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Capítulo 19
En Toral de los Vados, el silencio en la plaza de la estación solo era interrumpido por la gente que de forma habitual entraban en la estación y pasaban al andén para recibir a familiares que llegaban en el tren o para despedir a los que se iban. Desde el andén podía oirse el silbato de la máquina que salia del tunel de Penedelo para atravesar el puente sobre el rio Burbia y entrar en la estación soplando vapor hasta que paró. Del vagón de tercera clase bajó un hombre que aparentaba los cincuenta años. Colgando de la mano derecha, llevaba una maleta usada y envejecida cuya apariencia daba a entender que su dueño no disfrutaba de mucha fortuna. Entró en el edificio y se acercó a la ventanilla.
– Buenos días.
– Buenos días ¿Que desea?
– Quiero saber a que hora sale el tren para Villafranca.
– Hasta la tarde no sale _Contestó el jefe de estación.
– Será muy tarde. Necesito llegar pronto a casa pero, si no queda mas remedio esperaré.
– Si usted sale a la plaza verá el coche de línea que pasa por Villafranca. No tardará mucho en salir. Pregunte a la gente que espera fuera, en la plaza.
Al otro ado de la plaza de la estación, la puerta del bar Avenida se abrió y el chofer del autobús salió reajustandose el cinto del pntalón, miró al cielo y urgando entre los dientes con un palillo, atravesó la plaza hasta llegar al otro lado, junto al autobús. Abrió la puerta y se colocó al lado para cobrar el importe de los billetes a los pasajeros que, uno tras otro, subian para acomodarse en el interior. Comprobó que todos iban sentados y se puso al volante para iniciar el camino en dirección a la salida de Toral de los Vados. El autobus hizo el recorrido parando de pueblo en pueblo hasta que llegó a Villafranca.
– ¡Eh! Usted, señor.
– ¡Sí! ¿Que pasa? ¿Que pasa?
– Pasa que se ha quedado usted dormido. Ya estamos en Villafranca, tiene que bajar aquí.
– ¡Sí, Sí! Perdone usted. Ya bajo, ya bajo, gracias por despertarme.
Con la maleta colgando de la mano derecha se dirigió a la cantina, abrió la puerta y buscó una mesa para sentarse pero era mas del mediodía y en todas había alguien comiendo. Queria estar solo y pensó que lo mejor era esperar hasta que quedara una mesa libre. Miró a su alrededor en busca de un lugar para dejar la maleta, cuando sintio una mano en su hombro.
– Señor Manuel.
– ¿Qué?, sí, sí, yo soy, sí _Dejó la maleta en el suelo y se giró para ver quien le llamaba.
– Le hacia en Cuba. Venga, venga con nosotros que tenemos una mesa. _José cogio la maleta y la llevó hasta la mesa seguido del señor Manuel que caminaba visiblemente cansado.
– Cómo me alegro de verle _Guillermo se levantó a para darle un abrazo y le preparó una silla junto la mesa _Sientese que comeremos algo antes de salir camino de Pradela.
José y Guillermo pudie 7ron observar que el aspecto del señor Manuel indicaba un importante deterioro de su salud. La mujer del cantinero, que llevaba los cubiertos en una mano y un plato en la otra, se acercó a la mesa.
– ¿Para quien es este plato y los cubiertos?
– Para mí _El señor Manuel levantó la cabeza para mirar a la cantinera_ Son para mí.
La mujer del cantinero dejó el plato, con el cuchilo y tenedor, encima la mesa y sacó del mandíl una libreta y un lapiz para tomar nota.
– Traigame una taza con sopa caliente. Después ya veremos si podré comer algo más. Llevo mucho tiempo de viaje y no puedo librarme del cansancio.
José y Guillermo comian con apetito y miraban como el señor Manuel cogia la sopa con la cuchara y la llevaba a la boca con la mano temblorosa.
– Café, copa ¿Quereis algo más? _El cantinero esperó unos segundos.
– Lo tomaremos en la barra _Guillermo y José se levantaron_ mientras que nuestro amigo, el señor Manuel termina su comida.
Manuel levantó la vista unos segundos, asintió moviendo la cabeza y les observó mientras se dirigian al mostrador y siguio comiendo sin prestar atención a nada más.
– José, creo que el señor Manuel, en el estado en que se encuentra, no podrá subir caminando, monte arriba, hasta Pradela.
– Lo sé Guillermo, lo sé. Ya me he dado cuenta de que está enfermo. Si te parece bien, podemos cargar, en el caballo, las cosas que compré y él puede ir montado en el burro hasta llegar a casa.
