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XVIII LA PASION Y MUERTE DE ANTONIO DEL VALLE Y SUS COMPAÑEROS

toni- cabalgamos

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El taxi se detuvo, con un chirriar de frenos y una polvareda grande, frente al comercio de Antonio del Valle que en aquellos momentos charlaba con Narciso Martín, el constructor que había levantado el espléndido edificio en cuyo bajo estaba situada CASA AMERICA.narciso y  al fon o bar iglsis [Resolucion de Escritorio]

-Si te parece bien -decía Narciso- colocamos la placa, ahí, a la izquierda -y señaló un lugar indeterminado sobre las rejas que, de noche cerraban la entrada principal.

Dentro, Pepe, el cuñado de Antonio y su hermana Carmen trataban de acomodar los últimos géneros recibidos, antes de estallar el Movimiento Nacional.

-Me parece bien, Narciso. Todo lo que hagas me parece bien y por mi parte no hay ningún problema para que coloques esa placa.

-Es algo -dijo Narciso- que se estila mucho, hoy en día, en las capitales: colocar una placa con el nombre del constructor.

-De acuerdo -zanjó Antonio del Valle- cuando quieras la colocas y, ahora, perdona, porque veo que ha llegado de Ponferrada Pepe Iglesias que había ido a declarar ante el Juez

Se estrecharon amistosamente la mano y Narciso, rápidamente, como si no quisiese participar en la conversación que iban a mantener los dos industriales, comenzó a caminar calle abajo.

Mientras tanto Iglesias dialogaba con el taxista y abonaba el importe del viaje.

Antonio del Valle se acercó a los dos hombres.

-¿Qué tal, Pepe…?. ¿Cómo ha ido todo…?.

Iglesias se pasó la mano derecha por el rostro intentando apartar algún oscuro pensamiento que nublaba sus ojos azulinos.

José Iglesias Silva era viudo. Había llegado a Toral y, en la Plazoleta de la Estación abrió un establecimiento de bebidas que intentaba hacer la competencia a Juan García.

-¿Cómo ha ido el asunto, Pepe…? -volvió a preguntar Antonio

Los ojos azules de Iglesias miraron, de hito en hito a Antonio que aguardaba, inquieto, la respuesta.

-Mal -dijo- Mal. Ya sabes que estas cosas siempre acaban mal y me temo lo peor.

Hizo una pausa.

-Yo me ratifiqué en la declaración que había hecho aquí, en Toral, en el Cuartel de la Guardia Civil: que no había tomado parte en ningún suceso acaecido en el pueblo. Es más, le dije al Juez que había intentado aplacar a los que intentaban romper la paz. Y ¿sabes que me dijo…? Que si era cierto que, para entorpecer maliciosamente las operaciones del ejército y facilitarle las cosas a los marxistas, que me había reunido, primero, en el Ayuntamiento y, más tarde, en plena calle, con el comité local de UGT y con otros comités de obreros y

que acordamos toda clase de medidas de resistencia desarmando a las personas de orden

-Ya. Para esta gente, las personas de orden son ellos.

Hizo una pausa mientras pasaba una mano por la cabeza entrecana.

-Dijo que yo había ordenado registrar los domicilios de esas personas de orden, deteniendo a algunas de ellas y lo que es peor, vejándolas con insultos.

-¿Eso te dijo…?.

-Sí. Eso me dijo y lo negué absolutamente todo. Y aún más., dijo que había proporcionado armas a elementos extremistas para que ayudasen a los obreros asturianos en Ponferrada.

– Le dirías, Pepe, que tú, como alcalde en funciones, trataste de apagar fuegos y no de avivarlos.

-Por supuesto, pero es que, además me acusó de aconsejar el robo del polvorín de Cosmos y requisar vehículos.

-Pero, -interrumpió Antonio- pero, si aquí en Toral son contados los vehículos que hay..

-Eso también se lo dije

-Y añadió que había ordenado requisar, también, comestibles para aprovisionar a los rebeldes.

-Tienen muy claro el concepto -apostilló Antonio del Valle con ironía- de quiénes son los rebeldes o, dicho de otra manera, quienes son los buenos y quienes somos los malos.

-También me dijeron que, cuando ya estaba cargada la camioneta de la cementera que conducía Blas San Miguel, nos enteramos de que había llegado a Villafranca el comandante Manso, con tropas, desde Lugo y ante el temor de que enviase una patrulla a Toral, que ordené guardar la camioneta en mi garaje con todos los víveres requisados y que estos, después fueron repartidos entre los rebeldes que se habían echado al monte.

Mientras hablaba, Carmen, la esposa de Antonio se había acercado a ellos.

-Hola, Pepe -saludó Carmen-

-Hola, Carmen, estaba explicándole a tu marido la declaración que hice ante el Juez militar, en Ponferrada.

-¿Por qué no entráis a casa…?.Os preparo un café y charláis más tranquilamente.

-Déjalo… Otro día, Carmen. Tengo muchas cosas que hacer

Miró a Antonio.

. También me acusó de dar vales a los fugitivos que se habían reunido en Penedelo.

-¿ Y…?.

-Le dije que no era verdad, pero el Juez tenía muy clara la acusación. Fíjate: le expliqué que mi nombre figura en varias listas de suscriptores patrióticos en la que figuro con una donación de veinticinco pesetas para la bandera de la Guardia Civil, dos monedas de oro y ropas para el ejército.

Bajó la cabeza, como si estuviese avergonzado

-A saber que habrá sido de esas monedas….

-Las funden para convertirlas en lingotes..

-Es posible.

-Mira, Pepe -dijo Carmen- también nosotros hemos contribuido con la Junta de Defensa Nacional, con varias alhajas: un reloj de bolsillo, una cadena, un reloj de pulsera, un dije, un sello que compramos en Argentina, un alfiler de corbata, un imperdible y un par de pendientes, todo en oro.

-Y el sargento nos dio un recibo justificativo.

– ¿Qué importa todo eso, Carmen…? -respondió José Iglesias- ¿Qué les importa eso…Nuestra suerte está echada…

– Pues hicimos esa donación al día siguiente del levantamiento militar, el diecinueve de Julio.

-Dirán que os estabais curando en salud. Esta gente sabe muy bien quienes son de derechas y quienes defendemos la legalidad de la República.

La tarde había comenzado a declinar y las primeras sombras alargaban los tejados de las casas . El sol de septiembre ya se había ocultado más allá del Pico Ferreira.

-Bueno… Tengo que dejaros. Ya hablaremos, si es que tenemos tiempo de hablar… Quizás a ti también te citen para declarar ante el Juez…

-Ya estoy citado.

-Diles la verdad, aunque la única verdad es su propia verdad.

Y se separó del matrimonio. Antonio, entonces, enlazó por el talle a su esposa y entraron al comercio.

CONTINUARA

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