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RELATOS CORTOS
Homenajeando a Charles Bukowski (“La mujer más hermosa de la ciudad”)
Joss era el joven más apuesto y descarado de la pandilla del barrio de Corrientes. Alto y
bien formado solamente había superado los estudios primarios obligatorios. Su cuerpo se cimbraba con estilo, pero, siempre, dejando huella de su arrolladora potencia sexual. Con las chicas tenía un comportamiento cortés, a la vez que buscaba en ellas cualquier ocasión para mostrarles su reconocida virilidad. Sus colegas de barrio permitían que ejerciese funciones de leader de pandilla. Tampoco se inmiscuían en absoluto en aquellas mujeres que a él le agradaban. Todas, aquellas que probaron su potencia, quedaron maravilladas y ahítas del brío de sus acometidas pélvicas. Más que una máquina de chingar, Joss, podría considerársele prototipo de macho a conservar en el mejor museo paleontológico.
Ese comportamiento afable con las mujeres lo había heredado de su madre andaluza de tradición católica. Su padre, siciliano y marinero, de los de un amor en cada puerto, había transmitido a Joss esa afición por derramar su semen sobre las mujeres que le atraían. Al poco de comenzar su adolescencia, Joss perdió a su padre. Había fallecido en el último viaje que realizaba por la Pampa como ojeador de ganado vacuno. En Joss siempre prevalecían sus facultades físicas frente a las intelectuales. De ahí que sus instintos primarios ahogasen las reflexiones como adulto sereno y sensato. Todo aquello que poseía lo consideraba perpetuo y, por tanto, imposible de mudar. Nunca tuvo ocasión de lidiar con postulados contrarios a sus deseos.
El día en que nos conocimos, me encontraba tomando una infusión de mate en el conocido bar Lago Azul del barrio de Corrientes. En ese momento éramos pocas personas las que disfrutábamos de nuestras consumiciones en el Lago Azul. Joss, al entrar y después de observar las mesas vacías, se dirigió hacia la que yo ocupaba y, con una pizca de amable donaire, me preguntó:
– ¿Me permite sentarme en su mesa e invitarla a la consumición?, y continuó –Es la primera vez que veo su simpático rostro por este barrio.
–Sí. Desde luego.
Le gustaba la cerveza sin alcohol. Se bebió tres. Nada raro. Nuestra conversación discurría de modo banal hasta que, inesperadamente, se acercó a mí, juntó su cara a la mía y besó mi mejilla. Sus carnosos labios me transmitieron, además de una caricia, un suave temblor que sacudió todo mi cuerpo.
– ¿Te parezco atrevido? -me preguntó.
– Un poco sí -contesté.
–Es que desde que entré en el bar has seducido mis sentidos y eso me ha obligado a sentarme junto a ti. Después he comprobado, por tus palabras, que podríamos formar parte de algo muy duradero -continuó.
–Tú también has conseguido que el encuentro tenga un sentido un poco de extraño y un mucho de magia -le respondí.
Aunque su actitud era de atrevida cautela, su mirada denotaba una espontánea atracción hacia mí. Por mi parte, comenzaba a sacudirme un aleteo de mariposas, que agitaban un caos emocional. Ese descaro calculado de Joss empezaba a seducirme. El encuentro casual y las mariposas facilitaban el intento de encajar como pareja.
–Apura el mate y te invito a comer a mi casa. Tenía previsto cocinarme unos fetuccini a la cazuela, siguiendo la tradicional receta familiar paterna -dijo Joss.
– ¿No te parece que vas muy rápido? -le respondí.
–Sería una lástima que te perdieras un plato tan sencillo de cocinar como delicioso de sabor -respondió. Y siguió: –Además, tendremos una ocasión para continuar saboreando nuestros cuerpos.
