(Libro primero) LAS MURALLAS DE BÉRGIDA
LA MORADA DE LOS DIOSES
Amanecía en el poblado astur; el sol comenzó a asomarse por las crestas dejando al descubierto una fina capa de helada, dueña y señora de las laderas; la niebla, baja y difuminada, se deshilachaba al enredarse en los robles y encinas… el invierno salía de su letargo y reclamaba sus dominios; ya los abedules lánguidamente se desnudaban dando un tono morado a los valles que circundaban el castro, que bien parecía una isla de piedra y paja en el mar ocre que era el bosque que lo abrazaba.
En las apiñadas pallozas se atizaba ya la lumbre para calentar la primera comida del día, el humo se filtraba a través de los techos y subía hasta el cielo, donde una pareja de halcones dibujaba cansinamente círculos concéntricos; los niños se iban desperezando e incluso algunos correteaban ruidosos alrededor de sus madres, mientras estas portaban hierba seca para el ganado o haces de leña para los hogares.
Parecía un amanecer cualquiera en el enorme castro que coronaba el monte Medulio, si no fuera porque alrededor de él, los guerreros de la nación astur soportaban bastantes días apostados, a lo largo y ancho de las posiciones defensivas construidas a toda prisa en el perímetro del poblado, en posición de combate, repartidos por tribus o clanes y con instrucciones de mantener los ojos bien abiertos ante cualquier movimiento de las huestes invasoras.
En lo más alto de una estribación rocosa que se levantaba como una atalaya se hallaba un de los caudillos astures pareciendo formar parte de la misma, totalmente inmóvil, a pesar de que la desazón atenazaba sus pensamientos.
Los ojos de Vadur escudriñaban el horizonte, y a juzgar por su creciente nerviosismo, no lograba ver lo que quería. Hombre de marcados músculos, aunque de estatura moderada, cabello largo y endemoniadamente negro, recogido con dos largas trenzas, una tira de cuero de jabalí le cruzaba la frente y se perdía en su espesa mata de pelo, las pinturas de guerra cruzaban su cara y torso, infiriéndole un aspecto espeluznante.
Envuelto en su larga piel de oso, continuaba oteando el valle. A pesar de estar pisando la sagrada y roja tierra del Medulio, los malos augurios le atenazaban el alma.
Lo que veía tampoco era de ayuda, abajo, en el campamento romano la actividad era febril.
Corría el séptimo año del principado, Octavio había recibido informes muy favorables sobre la zona y sus extensas reservas de oro. La necesidad era apremiante, había que pagar a las legiones y mercenarios en plena expansión por el mundo conocido, urgía culminar la campaña para la inmediata conquista y sometimiento de los yacimientos y las tribus hostiles. Para ello, nombró legado a Publio Carisio, entregándole bajo su mando la legión VI Victrix y la V Alaudae, ambas victoriosas en la batalla de Actium contra Marco Antonio. La IV Macedónica actuaba desde el norte al mando del propio emperador.
Hacía dos meses que Carisio había logrado cercar a los astures, persiguiéndolos con saña hasta el Medulio; mientras los invasores se afanaban en cruzar con sus pesadas máquinas de asalto las cordilleras situadas entre ellos y la montaña sagrada astur, estos habían tenido tiempo de construir algunas defensas y varios centenares de metros de fosos.
La llegada de las dos legiones a la tierra santa astur había sido un espectáculo impactante, incluso para los más viejos del lugar, desde que apareció la vanguardia hasta que llegaron las unidades que cerraban la gigantesca columna, transcurrieron tres días con una continua e ingente marea de soldados y pertrechos.
