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Se alzan aquí las ruinas solemnes de un castillo cubierto de hiedra, con torres, almenas, pasadizos y troneras para cañones, vestigios de un turbulento pasado. De vez en cuando se oye el graznido de algún cuervo y desde su cima, habitada hoy por búhos y pájaros chillones, se divisa un formidable panorama. Construido a finales del siglo XIV o principios del XV, los escudos de armas de dos importantes familias aparecen en sus piedras; los Valcarce y los Osorio, sucesivos moradores de una fortaleza que después pasó al Marquesado de Villafranca. Cuenta la historia que doña Leonor Álvarez de Toledo, esposa de don Pedro de Médicis, duque de Toscana, hizo venir a un famoso pintor florentino para dibujar y hacer planos del castillo. Así fue. El plano se sacó y la obra se ejecutó en la bella campiña toscana. Los arquitectos se esmeraron en extremo, logrando una reproducción exacta. Sin embrago, algo echaba en falta doña Leonor. Eran los verdes campos y los secretos lugares, escenas de grandes distracciones, recuerdos de sus años juveniles. ……………….sigue
Extraído del Nº 67 de A´Curuxa 2009

La hermosa joven doña María de Toledo, sobrina de doña Leonor e hija de don Pedro Álvarez de Toledo, marqués de Villafranca, virrey de Nápoles y de doña Elvira de Mendoza vio la luz en esta ciudad un día del años de 1582. Siendo muy niña vino a España al lado de su tía María, hermana de don Pedro, mujer muy piadosa, fundadora en Villafranca del convento de las Lauras. El marqués tenía en mente desposar a su hija con el duque de Braganza, sin saber que María había hecho voto religioso. Enterado su padre, dio orden de encerrarla en el castillo de Corullón. Una oscura noche, ayudada por sirvientes, se descolgó desde la ventana de la torre donde era prisionera, con tal mala fortuna que se hirió al caer. Unos labradores la trasladaron a Villafranca, refugiándose en el convento de la Concepción. Tiempo después, doña María fundo el de la Anunciada, del que fue monja y primera abadesa. Esta es la historia que se conoce. Sin embargo, en olvidados legajos de viejos papeles, hallamos un extraño relato. Quizás sea otra Historia, o quizás una leyenda que jamás se haya oído.![]()
El conde don Fernando de Velasco, caballero de origen feudal, también fue morador del castillo. Decíase de él que, cuando niño, padecía de insomnio y, no queriendo estar sólo en su alcoba, hacía que su haya permaneciese hasta el amanecer a la cabecera de la cama, contándole consejas maravillosas en las que intervenían hadas, ondinas y genios. Esta levadura cultural influyó, sin duda, en su manera de ser. Huyendo de la vida familiar, que mal se avenía con su carácter, don Fernando pasaba el tiempo escribiendo versos, cantando romanzas y recorriendo a caballo, en locas correrías nocturnas, los valles y las montañas de estos lugares de Corullón. Disfrazábase, por cierto, de cazador para pasar inadvertido en estas excursiones. Había una pequeña posada cuyo dueño tenía una hija, Rosa, dotada de salvaje belleza. No sería tal vez una deidad, pero contaba con 17 años. Una noche en que el cierzo helado soplaba con fuerza, el conde llegó a la posada y rehuyendo encontrarse con los aldeanos que bebían en el interior, penetró por la puerta de escape que daba acceso a la cocina. Allí estaba Rosa. La linda posadera, venciendo su timidez, exclamó: ¡Señor, no os marchéis, la noche es muy oscura y pudierais extraviaros! Sorprendido, don Fernando miró a Rosa, cuyas mejillas enrojecieron vivamente. ¿Por qué me dices eso? ¿Por qué te preocupas por mí? Porque os amo, señor, contestó. Sus palabras emocionaron al conde. Y este fue el momento de los amores de don Fernando con Rosa, su acompañante, desde aquel momento, en las fantásticas cabalgaduras nocturnas. Pero la inconsciencia tiene nombre de mujer, y por eso mismo, Rosa no tardó en cansarse. Otro hombre más joven vino a ocupar el puesto de don Fernando Velasco. Se inició aquí el feroz odio del conde. La sola vista de una mujer le exasperaba, y en su desesperación, se entregó a mil locuras. El fuego amoroso consumió la razón y la vida del desventurado