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UNA EXPLOSION INCONTROLADA

toni- cabalgamos

MEMORIA DE TORAL

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Yo, a José Luis García, -“Piruli”- hijo de José y de Mercedes y hermano de Maite, no lo veía desde los años sesenta del pasado siglo. Nos encontramos en Junio de 1976, hace cuarenta y un años, por casualidad.

“Piruli” había hecho oposiciones para ingresar en un Banco -BBVA- cuando el BBVA era, sencillamente, Banco de Bilbao y, merced a sus esfuerzos -a los de “Piruli”- y a su sabiduría contable, llegó a dirigir la sucursal de Monforte de Lemos, a orillas de Cabe, aunque, en aquel momento, eso lo ignoraba.

Vayamos a mis recuerdos: en las primeras elecciones democráticas, después de una larga noche de piedra como escribiera un poeta, yo ejercí como Jefe de Prensa de la extinguida UCD en aquellas elecciones y llegué a la villa del Cabe que es el río que baña a Monforte, en donde se celebraría el último -o uno de los último- mitin de la campaña y como era natural y lógico y obligado, después del mitin, se obsequiaba a las autoridades de la población y personas de una cierta relevancia social, con un ligero refrigerio en un establecimiento importante y en este caso fue en el Hotel El Castillo.

Cada uno de los presentes hicimos grupo con gentes afines que habían acudido al ágape y bien sabido es que, a estos eventos, suele acudir gente que no acudió a escuchar los aburridos discursos de los políticos de turno.

Yo me acoplé -uso la palabra acoplar porque no encuentro otra más oportuna- a un pequeño grupo -tres o cuatro personas- que departían amigablemente. Muy pronto, de aquellos contertulios se retiraron varios y me encontré, mano a mano con un hombre culto, más o menos de mi edad, muy rubio, casi albino que degustaba placenteramente un vaso de Ribeiro.

Noes usted gallego ¿verdad?. O, por lo menos el acento no es gallego -dije-

-No -respondió- y usted tampoco ¿no es así…?.

-Exacto. No lo soy. Soy de la provincia de León.

-¡Qué casualidad—¡ También yo soy de León, pero llevo en Galicia muchos años. Aquí me casé y aquí vivo.

-Y ¿de qué parte de León es …? -pregunté.

-Berciano. Soy berciano. De un pueblo cercano a Ponferrada que usted tal vez no conozca o no haya oído hablar de él..

-Siguen las casualidades -dije- También yo soy de un pueblo cercano a Ponferrada: Toral de los Vados.

-¡Joer…¡ -interrumpió- ¡Si yo soy de Toral…¡

-Y ¿qué hacemos aquí tratándonos de usted…? -dije yo, por decir algo- Y -rápidamae te- ¿de quién eres hijo…?.

-Mi padre pertenecía a la Renfe. Había perdido una pierna al enganchar unos vagones y le dieron, para compensarle, la cantina de la Estación.–Entonces…¡Tú eres “Piruli…”¡ -dije- -.

Me miró fijamente.

-Y ¿tú, ¿quién eres…?.

-¡Me cago en la leche, Jose…¡ -le dije- pero ¿no me conoces?. Soy Toñito, el de América.

No dijimos nada más. Nos abrazamos como dos viejos amigos que éramos o que seguíamos siendo y seguimos dialogando y recordando aquellos hermosos días azules de nuestra infancia cuando jugábamos en la Plaza de la Estación en las plácidas noches del verano a “Patada al bote” o “Tres navíos en el mar” o en la galería acristalada de mi casa en donde reproducíamos las batallas en las que había intervenido su abuelo, en Cuba, y, faltos de pan, comíamos galletas, como hicieron los españolitos en el noventa y noche en su lucha contra los mambises cubanos.

El Ouiosco de Emiia (4)Disparábamos con fusiles de madera, que escamoteábamos a mi padre, en el comercio de juguetería o imitábamos la velocidad de un coche, tomando como volante, una rueda, anclada a una mesa y que servía para mover una devanadora que usaba mi madre para devanar -valga la redundancia- los hilos de lana de una madeja y así imitábamos a Jack, Bill y Sam, tres policías federales del FBI cuyas aventuras, editadas por “Rollan” leíamos, semana tras semana, compradas en el kiosko de la Rolinda.

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Y, hablando de estas aventuras llegamos a otra anécdota en la que habíamos participado juntos…

-¿Recuerdas -me dijo- aquella vez que encendí una cerilla en los servicios o váteres de la estación?.

-Claro que me acuerdo. Yo estaba recogiendo hojas del moral que aún existe, para los gusanos de seda. Tú, mientras tanto, porque no tenías gusanos de seda, te dedicabas a olfatear el zotal con el que limpiaban los servicios y que era un olor que aún conservo en mi pituitaria

-Pues aquel día -dijo- yo quería saber por qué olía tan mal o tan bien, para nosotros, los inodoros ya que el zotal era un olor intenso que se metía en la nariz y cogí una caja de cerillas de la cocina de mi madre y me acerqué a los servicios… Encendí la cerilla y la asomé al agujero y entonces, jajajajaja, ocurrió la explosión total y rotunda y toda la mierda llegó hasta mi cara. Fue algo tremendo, además del susto que me dejó sucio de los pies a la cabeza. Los primeros que me vieron fueron Mella ¿te acuerdas de Mella?, aquel mozo de Estación gordo que andaba como balanceándose y Marcos, el hijo de Manuela, la frutera que me dijo: Te pasó eso por meter las narices en donde no tenías que meterlas. ¿No sabías que la mierda acumulada produce gases que al arrimar una cerilla explotan?. Pues eso es lo que te pasó.

PalancoLa explosión había sido fuerte, tan fuerte que salieron a la calle muchas personas: Llanes, con su pipa, los huéspedes de Casa Regueiro, los factores, el Jefe de la estación, los guadalhorces o vigilantes de la Estación como Palanco que siempre iba con su tercerola al hombro e, incluso dos guardias civiles que se encontraban de servicio. Todos se acercaron para ver qué había pasado. Algunos creyeron que la explosión había sido debida a una bomba , colocada en la estación por los huidos o sea, los escapados, pero lo peor del caso fueron los zapatillazos que mi madre me dio antes de cambiarme de ropa.

-Sí -dije- Ya sé a qué sabían las zapatillas de una madre. Eran muy hábiles golpeando en donde más dolía. Dejaban el trasero calentito.

Seguimos hablando durante mucho rato y desde aquel día “Piruli” y yo nos llamábamos por teléfono con frecuencia y recordábamos tiempos pasados.

Me enteré, años después, que había tenido problemas en el banco con un crédito no cobrado y que tuvo que buscarse un nuevo trabajo en La Coruña aunque, finalmente, regresó a Monforte de Lemos de donde era su mujer.

Se había quedado sordo y teníamos dificultades para hablarnos y yo le mandé el primer tomo de la Historia de Toral en la que aparece él besándose con Maruli.

Un amigo de Monforte -Germán López Quiroga- me dijo que había fallecido. No lo puedo asegurar porque Germán tampoco lo aseguraba ,pero, a buen seguro, si fue cierto, que allá en donde esté seguirá contando a sus nuevos amigos la historia de una explosión incontrolada en la Estación de Toral de los vados en donde su padre regentaba la cantina.

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