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En la fotografía de la boda de Inés y Orestes, en 1958, aparecen, entre otras personas, muy conocidas ,una que,
al menos para mí, forma parte de los recuerdos de una adolescencia perdida: Fina Yáñez, hermana de Manoli y de mi amigo Ángel Yáñez.
Ángel, Manoli y Fina eran hijos de Ángel, capataz o contramaestre de Cementos Cosmos, allá por la década de los años cincuenta del pasado siglo. A la vez, en sus horas de ocio, era el director de una tuna que, por aquel entonces, alegraba, las noches estivales con su música y sus voces bien templadas.
Yo también fui alumno de Ángel Yáñez, padre, y, con él, aprendí los primeros acordes o acompañamientos de una canción muy en boga: LA BARCA DE ORO que había popularizado la voz de Pedro Infante. Se trataba de un vals cuya letra escribió un tal Abundio Martínez y que, si no recuerdo mal, decía: Yo ya me voy al puerto donde se halla la barca de oro que debe conducirme. Yo ya me voy. Solo vengo a despedirme, adiós , mujer, adiós para siempre adiós. No volverán tus ojos a mirarme ni tus oídos escucharán mi canto. Voy a aumentar los mares con mi llanto, adiós mujer, adiós para siempre, adiós”.
Quien esto escribe, con su guitarra comprada en Valencia, en el establecimiento musical de Telesforo Julve, acompañaba el vals colocando los dedos de la mano izquierda en los trastes de la guitarra a lo que Ángel Yáñez llamaba el treinta y tres y que sonaba algo así como tata cum, tata cum, tata cum.
Ensayábamos por la tarde en jun jardincillo que había detrás de la casa de don Luís el médico y que, supongo, aún existe Allí entre los rosales y los mirtos, mirándonos, estaban, a veces, nuestros padres, la mujer de Ángel Yáñez y sus dos hijas Fina y Manolo, de las que, a pesar de la diferencia de edad, todos estábamos enamoriscados.
Cuando, en la galería de mi casa, en la carretera, nos juntábamos los amigos -José Luís, el de la Cantina de la Estación, Alvarito Peña y Ángel Yáñez, hijo- y hablábamos de chicas, siempre salían a colación los nombres de Fina y Manoli o Carmenchu, la hermana de Emilio y de Amador y de Gelín Balmester, ya fallecido ,y que, a nuestro entender eran las mozas más guapas del pueblo, sobre todo Fina. Y. si alguien apuntaba aquello de que cuando fuese mayor quería tener a Fina o a Manoli por novia, Ángel Yáñez, hijo,monaguillo como nosotros, a las órdenes de Sindo Abelaira, decía. “¡Ojito…¡.¡ Cuidado…¡. A Fina y a Manoli ni nombrarlas…¡”.
Y como Ángel era mayor que nosotros no las nombrábamos, pero pensábamos en ellas.
Ángel había caído en desgracia con don Francisco, el cura y con Sindo Abelaira, sacristán mayor porque, un domingo, en la misa de doce, al trasladar el misal y el atril, desde la parte izquierda del altar, a la derecha, en donde el cura leía , en latín, el evangelio, el libro y el atril se le escurrieron de las manos, cayeron al suelo y Ángel, en lugar de recogerlo, huyó pasillo adelante y no volvió a su oficio de monaguillo en el que cobraba, como el resto de los monaguillos, cincuenta céntimos de peseta o sea, 0,003 céntimos de euro, por ayudar a misa.
Por todo esto, al ver en la foto que se publica en el blog, en la que aparece Fina, acudió su imagen a mi memoria y traté de recordar alguna anécdota,.
La anécdota del misal y del atril por los suelos fue incorporada, creo recordar, a uno de los libros que Maruli Miranda y yo publicamos hace años con la Historia de Toral.
Alguien le comentó a Maruli que Fina vivía aún en Valladolid, pero nadie quiso darnos la dirección. Ojalá aún viva y también Manoli y Ángel Yáñez para que sepan que en Toral de los Vados aún los recordamos
Categorías:Colaboradores, Toni

















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