caballero. Años más tarde, su estado metal era verdaderamente horrible. Se convirtió en un loco pacífico, salvo alguna que otra crisis de demencia furiosa pero pasajera. Sin embargo, a medida que el tiempo pasaba, las crisis violentas eran cada vez más frecuentes. El conde se volvió muy irregular en las comidas. Había días que devoraba alimentos en cantidad suficiente para cuatro personas de buen comer. Otras veces, en cambio, se pasaba hasta setenta horas sin probar bocado. Encontrándose don Fernando en uno de esos periodos de ayuno, dispuso el médico que se hiciera un esfuerzo para obligarle a comer. A tal efecto, se dispuso la mesa familiar en uno de los salones del castillo, con el mismo lujo que si se fuese a celebrar una fiesta. Acto seguido se ordenó a un criado que entrase en la cámara del conde y le rogase que acudiera al comedor. Cum- Mitos y leyendas 10 A´Curuxa plió el servidor, mas por desgracia, en aquel instante se hallaba el loco en uno de sus ataques de demencia persecutoria. Oír el conde la voz del criado y saltar sobre el desventurado como un tigre, fue todo uno. Dos minutos después, yacía sobre el pavimento el inanimado cuerpo del lacayo, el cual había sido estrangulado en un abrir y cerrar de ojos. Ocurrida la tragedia, pasado un día, se intentó otra vez, escogiendo a un atlético aldeano, quien penetró en la temible estancia llevando en sus manos una bandeja de apetitosos alimentos. El conde no atacó por esta vez al que entraba. Muy al contrario, presa del pánico echó a correr y se escondió tras una sillas y mesas. Permaneció acurrucado durante unos segundos, pero al fin saltó sobre el hombre y lo derribó sin vida de certero golpe dado en el cráneo con un candelabro de bronce. Como no era cosa de estar sacrificando vidas, los moradores del castillo comenzaron a agudizar el ingenio. Por fin, un viejo criado recordó la extraordinaria afición con que el conde, en sus años juveniles, contemplaba a las muchachas bonitas, especialmente si pertenecían a la clase más popular. Aquello dio la solución. De inmediato se buscó a una joven artesana, algo gruesa, rubia y de ojos azules. Margarita, hija del jardinero, fue la elegida. Su entrada a la cámara la presenciaron, ocultos tras biombos, unos cuantos forzudos criados, dispuestos a arrebatar la presa al loco, si trataba de acometer a la muchacha. Margarita avanzó poco a poco, llevando una bandeja repleta de fiambres y otras golosinas. Al verla adelantarse bella y sonriente, con la frescura de sus dieciséis primaveras y todo el encanto de la juventud, don Fernando se puso en pie y la ayudo galantemente a colocar la bandeja sobre la mesa. Acto seguido, tomó entre sus manos huesudas y amarillentas una de las sonrosadas de la niña, depositando en ella un beso y rogando a la joven que compartiese la comida. La muchacha, halagada, aceptó la invitación, comiéndose ambos todas las viandas. En vista del éxito obtenido, continúo sirviéndole durante largo tiempo. El Conde se mostraba pacífico y asa en sus actos. Todos le consideraban curado. Pero un aciago día, otra crisis de furiosa locura le sobrevino, resucitando en él viejos celos. Su rostro se descompuso hasta la deformación, los ojos le centelleaban… Presa del terror, Margarita quedó quieta, como petrificada. El conde, entonces, la tomó de la mano y se la llevó hacia los establos. Allí la joven se desmayó. Totalmente perturbado, don Fernando ató a Margarita a la grupa de su más fogoso caballo y le azuzó en los ijares hasta que manó la sangre. Irritado por el dolor, el animal inició tal alocada y desenfrenada carrera que arrastró tras de sí a la bella hacia el fondo de un barranco. Una calma inquietante se esparció por todo el valle. Poco más tarde, el cuerpo del desgraciado caballero fue hallado sin vida al pie del castillo. La caída desde la torre había resultado fatal. Durante años y años, en las noches de luna llena, se oyó el trotar de un corcel por las praderas que se divisan desde la fortaleza de Corullón. Después todo quedó en silencio… Castillo de Corullón cuando estaba cubierto por la hiedra.
José Mª Muñiz Sánchez
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