Cerezales

BIENVENIDOS A DIZZY

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Cuento Infantil

Hola, mi nombre es Alfredo Cendón Cerezales tengo ocho años y voy a tocaros algo con mi trompeta. Pero antes, dejadme que os cuente algo sobre ella.

Es una trompeta especial. Bueno, algo más que especial… es mágica.

Fuí con mis padres a comprarla un atardecer soleado. Como me gusta curiosear, ellos se sentaron en la terraza de un bar, a pocos metros de la entrada, mientras yo miraba sin prisa en el interior.

La encontré en medio de un montón de desordenados atriles y relucientes instrumentos musicales: plateadas flautas, oscuros oboes, centelleantes saxofones… y allí estaba ella, entre sus hermanas. Me acerqué decidido, y pude ver en su superficie el reflejo de mis ojos mirándome fijamente.

-¡Asombroso!. ¡Realmente asombroso!.

La dueña de la tienda, una señora pelirroja con una camisa llena de corcheas, se acercaba susurrando, semi-agachada hasta el soporte del instrumento sin perderlo de vista. Después, se giró hacia mí y bajando sus lentes hasta la mitad de la nariz, me miró de arriba abajo.

-¿Sabías que esta trompeta está a la venta desde que la tienda la tenía mi tatarabuelo?.

Y, sentándose pesadamente en un taburete de piano, en el que ponía claramente “Prohibido sentarse”, añadió con los ojos muy abiertos:

-¡Y él tampoco se acordaba desde cuando estaba a la venta!.

La observé en su peana y exclamé algo mosqueado:

-Pues no parece estar estropeada.

La señora se repuso y apartó el pelo de la frente como si fuera a dar un discurso.

-¿Cómo te llamas hijo?

-Alfredo Cen… bueno, puede llamarme Fredi.

– Está bien Fredi. Según la portada de un viejo libro que viene en su funda y cuyas hojas están en blanco, esta trompeta es única. No emitirá ninguna nota hasta que quiera, porque es ella quién elije el que la va a usar, y lo hace concediendo el reflejo de sus ojos en ella. Muchos han pasado por delante a lo largo de los años, y nunca devolvió la imagen de quién la quería, hasta hoy, y ciertamente esperaba a alguien más… mayor.

Durante un buen rato, me estuvo hablando de todos los que habían estado manoseándola intentando sacarle un mísero sonido… y nada.

De pronto, la puso en mis manos y con un leve gesto de cabeza, me invitó a intentarlo, y decidido la llevé a mis labios.

No fue un gran Do, pero era un Do, mi Do.

Está claro que debía llevármela, la dueña salió a despedirnos y estuvo un largo rato viendo como nos alejábamos con el pañuelo entre las manos.

Esa noche, en la cama, con el estuche abierto en mi regazo, abrí el libro y de pronto, de una forma prodigiosa, las letras empezaron a aparecer sin orden creando poco a poco palabras, frases, párrafos.

Con un bello y claro estilo , hablaba de un lejano, lejano, lejano planeta llamado Dizzy. Al parecer, tenía forma de cubo, yo prefería decir de dado pero cada uno escribe como quiere. Cada una de sus seis caras era un continente o país: Tudel, Pabellón, Pistón, Ganchopulgar, Boquilla y por último, Sordina, que es donde viven los que murieron. Son países normales, con gente normal, diversidad de razas, religiones, aficiones… etc.

Los habitantes de una cara no pueden pasar a la otra, pero no importa, porque (y aquí viene lo alucinante) cada vez que toque la trompeta y exceptuando a los de Sordina que allí son todos iguales, la gente variará de raza, religión o creencia como si fuera un sorteo pero sin cambiar de familia ni de país. Las partituras interpretadas, esconden un código secreto que lo hace posible.

Es por eso que en el planeta Dizzy no hay guerras ni violencia, porque todos se ponen en la piel de los demás cada vez que salen notas de mi trompeta. El que antes hablaba ahora escucha. El que antes se enfadaba ahora entiende, el que antes se agobiaba ahora tiene paciencia.

Y , en definitiva, este es mi secreto. Hasta ahora solo confiado a mi amiga Carmen y que ahora comparto con todos vosotros. Así pues, cuando escuchéis mi música, imaginaos que vivís en Dizzy y poneos en el lugar de

alguien al que no entendéis. Será como hacer un viaje interestelar.

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