Cerezales

LA LLAMA DE LA ESPERANZA

fernando ce

 

guerra_cantabra (Libro primero) LAS MURALLAS DE BÉRGIDA

LA LLAMA DE LA ESPERANZA

El legado  Publio Carisio  estaba fuera de sí, no dejaba de golpear a todo esclavo o sirviente que osara cruzarse en su camino; 700 hombres, la mitad de ellos la flor y nata de las legiones, habían caído a los pies de unos desahuciados.

Caía ya la tarde sobre el campamento romano, y estos lamian sus yagas como lobos heridos. Sin duda, esta afrenta seria lavada con creces.

En la tienda de Carisio se reunió el alto mando, Roma no debía enterarse del desastre y por ello tenían que actuar rápido y contundentemente.

– Infravaloré a Corocota… o a  lo mejor es que no le entiendo, primero consigue unir a todas las tribus astures y cántabras logrando el mayor ejército visto en Hispania, después, comete el error de dividirlo en tres partes para atacar simultáneamente nuestros campamentos de Petavonium, Lancia y Astúrica Augusta, perdiendo dos tercios de sus huestes en tan insensata maniobra, y ahora, con un grupo de esqueléticos guerreros, me devuelve los despojos  de mis más laureadas cohortes –el legado de Octavio clavo su daga violentamente en el lugar del mapa donde figuraba el último reducto astur, y añadió-¡voy a acabar con este juego de una vez y para siempre, quiero un ataque total!.

-Mañana al amanecer estarán las tropas preparadas, mi señor.

Contestó golpeándose el pecho Aelio Flavio, tribuno de los decuriones de caballería.

Carisio se encaminó lentamente hacia la puerta, sus oficiales le abrían paso respetuosamente, en el umbral se detuvo y, mientras miraba fijamente a lo alto del monte, dijo:

-Mañana al amanecer…ya deberán ser nuestros…sus vidas, su montaña y su oro.

Arriba, en el Medulio, los astures vivían su pequeño momento de gloria, todas las tribus bailaban alrededor de las hogueras, alimentadas por los estandartes y enseñas del enemigo. Vadur y sus hombres fueron acercándose a la palloza del consejo, entre vítores de su gente; Tilego, un joven susarro de quince años de ojos avispados, corrió hacia él. Para llamar su atención agitó la tea que portaba:

-Te están esperando – dijo escuetamente.

El jefe bolgio descansó el brazo sobre los hombros del muchacho, al mismo tiempo, fue despojándose de sus armas y entregándoselas  a su inseparable Garabuyo mientras caminaba hacia la puerta.

Se adentró  en la edificación con gruesas paredes de piedra, totalmente circular y sin ventanas, su  techo cónico era de gran altura, forrado con genista, brezo y  paja de heno, hábilmente trenzados a un armazón de madera de fresno.

El olor a humo hacía denso el ambiente. Vadur no pudo calcular con exactitud cuántas personas se encontraban allí, pues la penumbra lo envolvía todo, algunas caras iluminadas por la temblorosa luz del fuego le eran conocidas. A su derecha estaba Corocota, apoyado en la pared, con una sonrisa cínica mirándole fijamente. Sabía que estaría allí, pues sus inconfundibles armas colgaban de un roble en el exterior. Alrededor de la lumbre, se encontraba reunido el matriarcado.

Las ancianas, que hasta ese momento habían tomado decisiones en sus respectivas tribus sobre cosechas, bodas o pleitos entre clanes, intentaban encontrar el camino para la supervivencia de toda su raza.

Requia era la más respetada de todas, y fue la que tomo la palabra:

-Salud Vadur, acércate al fuego y prueba este pan de harina de bellotas, está caliente…lo he cocido especialmente en tu honor.     

El guerrero aceptó sin vacilar, pues el frío fuera empezaba a ser intenso.

-Hemos discutido durante largo tiempo…-Requia detuvo sus palabras para respirar profundamente.-Tu actitud de hoy ha sembrado grandes dudas en nuestros corazones; por una parte, no has seguido a nuestro jefe de guerra, elegido en el castro Bérgida  por aclamación de todas las tribus allí reunidas a nuestra llamada, por la otra , con tu pericia en el campo de batalla, nos has dado la victoria más importante en esta larga contienda con Roma.

