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AMIGOS DE ALTOS VUELOS

fernando fs [Resolucion de Escritorio]

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AMIGOS DE ALTOS VUELOS

Microrrelato que homenajea al famoso micro El Faro de Juan José Arreola

No entiendo a Jaime. Llevamos meses formando la tripulación de este Boeing 777 y siempre me sorprende. Empiezo a aburrirme al disimular continuamente.

Ayer Jaime, mientras preparábamos el vuelo habitual Londres – Sídney, se preguntaba, con sentido del humor, cómo habría parejas que se atreviesen a formar parte del selecto Mile High Club y cómo se arriesgarían a practicar sexo en el avión en pleno vuelo. Lola y yo ni nos miramos. Fue ella quien esbozó una ligera sonrisa.

Lola y Jaime llevaban casados varios años. Cuando yo entré a formar parte de la tripulación de su avión, ella era la azafata de vuelo que siempre le acompañaba. Desde el primer momento en que ella y yo nos conocimos surgió entre nosotros una fuerte atracción.

Lola permanecía indecisa. Yo, que sentía un afecto peculiar por Jaime, también. Ella y yo coincidíamos en la misma torpeza. Éramos deshonestos con Jaime. Nunca le confesamos nuestra aérea, pero intensa, actividad sexual. Sospechábamos que Jaime no se enteraba. Al menos, esa era nuestra percepción.

Jaime me permitía abandonar la cabina cada vez Lola me requería. El lenguaje de signos establecidos entre ella y yo era efectivo. Una vez fuera de cabina Lola ya tenía decidido el lugar más adecuado. El lugar habitual era el reducido espacio del toilette que tenían los pasajeros de Primera Clase. De pie y apoyada sobre el mismo lavabo, o sentados y a horcajadas encima de la taza era indiferente. Lola elegía. Lo excitante era alcanzar el clímax lo más pronto posible.

Así ocurría en cada viaje de ida y, también, en el de vuelta. Y Jaime parecía estar, cada vez, más feliz con nosotros. Nunca reparaba en mis ausencias como copiloto. Es más, cuando yo no se las pedía, él me las ofrecía y me repetía que no estaba cansado. Al finalizar cada viaje nos invitaba a comer en los mejores restoranes y nos agasajaba con todo tipo de amabilidades, lo que nos hacía sospechar, que vivía, nunca mejor dicho, en la nubes.

Este comportamiento exquisito hacia nosotros, en vez de aumentar nuestra complacencia nos provocaba angustia y miedo. Lola y yo, conscientes del engaño que cometíamos, íbamos asumiendo que nuestra relación se convertía en vulgar.

Si en un principio nuestra atracción sexual era intensa, ahora los encuentros fugaces en cada vuelo se realizaban con temor, con mayor preocupación y, en definitiva, con menor

naturalidad. Ese halo que al principio rodeaba nuestros encuentros sexuales, se estaban convirtiendo en polvos de poco pelo. La costumbre y nuestra poca vergüenza por no tener la decencia de decírselo a Jaime contribuían a que nuestra rutina de vuelo fuera perdiendo el atractivo inicial. La familiaridad que teníamos con Jaime y su nulos reproches facilitaba la pérdida paulatina de la libido que nos había envuelto hasta entonces. Habíamos caído en el hastío de la mayoría de los esposos.

En este mundo cambiante por el que flotamos se producen continuamente novedades. La compañía aérea donde trabajábamos varió de propietarios. Nos despidieron a los tres. Por las mentes de Lola y mía se abrió una ligera esperanza. Pero el más afectado fue Jaime. Con pena nos dice: “¿A dónde iremos ahora?”. ¡Éramos tan felices con nuestro trimatrimonio! Y tras una breve pausa me dice en tono persuasivo: “Tú nos seguirás allá donde vayamos, ¿verdad? Y como si fuera un tic adquirido, levantó su mirada al cielo y sus ojos se humedecieron ligeramente.

FIN

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