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MEMORIA DE TORAL
RAÚL LOPEZ, EL FUNERARIO
En alguna ocasión, intenté una relación de personajes -muy bien estructurados, por cierto- de las novelas de José Mallorquí, el autor de EL COYOTE y para eso tuve que releerlas. Son tan apasionantes y hay tantos personajes que no logré llevar a cabo el intento. Creo que la colección completa -yo tengo dos- son noventa y tantas novelas
Allí están don César de Echague con su doble personalidad de ranchero irónico y, a la vez, bandolero enmascarado que, como don Quijote, “deshacía entuertos” y marcaba a los “malos” con un tiro certero que les llevaba el lóbulo de la oreja o su hijo César o Guadalupe, su segunda esposa y un montón más de personajes cuya nómina se acerca a los diez mil. Es casi interminable.
Recuerdo que, por aquella época -años cincuenta- EL COYOTE aparecía, también, en cuadernillos quincenales y Emilio y Amador, los hermanos de Carmenchu, los dibujaban, en papel blanco de Cosmos, a la perfección. También recuerdo que a la sombra de EL COYOTE, apareció otra serie sin éxito, titulado EL LOBO CANTOR.
Yo me aficioné a las novelas del Oeste y, más concretamente a EL COYOTE, gracias a Raúl López, el funerario que, un buen día, de un mes de Agosto abrió su tienda de muebles y Funeraria en Toral, frente a CASA AMERICA,.
Mi madre nos despertó de un sueño pesado, casi al atardecer de aquel día, diciéndonos: “¡Arriba, perezosos…¡. Venid a ver la nueva pastelería que han abierto”. Y no era pastelería, era una funeraria.
Raúl, en su mesa de despacho, en los cajones de su mesa de despacho guardaba las novelas que leía en su tiempo de ocio que era mucho y, cuando me pedía que vigilase su negocio, yo me sentaba ante la mesa, buscaba una novela y, materialmente, la devoraba. No eran, únicamente, las de José Mallorquí, sino también las de cualquier autor español que se ocultaba bajo un seudónimo: Silver Kane, que era Francisco González Ledesma, que, más tarde, ganaría el PLANETA o Clark Carrados, o sea, Luís García Lecha o Donald Curtis o Ralph Barby o M.L.Estefanía -Marcial Lafuente Estefanía- al que, sin embargo, nosotros creíamos una mujer ya que las letras M.L. creíamos que pertenecían a María Luisa..
Yo, a veces, subía a la segunda terraza de mi casa y allí, tranquilamente, buscaba la sombra y leía compulsivamente, mirando, a veces, las piernas de alguna moza de las que mi madre contrataba -.sin soldada- para aprender a coser las rebecas de lana que hacía y que, también, a veces, ellas, a su vez, leían novelas de Corín Tellado y, cuando sentían que alguien subía a la terraza -las escaleras crujían- guardaban entre las tetas las novelas y seguían cosiendo, mientras me decían. “¿Chistttt, Toñito, no digas nada…¡” Y yo no decía nada.
Un día, dos o tres años después, Raúl puso candado a su establecimiento y se dedicó a encofrador, que era su oficio y, como encofrador, trabajó en el túnel de Villafranca y, otro día -tal vez un Jefe de Tren o un factor, no sé- dio la noticia que Raúl había muerto en El Barco y que si alguien quería ir al entierro, se podía alquilar un autobús e iban porque Raúl era una bellísima persona, amigo de todos y siempre dispuesto a echar una mano en cualquier trabajo.
Y, al Barco fue un autobús lleno de toralenses, deseosos de honrar a Raúl. Llegaron a la villa y preguntaron en dónde habían instalado la capilla ardiente de Raúl López y ante el estupor de los vecinos, Raúl no había muerto y apareció ante sus estupefactos amigos para desmentir su muerte. (Exactamente igual le ocurrió a Bertín Osborne de quien se dijo que había muerto en Miami).
Aquello o fue la broma genial de Raúl o del Jefe de Tren, su amigo. Nunca se sabrá.
Nadie ha vuelto a saber de Raúl López, más conocido por “Fúnebre” que, tal vez ahora, sí, descanse en paz y al que yo recuerdo con nostalgia porque me enseñó a respetar una literatura tan sencilla como la de las Novelas del Oeste.
Categorías:Toni


















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