CulToral

TIEMPO DE IRA Y MISERIA” Capitulo 21

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Los meses fueron pasando y en la casa de Rosaura, la penuria fué desapareciendo con cada día que pasaba. Si antes de casarse, José y Adela buscaban la soledad, escondiendose para estar juntos, sin que su madre Rosaura pudiera descubrirles, ahora Adela buscaba la compañía de su madre mientras que José, ayudado por su suegro Manuel, labraba las tierras y se ocupaba de los animales consiguiendo una prosperidad que solo recordaban desde antes de la guerra civil.

– Madre, quiero decirte una cosa.

– ¿Qué has estado haciendo, toda la mañana, en la habitación? _Adela siguió en silencio_ Ven, acércate a mí _Rosaura dejó la rueca encima de la mesa y cogio la mano de Adela_ ¿Qué quieres decirme?

– Han pasado dos meses sin tener la regla y me siento muy rara.

– ¿Sientes ganas de vomitar o te dan mareos?

– Sí.

– No te preocupes _Rosaura la abrazó_ Eso es porque estas preñada.

– ¿Voy a tener un hijo?

– Sí, vas a tener un hijo _Rosaura acarició su cintura_ Tu vientre pronto empezará a crecer hasta que cumplas nueve meses de embarazo.

– ¿Nueve meses?

– Sí, nueve meses, contados desde el día que te abriste a josé.

– Fué la noche… _La cara de Adela enrojeció_ la noche de la boda.

– En ese caso, nacerá a final de junio _ Afirmó Rosaura alargando sus brazos hacia ella y abrazandola.

Llegó diciembre y con ello llegó la matanza de los cerdos cuya carne seria conservada en artesas repletas con sal o convertida en chorizos que serian colgados para secarlos con fuego de leña. Las vacas daban su mejor leche para hacer los quesos y las fiestas de navidad y año nuevo fueron celebradas con la euforia y alegria que no sentian desde doce años antes, cuando comenzó la guerra civil.

– Manuel.

– Díme José ¿Que quieres?

– Estoy pensando que mañana, cuando vaya a la feria de Villafranca, usted puede acompañarme.

– Me gustaría ir contigo pero yo estoy muy mal y en lugar de ayudarte, creo que seré un estorbo _Observó el vientre de Adela y sonrió_ Pero te acompañaré.

En la feria de Villafranca, no pasó más de una hora cuando José habia vendido toda la carga que había transportado a lomos del burro.

– Pués, sí que terminamos pronto.

– Sí, parece que la gente empieza a tener dinero para comprar _José puso la mano en el hombro de su suegro_ Ahora dejaremos el burro atado y vamos a almorzar un poco. Después daremos una vuelta por Villfranca.

– ¿Buscas algo, José?

– Sí señor Manuel. Busco algo muy importante.

José miró a su suegro y sonrió en silencio. Ató el burro a un poste, después entraron en la cantina y se acercaron al mostrador.

– Pónganos dos tazas de leche con café y tostadas _José cogió a Manuel del brazo, se giró hacia el camarero y señaló con la mano un rincón del local_ Nos sentaremos en aquella mesa.

El señor Manuel comia las tostadas con la lentitud a la que su salud le obligaba. Las mojaba en la leche para ablandarlas y con una mano las llevaba a la boca, a la vez que con la otra protegia la camisa de las gotas que caían de las tostadas.

– Despacio, no hay prisa _José removia la leche con la cuchara_ Ahora desayunamos con tranquilidad y descansamos un poco.

– Sí, no hemos parado desde que salimos de casa y ahora necesito descansar un poco. Ya no aguanto el cansancio como cuando éra joven.

Salieron de la cantina, comprobaron que el burro seguía bien atado al poste y José puso la mano encima del hombro de su suegro.

– Ahora caminaremos calle arriba. Vamos a visitar a un amigo.

Caminaron unos minutos hasta llegar a una casa en cuya puerta de entrada, una placa anunciaba la consulta de un médico y pulsaron el timbre. José miró a Manuel, que guardaba silencio, y le puso la mano encima del hombro.

– Querido suegro, usted está enfermo y quiero que le vea este médico.

Durante media hora, el médico, con el estetoscópio colgado del cuello, hizo todas las pruebas que consideró pertinentes y les comunicó el resultado.

– La infeccción que tiene está muy extendida. Yo le recetaré inyecciones de penicilina pero no es seguro que sea suficiente.

– Si es lo mejor que hay, compraremos la penicilina.

– Hay un medicamento nuevo. Se llama “estreptopmicina”

– Entonces, si es mejor, recétenos ese.

– Ese es un medicamento que no hay en España, hay que pedirlo a America y ademas del tiempo que tardará en llegar, es muy caro traerlo desde allí.