La anciana acercó su cara a la luz del fuego para que se reflejara la gravedad de la decisión tomada.

-Ambos extremos han precipitado los acontecimientos –continuó- necesitamos un solo líder, las tribus del sur no te seguirán a ti, Corocota no es tan astuto como tú, pero a sus hombres no les gusta tu forma de luchar.

Vadur se levantó, evidentemente no había encajado bien las críticas, Requia levanto el bastón antes de que este protestara, instándole con gesto grave a que tomara asiento.

Hemos descifrado el vaticinio de Égiro el ciego, te vamos a encomendar una misión, eres la persona que reúne todas las cualidades para ello.

El bolgio sabía que detrás de aquellos rodeos verbales se escondía el destierro, pero a juzgar por la ternura de sus miradas, el encargo que le esperaba parecía ser más abrumador.

-Has nacido bajo el signo del avellano, heredando el valor y sabiduría de tus antepasados; tu padre, Cegio, combatió sin tregua para defender las tierras que ahora ocupáis los bolgios, tu  madre Belua, impartió justicia con ecuanimidad en Bérgida, ellos crearon una estirpe, a la que tú ahora, tienes que honrar.- La anciana se irguió, caminó hacia el guerrero posándole la mano en el hombro sentenció: -Partirás a media noche, llevarás a todos los niños menores de quince estaciones de siega y no menos de cinco, a  cuarenta hombres de escolta, por supuesto solteros y sanos, e iras hacia las tierras altas del norte, allí donde moran los ártabros, a su jefe, Moula, le entregarás este colgante, que a su vez dará a su esposa Docia; es el dios Bodo  representado por una cabra de oro, símbolo del  guardián de la familia y el futuro.

Vadur se puso en pie lentamente, y mientras asía el preciado collar, descubrió lágrimas en la rugosa faz de Requia. Ella lo había llevado durante veinte largos años, quien lo portaba solo podía cederlo en su lecho de muerte, y en eso temían las matriarcas que se iba a convertir el Medulio para la raza astur, a tenor de la decisión tomada.

-Vete ya bolgio, deja a nuestros herederos a buen recaudo, ocúpate de que no les falte de nada hasta su mayoría de edad, en la que retornarán a sus castros de origen, cuéntales lo que aquí ha pasado para que no lo olviden mientras vivan… ni sus hijos, ni sus nietos, haz que perviva en ellos la llama de la esperanza, y vive Vadur, vive, que tus ojos  vean la sangre romana que lavará esta afrenta…

Curtido en mil batallas, sentía ahora como le flaqueaban las piernas ante tamaña empresa. El silencio se hizo espeso en el interior de la palloza, todos tenían la cara hundida entre las manos y lloraban amargamente.

Corocota fue el primero en salir, maldiciendo a gritos al enemigo y a sus dioses, asió su hacha y comenzó a mutilar a un oficial romano prisionero con inusitada ferocidad. El desdichado, aun sin brazos ni piernas, dejaba oír sus lamentos  en todo el poblado astur.

La extrema palidez de Vadur alertó a Garabuyo sobre la importancia de las órdenes que iba a recibir; caminó a su lado sin atreverse ni siquiera a mirarle, se limitó a devolverle las armas y a soplar  tres veces en su retorcido y enorme cuerno de buey, sonido al que todo bolgio acudiría reuniéndose  bajo el gran roble; nunca había visto así a su jefe, y eso le preocupaba, pero aun así le seguiría hasta el mismísimo infierno… solo tenía que pedírselo.

Cuando llegaron al claro del bosque, la gran mayoría de los guerreros de Vadur ya se encontraban allí esperándole, intuían ya malas noticias a juzgar por su actitud ruidosa.

