
La violencia forma parte de nuestra sociedad y de la historia de la humanidad. La competitividad, la ley del más fuerte, el aislamiento y la exclusión social y la carencia de referentes éticos nos invaden y a veces, crean situaciones de riesgo como el “bulling” o acoso escolar.
Estamos ante una asimetría entre la buena educación y respeto y lo que atenta contra los derechos y libertades del ciudadano. El centro educativo no puede afrontar todo, la familia debe tomar un mayor compromiso con el comportamiento cívico de sus hijos y formarlos con criterios morales y de respeto colectivo.
La indigna crueldad del matón sicópata que castiga persistentemente y de forma recurrente a los menores o seres indefensos debe combatirse desde todos los estamentos de la sociedad. Necesitamos una pedagogía de la responsabilidad, centrada especialmente en los adolescentes.
El acoso escolar viene de lejos y es un fenómeno preocupante por el sufrimiento de la víctima y porque le puede llevar a situaciones límite. Hay que proteger al alumno acosado y rehabilitar a los acosadores, pues son, generalmente, adolescentes en un proceso de formación que precisan orientación. El ocultar el problema o trivializarlo y no abordarlo puede originar funestas consecuencias.

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