El orden de marcha estaba concienzudamente establecido, la punta de lanza estaba formada por tropas de rastreo, formadas por infantería ligera, arqueros y caballería, con la misión de explorar la zona y prevenir emboscadas de algún grupo de rezagados astures. Después aparecía la vanguardia: media legión reforzada por un regimiento de caballería. Más tarde, diez hombres de cada centuria transportando los instrumentos necesarios para construir el campamento. Les seguían los pioneros que despejaban el camino para la columna eliminando obstáculos y reparando el camino donde fuese necesario. El equipaje del legado y sus asistentes con una fuerte escolta montada y después, él mismo, rodeado por un manípulo de fornidos tracios que componían su guardia personal. Más tarde las fuerzas conjuntas de caballería con 220 jinetes por legión. Las máquinas de asedio desmontadas precedían a los oficiales superiores: tribunos y prefectos auxiliares con una escolta de tropas escogidas, El resto de las legiones marchaba a continuación y, a la cabeza de cada una, el aquilífero con el águila imperial rodeado por los demás de su clase, tras ellos las cornetas. A continuación los legionarios, de seis en fondo, y detrás de cada legión, el equipaje de la misma. Les seguían cientos de carros tirados por bueyes o caballos con víveres y pertrechos, mercenarios, médicos, adivinos, siervos, herreros, cocineros, carpinteros y toda suerte de oficios, hasta prostitutas, que viajaban escondidas entre los fardos, pero era de dominio público su presencia. Por último la retaguardia, formada por una fuerza combinada de legionarios, infantería ligera y caballería. El inmenso ejército era como la marea en pleamar, maniobrando con un orden asombroso, anegando el píe del monte por su cara norte.
Aún nadie se había quitado el polvo del camino y ya se trabajaba en las obras del emplazamiento en el valle. En solo doce días se talaron cincuenta hectáreas en el cerrado bosque de abedules, olmos y hayas para levantar su gigantesco campamento.
Su perímetro exterior estaba rodeado por una sólida muralla de madera, circundada por un foso; en el centro se construyeron los “principia”: el cuartel general, las oficinas, los depósitos y el templo , además de estacionarse las armas pesadas como las catapultas, arietes, balistas y torres de asalto, que según iban llegando, eran montadas pieza a pieza y engrasadas concienzudamente. Los oficiales disponían de tiendas individuales, mientras que para el alojamiento de los soldados se montaron setecientas grandes carpas . Las tropas auxiliares y los mercenarios reclutados en casi todas las tierras ya sometidas, ocupaban una zona secundaria en el campamento, aunque era, y con mucho, la más abigarrada y ruidosa, donde multitud de razas y lenguas se mezclaban sin más bandera que un puñado de sestercios.
Pero entre los romanos nadie parecía ocioso, unos desbrozaban el perímetro exterior, otros llenaban sacos terreros o atendían a los caballos.
La explanada central hacía las veces de campo de instrucción, allí, los veteranos instruían a los reclutas golpeándolos con saña cuando no cumplían con exactitud y rapidez las órdenes, todos tenían que ser uno en el campo de batalla, labrar estacas para las empalizadas, pulir corazas, reparar las cotas de malla, afilar armas, cavar letrinas… cada soldado tenia perfectamente delimitado su cometido, era un engranaje bien engrasado el de las huestes de Octavio.
Semejante despliegue de medios, al estar dos legiones acampadas juntas, resultaba un espectáculo sobrecogedor, pero actividad tan febril se debía a razones tremendamente poderosas.
La cercanía del invierno en su parte más cruda, unida a la precaria situación de los asediados, unos 1.300 entre hombres, mujeres, y niños, frente a las tropas romanas, 12.000 soldados bien equipados y veteranos de las guerras civiles, habían precipitado la decisión de la batalla final.
Publio Carisio, hombre extremadamente fibroso y alto, enfundado en su pulida y dorada coraza, observaba los preparativos; dos horas antes había desayunado encima de un mapa, con los tribunos a su alrededor, ultimando el plan de batalla. Él, al igual que Octavio, tenía sus propias ambiciones, llevaba ya dos años en Hispania relevando a Calvisio Sabino, soñando con entrar en Roma ataviado como Júpiter Capitolino, seguido por cohortes de prisioneros y carros rebosantes de botín.