En pradela, las niñas Elisa y Carmen jugaban, sentadas en el suelo, siendo observadas por Rosaura que se preparaba para comprobar si la leche habia cuajado adecuadamente.
– ¡Adela!
– ¡Diga usted, madre!
– La leche ya ha cuajado. Ven aquí y prepara todo lo necesario para hacer los quesos.
Adela colcó en la mesa, la olla que contenia leche cuajada, los moldes y dos sillas para ella y para Rosaura.
– Madre, ya está todo preparado.
Mientras que Rosaura y Adela daban forma a los quesos, uno a uno, las niñas Elisa y Carmen jugaban hasta que se quedaron dormidas en el escaño.
– Adela, ahora yo pondré los quesos a secar. Tú trae leña para el fuego, que hemos de preparar la comida para los cerdos.
Adela cogio una cesta grande, salio al camino dirigiendose a la era donde tenian una pila de troncos cortados y la llenó hasta el borde. Poco a poco la fué acerando hasta la entrada de la casa y paró un momento para descansar. Levantó la vista y vió que venía gente por el camino. Esperó a que se acercaran más y reconoció a José y a Guillermo.
– ¡Madre! ¡Madre! Viene José de vuelta a casa.
– ¿Viene solo?
– No, Madre, no viene solo. Vienen andando él y Guillermo. Otro señor viene montado en el burro pero viene muy encogido, desde aquí no distingo quien puede ser.
Rosaura se colocó la mano sobre la frente, miró con detenimiento y sintio un vuelco en el corazón, dejó todo lo que estaba haciendo para salir al camino vestida con su falda negra cien veces remendada y con el pañuelo negro cubriendose la cabeza y la cara, que reflejaba toda la esperanza y angustia que le movia a levantar las manos abiertas y vacias queriendo abrazar a quien tanto estaba esperando. Corrio hasta encontrarse al lado del burro, miró hacia arriba y estuvo segura de que su instinto no le engañaba. Aquel hombre, que llegaba sentado a lomos del animal, era Manuel que, al verla, descabalgó ayudado por Guillermo y José. Caminó hacia ella con la esperanza de no volver a separarse jamás.
– ¡Es padre! ¡Es padre!
Rosaura y Adela corrieron hasta su padre para abrazarlo y los tres, padre madre e hija, caminaron los últimos metros que quedaban para llegar a la puerta de casa.
– ¡Adela!
– Dígame usted, madre.
– Abre el baul, coge ropa para la cama y llevas todo a la habitación que está vacia. Deja la cama preparada, que padre viene muy cansado y necesita dormir sin que nadie le moleste.
– Sí, madre.
Guillermo y José acompañaron al señor Manuel hasta la habitación y después de desnudarlo le ayudaron a tenderse en la cama, cubriendolo con una sábana y una manta.
– Me alegro de que hay vuelto a casa, señor Manuel. Duerma usted tranquilo, verá como mañana se levantará mas animado.
– Gracias Guillermo, gracias
Guillermo salió de la casa y fué a coger las riendas del caballo que le esperaba, a un lado del camino, sin moverse desde que llegaron, y los dos caminaron en dirección a su casa.
– ¡Adela!
– Diga usted, madre.
– Vete a la fuente, llena dos calderos con agua y los llevas a la cuadra para mojar las ubres de las vacas. Después vuelves para cuidar a las niñas.
Rosaura observó a Adela mientras caminaba hasta a fuente llevando los calderos colgando de las manos.
– José ¿Puedes ayudar a Adela? No sé si podrà con los dos calderos a la vez.
– Sí, señora Rosaura, sí puedo. Dejaré en la palloza las cosas que traje de Villafranca y haré todo el trabajo con los animales. Es mejor que cuide usted del señor Manuel y de las niñas.
Adela paró unos instantes al oir lo que José respondia a su madre y continuó andando hasta llegar a la fuente.
Desde la ventana, Rosaura observaba a José que caminaba hacia a fuente donde Adela esperaba a que estuviera lleno el segundo caldero.
– Adela ¿Falta mucho para llenarlo?
– No, solo un poco más de agua y ya está.
– Apartate _José se adelantó a la intención de Adela y cogio un caldero en cada mano_ Vamos para casa.
– Yo puedo llevarlos. Lo hago muchas veces.
– Ahora los llevaré yo. ¿Te acuerdas de aquel año que tú eras mas pequeña y tu padre te llevó a la feria de Vega de valcarce?
– Sí, me acuerdo, me acuerdo de todo. Tú hacia poco que habias regresado de la guerra.
