IMÁGENES
Como de costumbre mi portátil se encuentra encendido. Mi nieto Max, al que desde chiquitín siempre le han fascinado las imágenes que yo le mostraba, permanece inmóvil y asombrado al contemplar una imagen en el ordenador. En ella, un niño, aparece de bruces sobre la arena de una playa, con el rostro apoyado sobre su mejilla derecha. Viste un niqui rojo, un pantalón azul, dejando una pierna al desnudo; su cuerpo, con los brazos estirados, yace inerte al antojo del vaivén de olas.
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-Abuelo, ¿por qué ese niño se ha dormido en la orilla de la playa? –dijo Max.
– No, Max. Ese niño no está dormido -–le digo, sin aparentar decepción. |
¿Cómo continuar la explicación? La imagen evidencia un fracaso más de la especie humana y nos retrotrae a los tiempos de las cavernas.
-Se trata del niño sirio Aylan Kurdi. Tenía tres años. No duerme, se ahogó intentando llegar a una playa turca –le explico a mi nieto con serenidad.
-¿Por qué, si era sirio, ha aparecido muerto en una playa turca? -continúa Max.
-Iba en una barcaza, junto a otros sirios, huyendo de la guerra en su país –le aclaro.
-Abuelo, si escapaban de la guerra, ¿a dónde se dirigían? –sigue insistiendo Max.
-Hoy día los medios informativos, sobre todo la televisión, muestran, a los habitantes de todas las naciones, la forma de vida de sus ciudadanos. Europa, quizás sea de los pocos lugares donde se favorecen los derechos sociales. Por ello, en casos como éste, Europa acoge esta diáspora de desfavorecidos –le continúo explicando.
Después de buscarla en mis archivos, la encuentro. Ninguna mejor que aquella que obtuvo un premio Pulitzer. La imagen de otra salvajada.
Me refiero a la de la niña Kim Phuc.
-Mira esta otra imagen, –le digo a Max reclamando su atención.
Max, que no conoce ni el motivo ni las circunstancias de la foto, pregunta asombrado:
-¿Por qué corren desnudos esos niños?
-La fotografía recoge el momento de la huida de cinco vietnamitas que acaban de recibir una bomba de napalm en su vivienda –le explico.
¿Y por qué la niña que va delante está desnuda? –replica él.
-Mira Max, las bombas destruyen todo lo que encuentran al estallar. Además esa, que tiraron momentos antes de hacer la foto, tiene efectos más dañinos. Al estallar suelta una sustancia que arde muy lentamente. Los cinco niños que ves en la foto sufrieron sus efectos. La niña, que se llama Kim Phuc, iba llorando y gritando, según asegura el fotógrafo que plasmó esa imagen: « ¡muy caliente, muy caliente!». El napalm se había impregnado en sus cuerpos.
-Abuelo, ¿por qué los niños siempre son los perdedores? –pregunta ingenuo Max.
-Tienes razón, ellos siempre son perdedores. Ahora bien, apréndete esto: todos los hombres, sin excepción, también lo son. Ninguna persona debe quitar la vida a otra. Y, mucho menos, perjudicar a los niños. Quienes son responsables de ello tienen que tener nuestro deprecio –razono.
-Entiendo, abuelo –me contesta Max con ojos tristes.
En primer plano, se puede ver a un vietnamita con mucho pelo, camisa a cuadros, manos y brazos recogidos a su espalda y el rostro desencajado. A su lado, otro vietnamita, con su rostro serio y expresión justiciera, sostiene una pistola apuntando, a una cuarta de distancia, a la sien derecha del vietnamita con camisa a cuadros y cuyos ojos expresan un miedo atroz. La instantánea, que inmortaliza la escena, está tomada a escasos micro segundos previos a que el hombre armado descerraje un tiro a su compatriota apresado.
Con rapidez busco otra, cuyo recuerdo me eriza, todavía hoy, los pelos.
-Max, voy a mostrarte una imagen de una niña que se hizo tristemente conocida en todo el mundo. Se llamaba Omayra Sánchez.
-¿También víctima de guerras entre hombres? –pregunta con tristeza Max.
–No. En esta ocasión ocurrió la erupción de un volcán –le preciso–, mientras continúo contándole cómo ocurrió la catástrofe:
-En esta ocasión nada de bombas, pero sí niños perjudicados –dice Max.
-Cierto, Max. Aquí no hubo bombas. Hay veces en las que la Tierra reordena sus tripas y, como son grandes sus movimientos internos, provocan que las montañas se abran y los ríos y lagos se desborden. El agua inunda los pueblos y el ser humano no es capaz de detenerla. Estos acontecimientos suceden con la lógica de la Naturaleza –le contesto.
-Entonces, abu, los seres humanos no siempre son culpables de las muertes de niños, ¿verdad? –argumenta Max.
-En efecto, Max. No siempre. Esta imagen descubre la impotencia del ser humano frente a sucesos naturales. Pero, Omayra, transmite valores humanos que se difundieron a todo el orbe. La imagen que transmite Omayra, con su abundante pelo negro acaracolado y el agua hasta la barbilla, es sobrecogedora. Su mirada fija hacia la cámara, con sus poderosos ojos negros, enternece y, al mismo tiempo, sobrecoge aún hoy, a quien la contempla. Como una Crónica de una muerte anunciada, Omayra también anuncia, con esas manos blancas por falta de riego y reblandecidas por su permanencia continuada en su trampa mortal, la certeza de su fallecimiento, que asume con espíritu, más que estoico, propio del inmortal Gandhi –intento explicarle, mostrándole las diferencias con las anteriores imágenes.
-¿Aprecias diferencias entre las tragedias que provocan los hombres y aquellas que todos tenemos que soportar cuando suceden por causas naturales, Max?
-Sí, abuelo. Me queda claro. Comprendo que a veces los hombres, con sus guerras, son más destructivos que la misma Naturaleza.
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Ante todo enhorabuena por ese nieto de «» tesoro»» llamado Max y segundo que poco hemos aprendido con los años.Y se siguen cometiendo «» barbaridades»» y los niños siguen viviendo en sus propias «» carnes» la salvajadas de las guerras.
Cierto que todos somos perdedores. Pero los niños siempre serán unos auténticos inocentes.