– Doctor ¿Hay forma de conseguirlo?

– Sí, hay que pedirlo a Estados Unidos y pagar por adelantado lo que cueste. El farmaceutico se lo puede conseguir, hable con él.

José y Manuel se dirigieron a la farmacia, explicaron al farmacéutico lo aconsejado por el médico, dejaron la fianza para pedir el medicamento y regresaron en busca del burro para emprender el camino de regreso a Pradela.

En los tres meses siguientes, las fincas fueron labradas, sembradas y cuidadas por José con la ayuda entusiasta de su suegro Manuel de Rosaura y de Adela, en cuyo vientre anidaba el fruto que esperaban ver nacer cuando llegara el verano.

– Señora Rosaura, señora Rosaura.

– ¿Que ocurre Guillermo?

– Esta mañana, cuando salí camino de Villafranca, José me mandó que pasara por la farmacia para preguntar si había llegado la medicina que encargaron para el señor Manuel.

– ¿Te la dieron?

– No señora. El farmaceutico me dijo que aún no habia llegado.

– Pués como no llegue pronto no sé que pasará. Manuel, cada dia que pasa, está mas demacrado. <

– Cada vez que voy a Villafranca, yo le pregunto si llegó, pero siempre me contesta lo mismo.

– Gracias Guilermo, gracias.

Rosaura echó su pelo hacia los hombros y con el pañuelo, los sujetó sobre la cabeza.

– ¡Madre! ¡Madre!

– ¿Qué ocurre Adela?

– Es padre, es padre.

– ¿Qué le pasa a Padre?

– Se cayó al suelo y no se mueve.

– ¡Dios mio¡ Guillermo, corre y avisa a José.

Rosaura corrió hacia la casa y encontró a su marido Manuel tendido en el suelo. A su lado estaba Adela con sus hermanas pequeñas, Elisa y Carmen.

– Lléva las niñas a la habitación y quédate con ellas.

José llegó corriendo, entró en la casa y miró a Manuel tendido en el suelo. No había duda. Él, que habia visto muchos muertos durante la guerra, no tenia duda alguna. Abrazó a Rosaura y miró de nuevo a Manuel.

– Está muerto. ¿Dónde está Adela?

– Está cuidando a las hermanas pequeñas en la habitación.

José metio sus brazos debajo del cuerpo de Manuel, lo levantó y se dirigió a la habitación para tenderlo encima de la cama. Rosaura se arrodilló a su lado, cerró los ojos, refugió su cara entre las manos inertes de su esposo y rezó, rezó con desesperación y amargura, pensando que ahora, cuando parecia sonreirles un poco la vida, solo le quedaba el consuelo de llorar refugiando su rostro entre las manos frias del cuerpo inerte de su hombre Manuel. Por su mente desfiló toda la vida pasada con él, desde el primer día que se encontraron en la feria de Vega de Valcarce hasta el día de su boda, de la perdida de su primer hijo, del nacimiento de sus hijas Pilar y Adela, de su hijo Manuel y las hijas pequeñas Elisa y Carmen. Temblaba recordando las torturas y maltratos, sufridos durante la guerra civil, de los moros que entraron en su casa y lo torturaron porque se negaba a decir “Viva Franco” y de la lucha desesperada que tuvo que hacer para defender a su familia.

Trece días después de la muerte y entierro del señor Manuel, el cartero llamó a la puerta de la casa de Rosaura, sin obtener respuesta alguna. Bajó hasta las cuadras del ganado, se acercó a la cancela y gritó.

– ¡Ehh! ¿Hay alguien?

– Sí, ¿Quien es?

– Señora Rosaura, soy el cartero. Traigo un paquete certificado para el señor Manuel.

– Ya voy, ya voy, espera un momento.

El cartero, que miraba al interior de la cuadra, observó como Rosaura salia de la oscuridad para llegar hasta la cancela. Le entregó un paquete del tamaño de una mano y le acercó la caja de tinta para que mojara el extremo del dedo pulgar y estampara su huella en el libro de entregas.

– ¿Quien me envia este paquete?

– Viene de America, de Estados unidos.

Rosaura tuvo un sentimiento extraño en el momento que oyó la palábra América. Hasta allí viajó su esposo Manuel en busca de fortuna y poco tiempo después volvio a casa, enfermo y moribundo.

– ¿Hay que pagar algo?

– No, ya viene con todo pagado.

Rosaura despidió al cartero y volvió al interior de la cuadra para continuar llenando el pesbrebre con el heno. Cuando hubo terminado subió a la vivienda, entró en la habitación donde Adela permanecia silenciosa leyendo el libro “Genoveva de Brabante”.

– ¿Que quiere usted, madre?