– ¿Te acuerdas de lo que le dije a tu padre, cuando nos despedimos?
José observó que la cara de Adela cambiaba su color hasta enrojecer, cogió el otro caldero y comenzó a andar de prisa en dirección a casa. Paró a mitad de camino y se giró hacia atrás.
– Sí, me acuerdo.
– ¿Te acuerdas? Repítelo para ver si es verdad que te acuerdas.
– Dijiste “Cuide bien a esta chica tan guapa que la quiero de novia para mí”
Adela se asustó de lo que había dicho y salió corriendo hacia casa. Rosaura, que seguía observando la situación desde la ventana, sonrió con la satisfacción que le producía aquella escena y fue hasta la puerta para esperar a Adela sin que ella lo sospechara.
– ¿Qué pasa hija?, ¿Donde están los calderos con el agua?
– Nada madre, no pasa nada. Los calderos, con el agua de la fuente, los trae José.
Sin esperar a lo que podia decirle su madre, Adela cogio las niñas de la mano y fué a refugierse a su habitación. Rosaura volvio a sonreir y salio al encuentro de José, que llegaba con los calderos de agua colgando de las manos.
Mientras que José se ocupaba de oganizar la cuadra y de poner la comida a los animales, Rosaura, sentada en una banqueta, lavó las ubres de las vacas y las ordeñó, llenando un caldero con la leche extraida.
– José.
– Dígame usted señora Rosura.
– ¿Por qué viniste aquí?
– Verá usted, señora Rosaura. En cantejeira, siempre trabajé la tierra, pero las fincas eran de la primera mujer de mi padre.
– ¿Tu padre no tenia tierras para cultivar?
– No, mi padre no tenia nada. Todas las tierras eran de la primera mujer y ahora son propiedad de los tres hermanos mayores. Los cinco hijos de la segunda mujer tuvimos que irnos de casa, al ser mayores de edad.
– ¿Donde estan ahora tus hermanos?
– Después de volver de la guerra, los cuatro hermanos y la hermana pequeña fuimos a Fabero, a trabajar a las minas.
– ¿Como conociste a Manuel, mi hombre?
– Lo conocí en la Vega de Valcarce. Cuando volví a Cantejéira, hacía poco tiempo que había terminado la guerra y yo fuí a Vega de Valcarge para ver la feria y comprar algunas cosas que necesitaba para hacer reparaciones en casa. Allí le conocí a él y a Adela.
– Han pasado nueve años ¿Piensas quedarte mucho tiempo?
– Todo el que usted me permita _José levantó la cabeza y miró a Rosaura, de frente_ Señora, aquí hay mucho trabajo y ustedes no tienen quien se encargue de hacerlo.
– ¿Solo por eso?
– No señora, por eso y porque quiero a Adela para mí. Si ella me quisiera y a ustedes les parcece bien me casaría con ella. Ahora que el señor Manuel volvió enfermo de Cuba, esperaré a que se recupere del viaje y cuando este bien, le diré que quiero casarme con ella.
Rosaura se sintió desconcertada, guardó silencio por unos segundos y miró a uno y otro lado para evitar la mirada de José. Finalmente le miró de frente y con decisión.
– Voy a preparar la cena, no tardes mucho.
Rosaura se agachó para levantar el caldero que contenia la leche de la vaca, salió de la cuadra y respiró hondo mostrando en su cara el reflejo de la satisfacción y alegria que le causaban las palabras de José. Caminó hacia la vivienda, dejó el caldero encima de la mesa y se dirigió a la habitación donde estaban las niñas al cuidado de Adela. Se sentó en la cama, abrió la camisa que cubria su pecho y sacó las tetas para las niñas que se pusieron a mamar una a cada lado, mostrando la satisfacción que ello les producia.
– Adela, hija ¿Te gusta José?
– ¡Madre! _La cara de Adela enrojeció en un instante, sus ojos se abrieron por completo y finalmente bajó la mirada_ Madre ¿Porqué me pregunta usted eso?
– No te asustes hija, no te asustes. Soy tu madre y tú eres una mujer completa, como lo soy yo _Rosaura miró fijamente a Adela_ Entre madre e hija, tenemos que hablar sin secretos. Díme hija ¿Te gusta José?
– Sí madre, sí me gusta _Respondió si titubear_ Me gusta mucho.
Rosaura puso la mano debajo del mentón de Adela, acarició su pelo empujandolo hacia atrás y de nuevo observó el enrojecimiento de su rostro.
– Hija, desde ahora en adelante, tú y yo estaremos juntas para hacer todos los trabajos.
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