El 14 de abril de 1931 es una fecha clave en la historia de nuestra querida España: la caída del régimen monárquico y la instauración de la Segunda República. Equivale a la ruptura con las ideas arcaicas del Antiguo Régimen y la búsqueda de la modernización en un país atrasado y semianalfabeto.
El torrente republicano corrió como la pólvora, pero quizás los de siempre, nuestros políticos, no estuvieron a la altura que se esperaba de ellos. No puede haber reforma política, sino hay reforma en los principios educativos.
La escuela republicana parte de unos principios básicos: escuela activa, pública y laica. En el Ministerio de Instrucción Pública, sí hubo hombres capaces y con visión de futuro. Quiero destacar a Marcelino Domingo y Fernando de los Ríos, inspirados en las ideas de Giner de los Ríos y de Bartolomé Cossío. Los principios pedagógicos de la Institución Libre de Enseñanza, marcarán unos principios decisivos para modernizar una sociedad atrasada como la española. La educación se convierte en un asunto de estado y urgente.
El cruento golpe de estado de 1936 hundió en el ostracismo lo que pudo haber sido “la escuela nueva”, reprimió con dureza a los enseñantes de ideología republicana y sentó las bases de un régimen dictatorial durante casi cuatro décadas.
La ley de Villar Palasi, en 1970, fue un claro avance y un reconocimiento a la figura denostada del Magisterio Español: el gran maestro que con vocación y entrega llevó la luz del saber a muchos rincones perdidos de aquella España profunda y en blanco y negro.

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