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Memoria de Toral
Winnetou es un personaje que aparece en las novelas del escritor alemán Karl May, que, junto con Emilio Salgari y Julio Verne, son algunos de los autores más importantes de mi ya lejana juventud, aunque a estos dos, debo añadir otros nombres: José Mallorquí, autor de EL COYOTE y M.L. Estefanía y sus novelas del Oeste, de quien decía José Antolín, hijo del hornero de CEMENTOS VILLAFRANCA que, en sus novelas moría hasta el apuntador.
Nosotros -mis amigos y yo- creíamos que detrás de las letras M.L. se escondía una mujer llamada María Luisa, pero, no. Era un hombre toledano, nacido en 1903 y muerto en 1948 y que dejó escritas más de tres mil novelas que devorábamos con avidez.
Descubrí a Karl May en Astorga, en el Seminario, en donde un compañero de un curso superior al mío, guardaba en el cajón de su pupitre, EN LA BOCA DEL LOBO, una de las novelas del autor alemán. Yo recogía, sin que él se enterase, al atardecer el libro y lo devolvía por la mañana. Por la noche, a la luz tenue de una bombilla triste y, sin salir de la cama, leía, capítulo tras capítulo. Esa lectura alegró los fríos y tristes días del Seminario, marcados por las hostias.
Más adelante, ya adulto, pude comprar, en la imprenta de don Tomás Nieto, en Villafanca, las obras completas de Verne y de May, editadas por MOLINO, a un precio inconcebible hoy: diez pesetas o sea, seis céntimos -aproximadamente- de euro.
Pasaron los años y un día -por Reyes era- mi madre nos regaló una escopeta de perdigones, la única que había en Toral y que, meses más tarde, fue barnizada con esmalte negro y adornada con tachuelas como si se tratase del rifle de Winnetou, el personaje de las novelas de Karl May que tenía una escopeta igual.
Aquella escopeta de perdigones, comprados en Ponferrada en los almacenes de MARIANO ARIAS, hizo más felices los días azules de mi juventud recién estrenada.
La escopeta no solamente fue usada para asesinar, alevosamente, gorrioncillos que habitaba los frondosos castaños de Indias que adornaban la carretera, sino que, además, fue arma -es un decir- que llevábamos en las excursiones que hacíamos por los montes cercanos, aunque no sirviese de nada. (En esas excursiones, además de la escopeta, llevábamos, además, una especie de machete que usábamos en mi casa para cortar el jamón. Por un lado tenía filo y por el otro, una especie de serrucho. Era -el machete- largo y flexible y nos proporcionaba cierta confianza por las noches).
Los gorriones que asesinábamos eran, posteriormente, desplumados y eviscerados y los vendíamos a Llanes que los ofrecía como tapa para acompañar al vaso de vino, aunque, a veces, mi madre los incluía en un cocido con carne fresca, chorizos, cachucha y gallina de corral.
La caza era fácil. Nos colocamos debajo del árbol y uno de nosotros enfocaba una linterna de petaca hacia arriba. Localizábamos al pajarillo y casi a bocajarro disparábamos.
Seguramente aún habrá vecinos que recuerden los árboles a ambos lados de la carretera y las castañas -su fruto- que, cocidas y machacadas, servían de alimento a las gallinas. Estas castañas tenían un sabor amargo y desagradable y la leyenda urbana decía que si las comías, quedabas enano.
Los árboles fueron talados por orden de don Mariano Remacha, siendo concejal Armando Junquera, administrativo de Cementos Cosmos ya que los camiones que transportaban la piedra desde la cantera, a veces tropezaban con las ramas.
Con la tala terminó la caza, aunque la escopeta tuvo otros usos: con ella acudíamos al Estadio Hispánico de León para campeonatos de tiro al blanco fomentados por la OJE y en los que este escribidor obtuvo algún segundo premio. Era, aún, la escopeta de Winnetou que formó parte de unos recuerdos que, poco a poco, se han ido perdiendo en la nebulosa de los años.
Categorías:Colaboradores, Toni

















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