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Don Quijote y la cordura

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fer2013Fernando Fernández Sánchez, nuestro esporádico colaborar nos envía un texto para unirse a las conmemoraciones del 400 Aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes. Y, claro, ha tenido que ser proponiendo un relato imitando al lenguaje que se habla en la novela de don Quijote. Se le ha ocurrido una ficción, y como tal debería tomarse, alejada de toda significación política. Está escrito en tono de humor y no pretende molestar ni ofender a nadie.

Lo ha escrito como ejercicio dentro de las tareas que desarrollan en el Taller de Escritura al que asiste en Ponferrada. En él, aparecen dos políticos –que en el relato pueden identificarse con Rajoy y con Pedro Sánchez-, pero que son sobradamente conocidos de todos. Por ello, sobre ambos va la historia con una pizca de ironía y sentido caballeresco, como haría y pensaría don Quijote.

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Don Quijote y la cordura

Está siendo tan intenso en evocaciones este IV Centenario de la muerte de Cervantes, que su influencia mediática ha podido rescatar la pluma de Cide Hamete Benengeli, cuando él mismo narraba -en las líneas finales de la inmortal obra de don Quijote- que quedaba colgada por los siglos de los siglos. Y si no, ¿cómo se explica su vuelta al actual escenario político español?

En un lugar de Europa, cuyo nombre muchos de sus habitantes prefieren ni nombrar, vivían unos hombrecillos de dedos largos, deshonestamente larguísimos, gomina evanescente, estilográficas Mont Blanc y amistades inalcanzables para el resto de sus conciudadanos. Muchos infartos por las ollas de viandas exquisitas, casinos las más noches, alegrías y festejos los fines de semana, agotaban los períodos de sesiones de cada legislatura.

Concluida la aventura de Puerto Lápice, donde el gallardo vizcaíno y el valiente manchego -por ende español don Quijote de la Mancha-, descargaron sobre sus cuerpos sus espadas, caballero y escudero, hubieron de reponerse para continuar sus pasos, ya repuestos, hacia la capital del Reino, Madrid. Don Quijote y su fiel escudero Sancho habían trocado sus calzas de velludo y pantuflos de lo mesmo, por pantalones vaqueros, parkas ligeras y calzado deportivo, que eran prendas mucho más prácticas para las andanzas capitalinas.

-Sábete, ¡oh Sancho, amigo!, que vengo a oír, por doquier, grandes cuitas por falta de consenso político, mas yo, como cristiano viejo, aquí estoy para enderezar tuertos y desfacer los agravios con que se burlan unos de otros.

-Sosiéguese vuestra merced, que esas que llama fisgas, señor mío, no son sino lindezas consentidas por todos.

Cerca de la Carrera de San Jerónimo, nuestro caballero manchego vio detenerse un coche negro de donde salió un hombre de barba canosa, anteojos irrompibles y gabán azulón con un maletín negro asido por su mano derecha. Su perfil severo denotaba contrariedad. Frente por frente se topó con nuestro hidalgo.

-¡Alonso Quijano!, ¿cómo tú por acá? –inquirió el hombre con rostro cansado-

-Don Quijote de la Mancha –se adelantó Sancho a su señor-, pues bien sabía éste, que su amo, después de ocho días, consiguió apodarse don Quijote, nombre más de su gusto.

-En verdad que tu figura paréceme familiar –apuntó don Quijote, quien continuó: -Sorpréndeme mi extendida fama; pero desconozco vuestra identidad y las razones que le traen a este hermoso castillo flanqueado por dos enormes leones-

-Todos me conocen por Mariano Maricomplejines, y mi atribulada figura la origina el denostado acuerdo que deberíamos conseguir para sacar España adelante –dijo el interlocutor barbudo-

-Me he estado documentando entre los múltiples libros de «Politiquerías y Bellaquerías» que tengo en mi hacienda de La Mancha. He podido oír estos días que el número de seguidores que acá sois, no alcanza para la formación del gobierno. –dijo don Quijote-, para añadir después: -Ahora bien, tal infortunio, Dios lo remediará. Has de saber, estimado Mariano, que la mayoría tiene razón cuando es, al mismo tiempo, la parte mejor y la más sana, pues en caso contrario, aunque sea mayoría, no tiene razón. Así pues, nada deso es encantamiento. Es pura realidad. Afloja tus terquedades y practica bien tu oficio, que con inteligencia y sin complejos lograrás las máximas venturas para nuestra España-.