Rosaura se sentó al lado de su hija y le mostró el paquete que el cartero le habia entregado.

– El cartero me dijo que venia de America.

Adela desenvolvio el paquete y vió una caja, en cuyo interior habia otra caja en la que aparecia la leyenda “Estreptopmicina”.

– Es la medicina que José pidio a América. El médico de Villafranca le dijo que era el único remedio que podia curar a padre. José le entregó el dinero para que la pidiera con urgencia pero llegó tarde.

– ¿Qué podemos hacer con ella?

– La guardaremos en el cajon del armario. Quizas la necesitemos algún dia, cuando alguno de nosotros caiga enfermo.

Rosaura permaneció sentada, cerró los ojos y dejó caer sus brazos que acumulaban la fatiga de toda su vida. Adela le ayudó a colocarse encima de la cama y esperó a que se durmiera para cubrir su cuerpo con una manta.

En la noche del día veintisiete al veintiocho de Junio, Adela parió al hijo que llevaba en su vientre. Durante los tres años siguientes, la vida en la casa de Rosaura no fué dura. Habia tierras que labrar, vacas que tiraban del arado y del carro labrando las tierras, otras vacas que daban leche, ovejas que proporcionaban carne y la lana que Rosaura convertia en hilo con el fuso y la rueca. Todo lo que se producia en casa era cargado a lomos del burro y llevado a las ferias de Villafranca del Bierzo, Vega de Valcarce y otros pueblos de la comarca.

Durante los tres años siguientes en la casa de Rosaura se alcanzó una prosperidad que no recordaban otra tan abundante pero llegó el dia en que las hijas mayores, Pilar y Adela, casadas y con hijos, hicieron uso de su derecho y reclamaron la herencia de su padre Manuel, que consistia en el reparto de las tierras que, cuando se casó con Rosaura, eran de su propiedad. José y Adela marcharon a Fabero donde las minas daban trabajo a hombres y mujeres, ellos picando carbón en el interior de las galerias y ellas lavandolo con el agua canalizada desde el rio Cúa.

Siete meses depués de Llegar a Fabero, Adela parió su segundo hijo al que pusieron el nombre de José “Pepin” al igual que su padre. Adela y José arrendaron un local y montaron una cantina que era atendida por ella hasta la hora que josé regresaba de la mina.

– ¿Qué traes en ese cajón?

– Pronto lo verás.

José y su cuñado Vitoriano empujaron el cajón, por en medio de la cantina, hasta el interior de la bodega y se encerraron los dos sin permitir la entrada a persona alguna.

– Buenas tardes Adela, ponme un tinto. ¿Está José?

– Sí, está dentro _Adela puso un vaso en el mostrador, cogió el jarro que contenia el vino tinto y lo llenó_ Está en la bodega con su cuñado Vitoriano. No tardará en salir.

Edelmiro cogió el vaso en la mano y se acercó a la mesa donde habia cuatro paisanos jugando a las cartas y un cenicero lleno de colillas apagadas y cigarrillos humeando. José salio de la bodega y se acercó a Adela.

– Cierra la puerta. Voy a probar si todo funciona bien.

Adela cerró la puerta con la llave, volvió al mostrador y se puso a lavar las tazas y platos. De la bodega, salio un rumor mezclado de música, palabras y ruidos que, a pesar de estar cerrada la puerta, pudo oirse desde fuera. La partida de cartas se paralizó y durante unos segundos, todos miraron hacia la bodega guardando silencio hasta que pudieron oir “Sintonizan ustedes la emisora EFJ 29, radio juventud de Ponferrada”.

No eran muchas las familias de mineros que disponian de una radio en casa. Cuando llegaba la noche, después de cenar, algunos vecinos se reunian en casa de uno de ellos que tenia radio y sintonizaban radio nacional para escuchar el “parte” de noticias y progamas de música popular.

En la cantina de José Camuñas y Adela, al llegar la noche cerrada, se abria la puerta de la bodega, José enchufaba la radio que tardaba en calentarse mas de un minuto. Cuando el altavoz hacia ruidos y se oian palabras entrecortadas, giraba el selector hacia la indicación “onda corta” y movia la aguja hasta oir la emisora “Radio España Independiente”.

– Ya funciona, podeis venir.

Todos dejaron las cartas encima de la mesa, cogieron las sillas y fueron hacia la bodega para escuchar el “parte” de las noticias del partido comunista, los discursos de Dolores Ibarruri “La pasionaria” y de Carrillo.

Adela qedó preñada por segunda vez y aunque tenia el deseo de que fuera una niña, nació otro niño al que bautizaron con el nombre de José. A pesar del esfuerzo para que la cantina funcionara y del trabajo de José en la mina, la miseria en que se veian envueltos no mejoraba. Las cosas fueron de mal en peor y tomaron la decisión de vender la cantina. José y Adela, con los dos hijos, volvieron a Pradela.

