no aportan nada al progreso ni avance cultural, tanto del mundo rural como del urbano.
En conclusión, lo enumerado hasta aquí son deficiencias, más bien lacras, que están afectando por una parte a nuestras tradiciones y por otra, a los hábitos expresivos del castellano, repercutiendo en el dominio de sus destrezas orales y escritas, lo que nos debería obligar a una meditada reflexión.

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