A la llamada de guerra del pueblo astur trasmontano, habían acudido todas las tribus asentadas en los valles y cordilleras circundantes a su montaña sagrada: guigurros, los más cercanos al Medulio y encargados de fundir el oro que afloraba por los arroyos de sus laderas, solo permitido su uso para hacer imágenes e ídolos de sus dioses; zoelas, conocidos por sus telas de lino de gran calidad y belleza; susarros del castro Pameobrego , poseedores de las mejores manadas de caballos de raza astur: thieldones, asturcones y disex, Lougeos, expertos herreros de la zona del castro Uttaris, argaelos del castro Queledo, bolgios del castro Bérgida, además de tiburos, pesicos, selinos, amacos, superatios, orniacos y bedunios, cultivadores todos de centeno, mijo y habas, que  poblaban las zonas más bajas y cultivables; estaban todos menos los ártabros, tribu nómada que vivía del pillaje y saqueo de todas las demás y por tanto odiada y perseguida por todos.

-¡Hombres de Bérgida y Queledo! –Grito Vadur desde lo alto de un tocón de un árbol- ¡No hay tiempo para explicaciones ni debates, cuarenta de vosotros seréis elegidos para romper el cerco y llevar a un lugar seguro a los niños!; pero antes…quisiera saber si hay voluntarios.

Nadie hizo ningún ademán de adelantarse, para ellos sería el mayor de los honores morir allí, luchando de día, que salir por la puerta de atrás  de noche, y encima hacer de niñeras. Pero esa actitud ya se la esperaba su jefe, solo Garabuyo permaneció a su lado.

-Está bien, lo haré yo mismo aunque no sea de mi agrado.   

Se introdujo en el grupo, y fue señalando a cuatro jefes de clan, que a su vez eligieron a nueve de sus hombres. La despedida del resto fue silenciosa pero emotiva, algunos de los que se iban, dejaban  hermanos a una muerte segura, pero nadie protestó.

Apenas media hora después, condujeron a los niños hasta allí, muchos de ellos todavía llorando por verse lejos de sus padres; portaban pequeños sacos con cecina, tortas de harina de bellota, un puñado de avellanas y algo de ropa de abrigo, así como tablillas con los símbolos de sus tribus y clanes respectivos.

Los instalaron de dos en dos, metidos en las alforjas de todos los asturcones disponibles, atando sendos escudos a cada lado del animal; los elegidos de escolta se borraron las pinturas de guerra y se tiznaron de hollín.

Estaba ya bien entrada la noche cuando los astures ultimaban los preparativos para la evacuación de los niños; de pronto, la oscuridad se hizo luz, el cielo se inundó de enormes bolas de fuego, cayendo por doquier en la superficie del Medulio… las numerosas catapultas romanas  vomitaban destrucción sin piedad e indiscriminadamente.

Vadur ordenó empapar con agua las alforjas y salir a galope de allí; la orden no se hizo esperar y la comitiva salió del claro del bosque a galope tendido hacia el oeste, mientras el resto de los guerreros, Corocota al frente, salían por el norte en un ataque totalmente suicida para distraer a los romanos. El choque de fuerzas que se produjo fue tremendamente violento, después del sordo ruido, los gritos de furia dolor e ira se mezclaban con el metal y el crujir de huesos. El caudillo astur, con cada mandoble, esparcía los miembros y vísceras de los invasores a varios metros de distancia, quebraba escudos y corazas con el  ímpetu de un ariete, pero semejante ritmo de combate no lo podría mantener mucho tiempo, sus compañeros estaban cayendo ante los no menos enardecidos romanos. La batalla se recrudeció más a medida que transcurría la noche.   El espectáculo era apocalíptico, todas las pallozas estaban envueltas  en llamas, y con ellas sus moradores, otros, pasaban a cuchillo a su propia familia, lanzándose después gritando el nombre de su clan, entre las lanzas del enemigo, quedando ensartados hasta la empuñadura, pero a una distancia suficiente de los romanos como para que pudieran ver el odio y la rabia reflejada en sus ojos.

El valor y heroísmo astur alcanzaron su cenit en algunos guerreros, que con el cuerpo en llamas, se abalanzaban sobre los atacantes causándoles sensibles bajas.

Los ancianos, lo suficientemente decrépitos como para no soportar el peso de una espada, y algunas madres con sus hijos más pequeños, se hacinaban en la palloza del consejo.