Alejábase, Mariano, cariacontecido por las últimas palabras de nuestro caballero manchego, cuando Sancho, serio y cerca siempre de su señor, apuntó:

-Está bien todo cuanto vuestra merced ha explicado a Mariano, pero por ahí viene con una sonrisa forzada, a quien llaman las malas lenguas el menesteroso de la Moncloa, al que intuyo, mi señor, también dará cabales consejos.

-Has de saber, amigo Sancho, que el cielo me puso donde nací para dar parecer a mis semejantes –presumió don Quijote. Si, además, están al acecho los descontentos con la patria de todos los españoles, váleme el cielo que mientras mis fuerzas no flaqueen, gastaré todo el tiempo que fuere menester para lograr el consenso.

En esos momentos cruzaba la verja metálica del Congreso un sonriente ficticio, quien de inmediato reconoció a nuestro hidalgo.

-¿Qué razón os traído hasta aquí, valeroso don Quijote? –preguntó el espigado hombre.

-La razón no es sino la sinrazón de todos los que, dentro de este soberbio castillo, os holgáis de continuo –sentenció don Quijote.

Al punto, Pedro Menesteroso, como era conocido por los medios de comunicación, trocó su semblante falsamente risueño por un rictus de tribulación, y farfulló:

-Quienquiera que os apuntara semejante felonía, más le valiera que leyese vuestras andanzas y cabalgadas por tierras manchegas para reconocer que muchos holgan, sí, pero otros contribuyen a la solidaridad entre sus gentes. Hogaño, con mayor eficacia que antaño.

-Estimado caballero, no es menester que tus seguidores se crean con superioridad moral frente a vuestros rivales políticos. No, porque, ¿quién no desea el bien para toda la humanidad? No sois vosotros el único modelo. Decía Rodrigo Díaz, el Cid, ¡Dios qué buen vasallo si oviera buen señor! Si todos los señores fuesen buenos… Evitad comer la sopa boba. Algunos sois bienintencionados, pero no basta. Tenéis que procurar no llevar albarde sobre albarda. Acaso ¿te crees muy diferente a tu compañero de fatigas Maricomplejines? Hete dicho esto porque el solar patrio es de todos. Todos lo trabajan y todos lo sufren, por tanto, ¿acaso no crees que la ciudadanía os alabaría, en caso de concordar con razones propias de líderes y no conseguir rupturas por sinrazones indebidas? –dijo don Quijote-

Estas palabras pronunciadas por su amo, pareciéronle a Sancho perlas brillantísimas, dignas de su amada Aldonza Lorenzo, conocida como Dulcinea. Marchaba hacia las dependencias del magnífico castillo nuestro Pedro Menesteroso, cuando, Sancho, con lágrimas bordeando sus ojos, dijo:

-Sus palabras señor, entomecen las pretensiones vanas de los dos hombrecillos. ¡Dios quiera que las aprovechen!

Para no interrumpir la hilera de caballeros trajeados que, por momentos, se trocaba más numerosa, nuestro hidalgo y su fiel escudero enfilaron calle abajo hasta dar con la conocida plaza de Neptuno. Desde allí retornarían, como siempre caminando por las rutas, hasta alcanzar tierras manchegas.

Cuenta Cide Hamete Benengeli que esta salida de don Quijote y Sancho trajeron gran contento a todos. Los dos hombrecillos de esta historia tuvieron voluntad y máximo cuidado para reconocer errores pasados confluyendo en el deseo de pensar no en ellos, sino, al contrario, en sus ciudadanos. España, a partir de entonces, tuvo años de alegrías y, sobre todo, ausencias de las sinrazones, que habían estado lastrando a sus ciudadanos los últimos decenios. Ya no tuvo tan claro, Cide Hamete, si impedir a su pluma describir nuevas acciones de don Quijote, o cerrarla bajo ocho candados para que los asuntos políticos se resolviesen, únicamente, leyendo la historia que, aquí, se ha descrito.

Fernando Fernández Sánchez

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