Al carecer de corresponsalía toralense en Nueva York, echamos mano,gracias eso si a la intervención de nuestro amigo Tito Gago, de un corresponsal de nuestro pueblo amigo Villadepalos en este país del otro lao del charco, charco cada vez más pequeño, ya entenderán por qué.
Se trata de José Enrique “el de Saura”, así es como lo conocen en Villadepalos, el que nos narrará los vericuetos dramáticos que esta provocando el COVID 19 en su lugar actual de residencia. ![]()
Artículo – Nueva York coronavirus
Estados Unidos siempre se ha definido como “isla”, quizás por su índole cultural como descendiente adolescente del las islas británicas, y por lo tanto, en su auto-aislamiento tácito del resto del mundo, se siente protegido de lo que ocurre en el “allí” de otras tierras.
Cuando empezó a brotar el coronavirus primero en China y luego en Europa, los estadounidenses hablaban de ello desde su torre de marfil como un evento que pasaba en el “allí” lejano. Cuando hubo los primeros casos en Nueva York, la gente estaba un poco sorprendida y a la vez incrédula de que algo tan maligno pudiese infiltrar su fortaleza de océanos y muros del sur. No obstante, la conversación era más bien de preocupación por familia o conocidos en esos países, pero con la convicción de que ellos mismos estaban completamente fuera de peligro. Hubo voces en el desierto que avisaron del tejido estrecho que es el mundo y que el peligro es tan inminente en el “allí” como en el “aquí”. Pero por costumbre, o mala costumbre, no se supo como interpretar esos consejos. Ahora Estados Unidos es el país con el mayor número de infectados con coronavirus y a penas se está en los inicios del brote.
El pánico no se oye, pero se siente. La gente se da cuenta que está a un latido de lo que está ocurriendo por todo el mundo. Ahora mismo la cuarentena se cumple no por ley sino por lógica de sobrevivencia. Los restaurantes sólo pueden servir comida para llevar, pero muchos han cerrado porque no merece la pena. Alguna gente sale a pasear pero con mucho cuidado de mantener las distancias. Se toman turnos para caminar por sitios estrechos. Lo que asombra es como esta gran urbe que representa la vida moderna con actividad las 24 horas, ahora parece un pueblo de pastores de Idaho. Hay un silencio que quiere decir algo a los que quieren escuchar. En las calles vacías de Madrid han entrado pavos reales. En Asturias, osos. En las calles vacías de Nueva York ha entrado el espíritu del Jefe Indio Seattle susurrando las mismas palabras de su carta enviada en 1855 al Gran Jefe Blanco en Washington ante la soberbia de los invasores europeos. Quizás sus advertencias y consejos tengan más vigencia hoy que nunca.
Cada día, cada hora, cada minuto, el número de infectados en Nueva York sigue creciendo de manera alarmante. Los hospitales suplican por ayuda señalando que sólo hay escasas provisiones para unos días. Pero los políticos, la mayoría educados en las aulas de la torre de marfil, todavía no ven que haya un peligro inminente y por lo tanto no han tomado medidas de gran urgencia. Es una pasividad y silencio semejante a la calma antes de un tsunami. Ellos dicen que con nuestra ejemplar sanidad estamos preparados y protegidos de las exageraciones. El Jefe Seattle concluye su carta con “La vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia.”
Muertes a gran escala son comunes en el tercer mundo, pero no se le da más importancia de la de dar un donativo a alguna caridad. Ahora, aunque a un grado mucho menor, ha llegado al primer mundo y suenan todas las alarmas. Según la tradición cabalista, cuyo mayor exponente quizás haya sido un compatriota nuestro del siglo trece, Moisés de León, escritor del Zohar y natural del lugar que le dio su nombre, Dios dio a la humanidad 6000 mil años para crear el cielo sobre la tierra bajo una condición. Si nosotros, los guardianes del mundo, no lo logramos por las buenas, según se vaya llegando a la fecha limite, la naturaleza se volverá hostil contra nosotros y nos forzará a logarlo por las malas. Estamos en el año 5780 cabalista. Quizás el coronavirus es el primer aviso en esta cuenta atrás. ¿Lograremos en 220 años el mundo que todos deseamos?
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