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MEMORIA DE TORAL
“BEBÉ”, EL DE RADA (I)
Si yo hubiera titulado este capítulo de MEMORIA DE TORAL , “FERNANDO, EL HIJO DE JACINTO PEREZ”, quizá mis lectores –si es que los tengo- no reconocerían, bajo el nombre de Fernando, al hijo de Jacinto “Rada”. Bien sabido es, que Jacinto no se apellidaba Rada, sino Pérez, así que he decidido titular el artículo como ustedes han leído: “BEBE”, EL DE “RADA”. 
Fernando, cuando era adolescente, tenía el pelo del color de la zanahoria y siempre fue conocido por “Bebé”. (Años más tarde -muchos años más tarde- leí una novela de Jules Renard titulada POIL DE CAROTTE -PELO DE ZANAHORIA- y recordé a “Bebé”, pero “Bebé” ya había emigrado a Brasil, en donde reside y de donde regresa casi todos los años para visitar a su familia)
La última vez que estuve con Fernando en Toral, olvidé preguntarle por Merceditas, su mujer, – que es de Cacabelos- pero no se me olvidó recordar, juntos, un par de anécdotas que él tampoco había olvidado .
-Siento no estar más tiempo contigo -me dijo- para hablarte de aquel Toral de ayer que estás intentando recordar en una serie de apuntes . Gracias a ellos no se está perdiendo la memoria del pueblo” .
-Eso, al menos, intento. –respondí- .
Yo no sé a qué escuela asistía “Bebé”: a la de don Raúl, en el Teso o la de don Paco, en el Ferradal. Tal vez a la de don Raúl porque no lo recuerdo en la de don Paco, -con Gelo Castillo, Jaime, el de Epifanio, Luis Butrón o Chucho Castaño, entre otros- aunque tampoco importa mucho a la historia que voy a contar. Lo que sí recuerdo es que, una tarde, -quizás una tarde del mes de Abril de mil novecientos cuarenta y nueve o mil novecientos cincuenta- coincidí con “Bebé” en la casa del “Americano”, que es la casa en la que vive Oliva, la madre de Silvanín.
Por aquellos entonces aquella casa estaba sin dividir . Era una planchada, sin más y, en el centro , un hueco cuadrangular que daba a un sótano en el que, habitualmente, había agua. Muy poca agua, pero agua, al fin y al cabo.
Aquella tarde aguardábamos a que llegase Sindo Abelaira para que nos enseñase un latín dificultoso que nos autorizaría a ayudar a Misa. (Sindo decía que el latín era un idioma que se escribía de una manera y se pronunciaba de otra y explicaba. como ejemplo, que la palabra “juventutem” se escribía con “jota” pero esa “jota” se leía como “y griega” y así lo veíamos en aquel cartón al que llamábamos, no sé por qué, “catón”. Y nos hacía aprender de memoria la frase de inicio de la Misa: “Ad Deum qui laetificat juventutem meam”.
Tuvo que pasar mucho tiempo antes de conocer el significado de la frase que, ni siquiera Sindo conocía. O sea, éramos loros que repetían y repetíamos las frases hasta aprenderlas de memoria. (De aquellos latines nos gustaba, sobre todo lo que se decía en los bautismos: “Abrenuntias Satana?”, a cuya pregunta respondíamos con voz engolada: “Abrenuntio”).
Aquella tarde de primavera, el grupo de monaguillos -Ángel Yáñez, José Luis García “Piruli” y alguno más- aguardábamos a Sindo, nuestro profesor, -hermano de Gustavo- cuando aparecieron por allí “Bebé”, el de Rada y Blas, hijo de Losada, el carpintero, que se retaban a un duelo a espada -de madera- como había hecho Errol Flynn y Basil Rathbone en ROBIN DE LOS BOSQUES, la película que el domingo anterior habíamos visto en el teatro BENAMOR de don Rogelio. Y comenzaron a cruzar las espadas. Muy pronto Blas, más hábil, arrinconó a “Bebé” al borde del agujero. Dio, éste, un paso en falso y cayó al sótano con un grito de sorpresa. Nosotros contemplábamos la escena sin saber qué hacer ni qué decir. Blas, tiró su espada al agua, displicentemente, donde estaba “Bebé” y se fue tranquilamente a la carpintería de su padre situada, justamente, al lado de la casa del “Americano”
CONTINUARA
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