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EL PASADO ES PRESENTE

Busto Ramón Carnicer (1) [Resolucion de Escritorio]

Homenaje a Ramón Carnicer en el centenario de su nacimiento.

1912-2012.- Tierras de León. Nº 132.

RAMÓN CARNICER Y DON MIGUEL UNAMUNO

Pretendemos con este breve artículo investigar cierto paralelismo entre Miguel Unamuno y Ramón Carnicer. El magisterio de don Miguel y de toda la Generación del 98 irradia sobre la mayoría de los escritores del siglo XX, pues sientan las bases de otra forma de hacer literatura. El 98 está presente en la obra de Ramón Carnicer que relata en alguno de sus escritos alguna anécdota del gran ensayista y rector de la universidad salmantina. También dedica un artículo a Pío Baroja: Los ochenta años de Pío Baroja como ejemplo de sinceridad, honradez e independencia.

Nos atrajo la curiosidad de estas dos obras ensayísticas: la de Unamuno Contra esto y aquello (1912) y la de Ramón Carnicer Sobre esto y aquello (1983). Partiendo de las coincidencias titulares y de las efemérides, elaboramos las siguientes reflexiones.

 


MIGUEL DE UNAMUNO: Publicó Contra esto y aquello en 1912. Centenario de la obra y 75 aniversario del fallecimiento del autor en el año 2012.

Dice Unamuno que los artículos publicados en su obra son tan solo notas de un lector, una especie de pretexto para entretejer sus propias ideas. Los define como escritos a vuelapluma que enriquecen y encienden el propio pensamiento. Se comenta que las graves condiciones de vida en que existimos y sufrimos hoy son el resultado de un proyecto que pecó al ignorar lo humanístico y sobreestimó lo científico y lo técnico. El verdadero progreso humano no puede sufrir un reduccionismo mezquino y fundamentalista. Hay progreso auténtico donde la condición humana alcanza su mayor dignidad.

RAMÓN CARNICER: Nació en 1912. En el 2012 celebramos el centenario de su nacimiento. Publicó Sobre esto y aquello en 1983.

Los textos reunidos por Carnicer son testimonios del autor y dan fe de realidades contempladas y vividas por el escritor, acompañadas de indagaciones en documentos y de consideraciones personales en torno a temas o acontecimientos diversos. Posiblemente, fueran publicados en la prensa en sus colaboraciones periódicas lo que explica su tono sutil y su destinatario: un público heterogéneo. A través de una exposición sencilla y clara se aparta de todo dogmatismo y rigidez, recurre al humor fino, a la ironía, al sentido del humor y a la búsqueda de lo auténtico y genuino, como dice José Enrique Martínez en un artículo dedicado a Carnicer: su genio humorístico se encuentra en estos artículos y su pluma rasga y fustiga a lo ancho y a lo largo de la obra.

Sobre esto y aquello, concretamente en el capítulo 11, titulado SILVA DE VARIA LECCIÓN, -título que había dado el humanista sevillano Pero Mexía en 1540 a una de sus obras- y donde el término silva, estrofa de amplia libertad poética que constituye una forma de transición hacia el verso libre moderno, sirve a Carnicer para entretejer una miscelánea sobre sus propias ideas, con elogios y alabanzas, vituperios y denigraciones que contribuyen a afirmar y reconstruir los juicios y opiniones de Ramón sobre Felipe II, los españoles, la vejez y el vino, los derechos de la naturaleza, etc. hasta completar una decena de artículos con diversidad temática. El fragmento seleccionado de estos artículos se titula La cultura y el progreso.


LA CULTURA Y EL PROGRESO (Sobre esto y aquello, 1983)

El ser humano es extrañamente paradójico. Se envanece de su primacía respecto del mundo animal, y frente a los instintos seguros e invariables de este, esgrime los valores de su mente y los de la cultura y el progreso engendrados por ella. Pero, en definitiva, ¿a qué conducen la cultura y el progreso humanos…?

Hasta la aparición del vapor como energía, todas las realizaciones materiales del ser humano lo fueron a expensas de sus músculos y de los animales sometidos por él y adiestrados para su servicio, así como por la utilización de los vientos y corrientes de las aguas. Al vapor sucedió la electricidad, la hidráulica primero y luego la producida por combustión de las materias que, aplicadas también a otros usos, obsesionan hoy a la humanidad por cuanto ellas y la fisión nuclear acentúan el carácter problemático de nuestra continuidad en la vida.

Pues bien, paralelamente a este desarrollo se ha ido desechando la primigenia energía humana y animal. La gente de nuestros días cifra su felicidad en permanecer sentada, en sillas, en vehículos, en instrumentos de trabajo que alimentados por aquellas fuentes realizan lo antes encomendado a los músculos y a los animales. Todo ello al servicio de los dos sacratísimos principios de nuestra época: la velocidad y la productividad. Pero resulta que los higienistas y los galenos, además de denunciar la contaminación producida por vehículos, máquinas y factorías, que a su vez emponzoñan ríos, mares, cultivos y alimentos, señalan que al ser humano le es indispensable el ejercicio físico, que a los músculos y articulaciones y a las diversas partes del organismo los daña y enferma la inmovilidad, el sedentarismo, y frente a una y otro recetan con apremio una serie de movimientos corporales.

De aquí lo paradójico señalado al principio. A horas intempestivas, nocturnales en determinadas épocas del año, el hombre se pone en pie, se embute en unas prendas convertidas en moda por los grandes almacenes urbanos y, de acuerdo con las prescripciones establecidas por los expertos, corre por descampados, solares o calles penumbrosas, o bien hace gimnasia o practica alguno de los deportes recomendados. Es decir, gasta una energía muscular aplicada antaño a la producción de riqueza…

Mientras tanto también, la velocidad del automóvil que conduce al trabajador a su trabajo habrá sido anulada por el tiempo dedicado al corretear matutino o a las flexiones prescritas. Y la productividad, acrecida en los talleres provistos de máquinas modernísimas, arruinará a quienes, produciendo los mismos objetos, carezcan de la posibilidad de proveerse de aquellas o les impondrá comprarlas y adelantarse a sus rivales con otras aún más avanzadas, que requerirán menos mano de obra. De camino, esta pugna va barriendo las viejas artesanías, que daban al operario manual una suerte de satisfacción análoga a la del artista: la de crear una obra personal y distintiva nunca proporcionada por las máquinas. Todo ello para producir objetos de utilidad dudosa, suntuariamente bobos a menudo, mucho más que aquellos que hace ya más de medio siglo, y ante los escaparates todavía modestos de los almacenes de entonces, hicieron decir a un hombre de la clase media profesional, Unamuno: “¡Hay que ver la cantidad de cosas que yo no necesito!”.

(Jornadas de homenaje a Ramón Carnicer.- Carracedo.- Julio de 2012)

Marino Castro Antaolín

Marino Castro Antolín

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