Poco tiempo después consiguieron vender la herencia que Adela recibió de su padre y compraron una vivienda pequeña en el barrio “el Teso” deToral de los Vados, una huerta de cultivo regada por la presa de las “Cortiñas”, otra regada por el rio Cúa y una pequeña viña cerca de la fabrica de “Cementos Cosmos”. La vivienda formaba parte de un grupo de casas de piedra muy antiguas y unidas entre sí. Debajo disponian de bodega y, fuera de la vivienda, habia una cuadra para criar cerdos, gallinas y conejos. A la parte alta se accedia medianta una escalera de piedra, que era compartida con la casa de otro vecino, el señor Manuel apodado “de los paños”. Tenia dos habitaciones unidas por un pequeño pasillo y una cocina “económica”, donde se podia quemar leña y carbón bajo una plancha de la que colgaba un depósito con agua que se calentaba cuando se encendia el fuego.

– Manolin, sal afuera y dile a papá que suba un momento.

– Voy _Manolin salio al balcón que unia la escalera con la vivienda_ ¡Papá, papá!

– ¿Qué quieres?

– Mamá dice que subas.

José subió a la cocina y vió que Adela estaba sacando ropa de un cesto de mimbre, mientras que el pequeño Pepin jugaba en el suelo.

– ¿Qué quieres Adela?

– No tenemos donde colocar la ropa. Necesitamos un sitio donde poder guardarla para que no se arrugue.

José estaba preocupado porque, después de comprar la casa y las huertas, quedaba poco dinero disponible.

– Voy a ver si encuentro algo que pueda servir para tener la ropa guardada.

José salio de casa y se encontró con el señor Manuel “de los paños” que venia acompañado de su hija Olimpia.

– Señor Manuel ¿Sabe donde hay un carpintero que pueda hacer un armario a medida?

– Sí, se llama Primo y los hace a medida.

– Voy a ver si hablo con él.

José siguio por el camino que le indicó el señor Manuel “de los paños” hasta llegar a la casa de Primo en cuya escalera estaba sentado un chico.

– ¡Hola! chico _El chico levantó la cabeza_ ¿Vive aquí Primo, el carpintero?

– Sí señor es mi padre.

– ¿Puedes llamarle? Quiero hablar con él.

El chico entró en casa y pocos segundos depués salio acompañado de su padre.

– Tú eres José, el nuevo vecino. ¿Qué quieres?

– Sí, soy José Camuñas, el nuevo vecino. Me han dicho que eres carpintero y necesito un armario para guardar la ropa. Lo que quiero saber es si puedes hacer uno y lo que me cobrarás por él.

– Sí, puedo hacer el armario que quieras ¿Tienes las medidas del sitio donde lo colocaras?

– Es mejor que vengas tú para tomarlas.

En casa de José, Primo tomaba las medidas del rincón donde quedaria instalado el armario. Cuando terminó repasó todas las anotaciones y se dirigió a José.

– Esto ya está. Calculo que te costará cerca de dos mil pesetas.

– Sale muy caro. No podré pagar tanto. Si no puede salir mas barato, tendré que esperar.

Primo iba a contestarle pero calló al ver que encima de un cajón estaba la radio que José trajo de Fabero. Se acercó para observarla mejor permaneciendo en silencio unos segundos y se volvió hacia él.

– José _Primo señaló con el dedo la radio_ ¿Esa radio funciona bien?

– Sí, funciona bien.

– ¿Tiene onda corta?

– Sí, tiene onda corta y onda media. Solo necesita instalar un cable que haga de antena y funciona perfectamente.

– Si tú quieres, el armario lo puedes pagar con la radio.

José se alegró de la oferta pero lo disimuló poniendo cara seria.

– Verás Primo, no creo que Adela, mi mujer, esté de acuerdo _José se pasó la mano por la cara, se rascó la cabeza y miró a Primo.

– ¿Qué te parece, José? El armario será de buena calidad _Afirmó Primo.

José miró a Adela, que estaba atenta a todo lo que hablaban los dos, esperando un gesto o alguna señal que indicara si estaba de acuerdo o no con el trato. Adela miró fijamente a José y asintió moviendo la cabeza de arriba a abajo.

– De acuerdo _Respondió José_ Te pago con la radio si, además de los estantes, le pones un espejo en cada puerta.

Primo no esperaba la condición que, finalmente, le puso José. Esperó unos segundos para contestar y finalmente tendió la mano hacia José.

– ¿Trato hecho?

– Trato hecho _ Respondió José tendiendo la suya.

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