-¡Ave legado!
Era Lucio Severo, tribuno de la VI Victrix, arrancándolo de sus pensamientos.
-Ave tribuno, dime lo que quiero oír.
-Han llegado los mensajeros de Astúrica, los vacceos cayeron derrotados en las llanuras de Pallantia .
Una leve sonrisa se dibujó en la faz de Carisio.
-Me parece que Corocota no podrá contar con sus aguerridos amigos, debería haber mandado emisarios… ¿cómo diría?… Más discretos.
Las carcajadas de ambos romanos se oyeron en el inmenso campamento, solo ahogadas por los golpes de los yunques y voces de las tropas.
En el campo contrario la situación era bien distinta, la escasez de víveres y el desánimo comenzaba a hacer estragos.
-¡Vadur!, ¿hay algún rastro de los vacceos?.
El interrogador no era otro que el temible Corocota, caudillo indiscutible de los astures trasmontanos. Un guerrero de los que inspiran miedo sin desenvainar su espada, musculoso y con multitud de cicatrices, testigos de su ardor guerrero. Colgaba de su mano derecha un hacha de dos filos atada a la muñeca con tiras de cuero, a la espalda, su caetra de madera de roble con inscripciones alegóricas al dios de la guerra Cossua. Tez oscura, cabello y barba color miel, con trenzas al estilo de los zoelas, su tribu de adopción pues era del dominio público que él era fruto de los amoríos de una esclava púnica y un borrachín y pendenciero buhonero cántabro; a los ocho años fue vendido por unas láminas de plata a la matriarca del clan zoela de los tridiavos del castro Curunda, que había perdido a sus tres hijos varones en una epidemia de fiebres, pasando Corocota a ser el primogénito y posterior jefe de guerra. Su cruel y mísera infancia se había quedado grabada a fuego en su personalidad haciendo que su mirada penetrara incandescente en el ánimo de cualquiera.
-No vendrán,- respondió sin volverse Vadur- no conseguirán pasar, ya te dije que deberíamos haber esperado en los montes Vindio , los ártabros nos acompañarían sin dudarlo, por el contrario corrimos hasta aquí…para defender el honor de nuestros dioses.
-¡! Los druidas han estado haciendo sacrificios de thieldones toda la noche!!- gritó Corocota – ¡¡los dioses están con nosotros!!
Vadur se volvió con asco:
-Ni los dioses ni los druidas empuñan armas…¡mierda, nunca los he visto en medio de una batalla!.
Corocota enfurecido señalo con su hacha hacia el campamento romano:
-¡Guarda tus blasfemias para el enemigo, Vadur!, no necesitamos a los vacceos ni a esos invisibles ártabros, ¡¡ con esta bipenis cortare todas las águilas de sus enseñas y los brazos de quienes las porten!!.
-¡Por todos los dioses Corocota, ahí abajo están dos de las mejores legiones de Octavio, vamos a luchar a su manera y eso significa derrota, nos aplastaran, como lo hicieron en la ofensiva que planeaste en las llanuras de Astúrica!
-Allí fui traicionado por los brigacinos .- Respondió el zoela contrariado.
Vadur cambio de tono:
– Abramos una brecha hacia poniente, pasaremos el invierno en las montañas, y desde allí les hostigaremos, hasta cortar sus suministros, tendrán que volver a Astúrica, mientras que nosotros recuperaremos el Medulio.
-Vosotros los bolgios , además de despreciar a los dioses verdaderos, le tenéis miedo a los romanos- escupió Corocota.