Los fetuccini estaban extraordinarios. Nunca había probado pasta más rica. La comida dio paso a una sobremesa corta. Tanto Joss como yo deseábamos acostarnos y chingar. Joss por el placer de añadir una nueva muesca en su extenso currículo, y yo para paladear su atractivo cuerpo. El amplio catre, con las sábanas algo arrugadas, desprendía un olor a pasadas escaramuzas sexuales. Pero al instante de reclinar Joss su torso sobre el mío, el único aroma que pude distinguir fue el de macho dispuesto a copular con su pareja. A decir verdad, no era mi primer encuentro sexual, pero, éste, quedaría grabado intensamente en mis recuerdos. Su pinga, como le gustaba nombrarla, tenía un tamaño fuera de lo común. De poco me servían las caricias y besos que Joss, como experimentado amante, repartía sobre mi piel desnuda. Sólo deseaba que me penetrase. El continuo roce de su pinga me había lubricado como nunca lo estuve en anteriores encuentros amorosos. Cuando la batuta del director orquestal se deslizó en mis entrañas, un solo de timbal recorrió todo mi cuerpo. No recuerdo cuántos, pero más de tres, sí que alcancé. Aquel gigantesco miembro entrando y saliendo de mi cuerpo provocó enseguida un primer e intenso orgasmo. Luego llegarían varios más. Al cabo de varios minutos, Joss alcanzó su clímax. El sopor de la danza mantenida consiguió que nos quedáramos dormidos. Cuando desperté su pinga continuaba perfectamente ajustada dentro de mí.
Los días que siguieron a ese encuentro sexual estuvieron llenos de incógnitas por mi parte. Ciertamente pasé en su camastro varios episodios igualmente intensos, pero cada vez menos atrayentes por la falta de enamoramiento personal. Joss, no obstante, estaba convencido de poseer su trofeo más preciado. En el último encuentro que tuvimos me decía:
–Noto que me visitas cada vez con menor frecuencia. Ya sabes que, de todas las mujeres que se acostaron conmigo, ninguna me ha hecho tan feliz como tú.
–Joss, deberíamos encontrar un rumbo nuevo que permitiese nacer una necesidad diferente a la que tenemos -le decía yo con franqueza.
–Pero, si no existe para mí otra mujer como tú. Te considero parte de mí y he dejado de necesitar a otras mujeres -respondía él, igualmente sincero.
Desde entonces no tuve oportunidad de volver a estar con Joss. La verdad es que tampoco me esforcé mucho por coincidir con él. Pocas semanas después me surgió un trabajo temporal en Europa. Durante este tiempo percibí con sorpresa que mi cuerpo tenía una gran nostalgia de Joss, con frecuencia lo eché de menos, tanto en mis noches solitarias, como en los descafeinados encuentros con amantes ocasionales. Cuando al cabo de un año tuve que regresar, me acerqué al barrio de Corrientes. En el Lago Azul pregunté por Joss. El barman, que lo conocía mucho, me explicó que, «desde que yo me ausenté, Joss no volvió a ser el mismo. Perdió gran parte de su brillo y el apetito seducir cuerpos sucesivos. En una de sus noches solitarias tuvo una violenta discusión con otra persona. La razón fue el comentario que escuchó diciendo que yo me había ido a Europa con otro
hombre. Joss, no lo creyó, y se enzarzó en una sangrienta pelea que acabó con él por un navajazo en la yugular».
Sus amigos del barrio de Corrientes me repitieron que desde que yo me fui, Joss no volvió a ser el mismo. Había perdido gran parte de su brillo y el apetito por poseer cuerpos sucesivos. No se le vio nunca acompañado por otra mujer. Vivía habitado por la tristeza y, cuando conversaba, solamente lo hacía sobre mí. Pasaba las noches en compañía del alcohol y de acordes rasgados del bandoneón. Con frecuencia afirmaba que ninguna mujer, cómo yo, le había resultado tan atractiva, ni nunca más había tenido unos polvos como los que tuvo conmigo. Me quedé pensativa escuchando a sus amigos. En los días siguientes vagué por la noche de la ciudad presa de la melancolía. El trágico final del gran conquistador, el seductor seducido, hizo mella en mí. Me sentía culpable, y nunca jamás volví a encontrar un hombre igual. A partir de entonces eché mucho de menos, además de su habilidad en la cama, su gran corazón, que no supe ver, oculto detrás de su enorme pinga.
Categorías:Colaboradores, Fernando


















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