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LA MISA DE DOCE EN TIEMPOS DE DON FRANCISCO

toni- cabalgamos

MEMORIA DE TORAL

LA MISA DE DOCE EN TIEMPOS DE DON FRANCISCO 

Franciscode [Resolucion de Escritorio]francisco (2)

Ha sido siempre tradicional, hasta hace muy poco tiempo, que, en los pueblos, se celebrase la Misa Mayor de los domingos a las doce de la mañana . No recuerdo bien si en Toral, la Misa Mayor de los domingos se celebraba a las doce , a las once y media o a las once. Tampoco importa mucho para esta historia.

A la matutina -la del amanecer- o sea, la de las ocho -o nueve de la mañana- asistían las mamás y los papás de que tenían alguna obligación dominical y les impedía asistir a Misa Mayor. Era una Misa digamos más de andar por casa.

A la Misa Mayor acudían -o tenían que acudir- las mujeres con un velo oscuro que les cubría la cabeza y parte del rostro, un devocionario que no abrían nunca y medias -era obligatorio el uso de medias en las piernas- y vestido de manga larga. La obligatoriedad de la manga larga estuvo vigente durante mucho tiempo, tanto es así que durante la época del cura Benavides -don Julio- yo escuché cómo le decía a una jovencita que llevaba manga corta que, a cuánto vendía la carne. Y yo mismo sufrí esa prohibición el día que se inauguró la Iglesia. Me dijeron otros monaguillos que don Francisco no quería que fuésemos en mangas de camisa, -remangados- y tuve volví a casa para colocarme un jersey. Mientras fui y regresé, mis compañeros vistieron la sotana roja y la sobrepelliz blanca de los monaguillos que todos queríamos usar. coche remacha [Resolucion de Escritorio]

Precisamente los monaguillos queríamos ser, siempre, protagonistas de la Misa Mayor de los Domingos ya que te daba un cierto prestigio social.

-Mira que bien peinado va Toñito, el de América -decían- con la onda en el pelo que le hace su tía.

Y era cierto. Iba muy bien peinado, a raya y con la onda del pelo marcada que me costó mucho trabajo eliminar.

Las mujeres -sigo hablando de las mujeres- en la Iglesia vieja, se colocaban a la izquierda, según se entraba, en sus reclinatorios, que eran

una especie de sillas bajas en las que podían arrodillarse, pero, no, sentarse. Mientras que los hombres se colocaban a la derecha en bancos con respaldo.

Al entrar era obligatorio “tomar el agua” es decir, meter los dedos en la pileta del agua bendita, santiguarse y ofrecérsela a quien venía contigo mientras se decía. “Por esta agua bendita que tomo en mis manos, sean perdonados mis delitos y pecados”, cosa que, a mí -al menos a mí- me intrigaba porque tener delitos estaba penado. Los pecados, importaban menos ya que un pecado venial se solventaba con un acto de perfecta contrición que te obligaba moralmente a no volver a pecar, aunque , después, pecases.

Los pecados más importantes los perdonaba don Serafín que era, más bien suave en las penitencias: “Reza un padrenuestro y un avemaría . No vuelvas a pecar y vete en paz”.

La Misa Mayor, -la de doce- no comenzaba nunca –o no podía comenzar- sin la presencia de don Mariano Remacha que acudía a su cita dominical puntualmente y siempre dejaba en la bandeja que los monaguillos pasaban entre la feligresía, un billete de cien pesetas.

Don Francisco aguardaba en la sacristía sin colocarse la casulla hasta que el monaguillo de turno regresaba de la calle en donde estaba, ojo avizor, aguardando la polvareda del Opel Rekord Kapitán de don Mariano que anunciaba la salida desde Cosmos . En ese momento don Francisco se revestía la última prenda y, momentos después, coincidiendo con la entrada del director de la cementera en la Iglesia, salíamos en procesión de la sacristía.

Al concluir la misa, apagábamos las velas del altar y don Francisco, con su letra pequeñita anotaba en una libreta la propina que daba a los monaguillos -cincuenta céntimos o sea menos de un céntimo de euro-que habían acompañado en la Misa. Eso era el sueldo que ganábamos por recitar malamente unos latines también malamente aprendidos.

Y, después, la catequesis: los niños, en sus bancos, modositos y las niñas, en los suyos -siempre separados, supongo que para evitar tentaciones- y

escuchábamos alguna explicación del catecismo del Padre Adstete -de quien solían decirse: “El Padre Astete, al retrete” . Al finalizar la catequesis llegaba uno de los momentos importantes del domingo: preguntar a don Francisco si la película de la tarde era “buena” o era “mala”, entendiendo los adjetivos “bueno” o “malo” por si podía ser vista por los niños o no era apta para niños.

Si no recuerdo mal, las películas estaban calificadas por números y letras.: 3R era gravemente peligrosa; 3 Jóvenes con reparos; 2 jóvenes y 1 apta para todos los públicos. Eso era lo que decía la censura y a lo que se atenía el cura, a quien, recuerdo ahora, había que besar la mano si lo veías por la calle.

Don Francisco, para darnos la información sobre las películas acudía a un libro editado por la Censura Religiosa del momentos. Buscaba el título de la película y nos informaba.

Al día siguiente, el lunes, en la escuela, don Paco, al pasar lista, ya sabía quién no había ido a Misa, pero, sí, al cine y, no porque don Rogelio le hubiese permitido la entrada sino porque, en un descuido escalaba el muro de la pista y entraba en la sala.

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