Requia y Égiro distribuían infusiones de raíz de tejo, mezclada con miel para endulzar su mortal veneno, despidiéndose uno a uno con temblorosas caricias e intentando atenuar sus llantos.

Una joven argaela, ante la incapacidad de conseguir que su pequeña tomara el brebaje, la abrazó amorosamente contra su pecho, meciéndola en su regazo mientras le tapaba la boca y la nariz, con voz entrecortada, brotaba de sus labios  una antigua canción de cuna. Con los ojos anegados de lágrimas, aguardó a que dejara de debatirse, la depositó suavemente en el suelo, y después de arroparla con su chal de lino, asió una lanza colgada de la pared y se lanzó al exterior gritando estridentemente y con los ojos en blanco. Avanzó apenas unos metros, pues un fornido bretón, con un limpio hachazo le separó la cabeza del cuerpo, que, con la inercia aun continuó su carrera hasta desplomarse entre una nube de polvo y chorros de sangre.

No cabía  piedad, la lucha era ya total y sin cuartel, las órdenes de unos eran el aniquilamiento, las de otros, no dar un paso atrás, el Medulio se convirtió en una carnicería, el olor a carne quemada lo inundaba todo. Los defensores estaban siendo aplastados por una enfurecida máquina de guerra que eran las legiones romanas.

El grupo de Corocota combatía en una relación de treinta contra uno, pero su hacha no dejo de abatir enemigos hasta bien entrada el alba, momento en que un grupo de arqueros nubios le acribillaron con flechas, haciéndole caer desvanecido y exhausto. El resto de los mercenarios daban una muerte lenta y dolorosa a los pocos supervivientes, rabiosos por el poco botín cobrado, ante las risas y burlas de los legionarios.

Publio Carisio, llego hasta las ruinas del poblado astur; desde su cuadriga observaba impasible el  resultado del trabajo de sus hombres, las llamas se reflejaban en su bruñida coraza y en el casco de largo penacho negro.

-¡Arrasad todo, talad los árboles, quemad los cadáveres, no dejéis piedra sobre piedra! ¡No quiero que quede aquí ningún vestigio astur para cuando lleguen los ingenieros a comenzar los trabajos!

-¡¡¡ Ave legado!!! – Era  un decurión que surgió de la oscuridad a lomos de un caballo que bien parecía desbocado:

-Un grupo numeroso ha roto el cerco y han huido hacia el poniente… – gritó mientras, a duras penas, intentaba sujetar a  su nerviosa montura.

– Seguro que es la elite de Corocota… huyen, huyen  para reorganizarse – sentenció el contrariado Carisio.

-Lo cierto , mi señor… no se veía muy bien… pero su gran mayoría me parecieron… niños.

-¿¿Que burla es esta??.  ¿Niños? …  pero…  que…

¡¡¡ Perseguidlos, quiero a sus hijos… son su última  esperanza!!!

El júbilo se fue de su ánimo como un vómito se viene a la boca desesperando al romano:

-Es como si los astures  fueran como el agua cuando la intentas coger en la fuente con las manos … siempre se  escurre de entre los dedos- mascullaba entre dientes con evidentes muestras de contrariedad mientras miraba sus manos.

Azuzó los impresionantes alazanes de batalla de su cuadriga y serpenteando entre las pallozas en llamas tomó rumbo al campamento, seguido de su guardia personal que portaba antorchas para iluminar su camino, aunque a duras penas podían mantenerle el paso con los resistentes pero lentos caballos del ejército romano.

Vadur seguía guiando al grupo  sin encontrar resistencia reseñable; continuaban espoleando sus monturas manteniendo su frenético galope, Garabuyo iba a la cabeza con la mayoría de los guerreros, abriendo paso entre las columnas romanas que se fueron encontrando, pasando entre ellas como auténticas guadañas, dejando un rastro de cuerpos desmembrados.

Los  fugitivos no se atrevían a volver la cabeza porque, a su espalda, el monte donde moraban sus dioses ardía por los cuatro costados con furiosas y gigantescas lenguas de fuego.

— continuará

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