XIX PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS
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Antonio del Valle, como decía la indagatoria del juzgado de Ponferrada, tenía cuarenta y cuatro años de edad, había nacido en Dragonte y era hijo de Primo y de María, ya difuntos y, a efectos del párrafo final del artículo 460 del Código de Justicia Militar vigente, su estatura era regular, tenía los ojos claros, las cejas negras y el pelo castaño; el color del cutis, moreno; la nariz puntiaguda y la boca regular.
Aquella tarde de Octubre estaba sentado frente a su esposa Carmen en el cuarto de estar de su casa en la que lucían muebles de mimbre trenzado, mientras su cuñado, -y primo- Pepe revisaba facturas y albaranes del último pedido que habían recibido de Barcelona, antes de los sucesos de Julio.
Atardecía, pero ninguno de los tres había encendido la lámpara que colgaba del techo de la amplia habitación en la que entraba, por una claraboya -hueco practicado en la terraza del último piso, cubierta por un grueso cristal- la luz agonizante de aquel octubre trágico.
De las paredes de la habitación, conocida, entre ellos, como “jol” -“hall” en inglés- colgaban varias litografías con escenas de la Pampa que intentaban alegrar el triste panorama que se cernía con negras alas sobre la familia.
Carmen y Antonio -primos carnales- no tenían hijos y habían tenido que solicitar un permiso especial para unirse en matrimonio.
Años atrás habían emigrado a la Argentina -ellos decía “la República Argentina”- en donde, en unión con otros hermanos de Carmen -Balbino y Manolo- habían abierto un negocio que finalmente liquidaron para regresar a la Patria lejana en donde las ideas liberales de Antonio le habían llevado, en la últimas elecciones a ser elegido concejal representando al partido que dirigía Manuel Azaña.
-Yo le dije, entonces, al Juez -hablaba Antonio- que no sabía exactamente qué es lo que había firmado el veintiuno de Julio en el Ayuntamiento. Y es cierto, Carmen. Te lo juro que es cierto. No sé si firmé el Acta rutinaria o una diligencia en la que se explicaba que no hubo sesión por falta de número de concejales.
-Y el Juez -dijo ella- no se lo creyó.
Hubo una ligera pausa en la conversación durante la que Antonio se revolvió, inquieto, en el sillón que ocupaba.
-No sé si lo creyó o no lo creyó. No lo sé. Sinceramente no lo sé El Juez ignoró mi respuesta y dijo esa frase que dicen los jueces para confundir a los declarantes: que si no era más cierto que, como concejal del Ayuntamiento, había tomado, junto con mis compañeros y los secretarios de los sindicatos, medidas para oponer resistencia al ejército salvador de España, dijo-
-Es de suponer -interrumpió Carmen que el resto de encausados diga lo mismo que tú porque a todos, más o menos, los interrogarán sobre lo mismo…
-Sí -dudó- Es de suponer, pero, también me preguntó -y sus preguntas, más que preguntas eran afirmaciones si habíamos desarmado a varios vecinos, vejándolos de palabra.
-¿Desarmar a los vecinos…?. Si los vecinos son cazadores y sus armas, escopetas de caza y esas escopetas no son armas de guerra.
-Dijo que las habíamos enviado a Ponferrada, al tiempo que organizamos el robo de explosivos para armar a los mineros que habían entrado en la ciudad procedentes de Asturias y que, además, les enviamos víveres.
-¿Y…?
-Y le dije que eso no era cierto. ¿Qué otra cosa podía decir…..?. Esto, Carmen, ya está visto para sentencia.
-No digas eso, Antonio, ¡por Dios…¡ -rogó la mujer- No tenías que haberte involucrado en política. A lo largo, la política se vuelve contra uno .
Volvió a hacer una pausa y lo miró a los ojos. Antonio bajó la vista anonadado por la profundidad de la mirada de su mujer. En su fuero interno sabía que su esposa tenía razón.
-Y ¿qué más te preguntó -dijo ella, por fin-.
-Si no era cierto que había entregado camisas rojas a los socialistas y que si no había ido, al frente de ellos, a una manifestación, en el mes de Abril, a Villamartín para echar al cura del pueblo.
Se puso de pie y comenzó a caminar por el salón.
-Le dije, naturalmente, que eso no era verdad; que, sí, estuve en Villamartín para escuchar un mitín pero que había llegado tarde porque yo me debo a mi comercio y no esperé a la expulsión del citado sacerdote a quien , tú lo sabes, ni siquiera conozco.
-Los curas… -comenzó a decir ella- los curas… Siempre hay algún cura metido en cosas como estas.
-En mi descargo, aunque sé que no servirá para algo, le dije que, después de los sucesos de Julio, contribuimos con doscientas pesetas para ayudas al ejército.
-Y con alhajas.
-Y con alhajas de mucho valor sentimental para nosotros..
-Que -interrumpió la mujer- seguramente habrán ido a parar a manos de alguien y no a su destino. Y ¿le hablaste de nuestra contribución para comprar una bandera para la Guardia Civil…?
-Sí. También se lo dije , es más, le enseñé el recibo que me dio el sargento y añadí que habia regalado seis jerséis para el ejército y cincuenta pesetas para ayudar en la compra de un avión de combate.
-Un avión de combate que ametrallará a los obreros, Antonio. A los obreros que defienden la legalidad.
Antonio hizo caso omiso a las palabras de su esposa.
-Y no todos los comerciantes -siguió diciendo- del pueblo habrán colaborado como lo hicimos nosotros que, incluso, nos pusimos a disposición del sargento para cuanto fuese necesario.
Carmen se puso en pie y tomó las manos de su marido.
-Vayámonos de Toral, Antonio. Vayámonos de noche. Podemos ocultarnos…
-Contra ti , -interrumpió su marido- contra ti no hay nada.
-Podemos ocultarnos en el caserío de mis padres en Villafranca, en el lugar de Valdaiga.
-Irán a buscarme allí. Además tengo que estar en todo momento a disposición del Juez.
-Tengo mucho miedo, Antonio y un pálpito me dice que el Juez no hará caso a tus alegaciones.
La tarde había ido declinando, lentamente. Pepe seguía revisando albaranes. Se quitó la pipa de la boca y la desatascó la pipa, encendiéndola de nuevo y, pronto, el agrio olor a tabaco inundó la habitación.
-Bien… Bajemos a cenar algo -dijo Carmen
-¡Quién tuviera hambre…..¡
Y sin mediar más palabras, uno tras de otro, como si se tratase de una procesión, bajaron al piso inferior en donde la mujer improvisó una cena fría en pocos minutos..
CONTINUARA
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