Ambos colosos blandieron sus armas, pero sus fuertes brazos fueron sujetados por unas huesudas y frías manos. Égiro, el anciano druida ciego y desdentado, les recrimino su actitud:
-Dejad vuestro odio para el enemigo, nuestros guerreros están viendo la disputa y eso no es bueno.- Dejando un espacio para la reflexión, continuó- El oráculo del gran roble me ha hablado, muchos… muchos morirán en el Medulio, pero de aquí saldrá la semilla que dará la inmortalidad a nuestro pueblo…
No tuvieron tiempo los presentes para interpretar los vaticinios de Égiro, pues en ese momento llegó hasta ellos un asturcón con varias flechas clavadas en sus costados y un jinete ensangrentado encima:
-¡Dos cohortes de germanos y bretones, junto con caballería, han superado el foso que excavamos, gracias a sus torres de asalto y avanzan sin oposición hacia la siguiente línea defensiva!- dijo el guerrero con lo que le quedaba de aliento.
Vadur corrió de nuevo hacia el altozano y observo como maniobraban las legiones:
-Esto no me gusta, una cohorte marcha en dirección contraria.
-¡ No perdamos tiempo, el ataque principal ha comenzado!. -Rugió Corocota- ¡¡Encabezaré todas las tribus hacia la victoria final!! ¡Aplastaré al enemigo con mis propias manos… traed mi montura !.
-¡Espera Corocota!, ¿no pretenderás cabalgar hacia ellos como un loco?, todo lo que hacen los romanos está muy planificado, situemos a los arqueros cántabros y contendremos este ataque ficticio.
El caudillo astur montó de un salto felino, y mirándole de reojo, dijo muy solemne:
-Vadur…coge a tus bolgios y a todos los cobardes que te quieran acompañar y haz lo que creas conveniente, yo, mientras tanto, liberare al pueblo astur del yugo romano.
Espoleó su caballo, y cabalgó montaña abajo con ambos brazos extendidos, en uno el hacha, en el otro su pesado escudo, parecía una figura fantasmagórica cantando ancestrales himnos, levantando en armas a sus guerreros, que golpeaban con las espadas y hachas de talón sus escudos, enfervorizados al paso de su líder y semidiós.
-¡Rápido Garabuyo!, reúne a los hombres, vamos hacia la ladera este.
Mientras corrían, como solo los bolgios pueden hacerlo monte a través, Vadur puso al corriente a su lugarteniente, un desgarbado pelirrojo apodado Garabuyo, muy conocido por su pericia con el manejo de la honda:
-¿Por qué allí?- Preguntó.
-Muy sencillo, intentaran atacar por sorpresa y con el sol a su espalda para dificultar la defensa, pero la trampa será para ellos, sitúa a los arqueros y honderos en los árboles, tienen mucha hiedra y nos resultará fácil escondernos…las corazas romanas llevan los correajes por detrás, cuando nos rebasen, los acribillaremos, con sus lanzas articuladas no podrán hacernos nada a esa altura, además en medio del bosque les será imposible utilizar su formación de “tortuga” y tendrán que retroceder… -¡Vencer a sus tropas de élite en el primer asalto sería muy duro para ellos!. ¡Maldita sea Vadur, no me gustaría tenerte como enemigo!.-Afirmó Garabuyo mientras se les unían sus hombres, los cuales se iban pasando las consignas.
En unos minutos todos estaban en sus puestos y totalmente mimetizados con el paisaje.
No tardaron en llegar los romanos, se deslizaban silenciosamente montaña arriba, sorteando los brezos, y pronto entrarían en la zona densamente arbolada; llevaban los escudos envueltos con sus capas para evitar sonidos metálicos que delatarían la maniobra, acción a todas luces inútil, que para lo único que sirvió fue para arrancar alguna maliciosa sonrisa de los emboscados defensores.
La cohorte formada por los más veteranos y curtidos legionarios, continuó el avance sin sospechar nada, fueron entrando bajo el verdoso manto de las viejas y retorcidas encinas, por las que, a través de sus ramas, penetraban haces de la brillante y limpia luz de la mañana; los astures se repartían con miradas furtivas sus víctimas esperando la señal… y esta llegó, Vadur emitió un grito que bien podría proceder de las profundidades del infierno, y en eso se tornó el lugar, desde los arboles comenzó a llover muerte. Las flechas, lanzas y piedras impactaban con exactitud milimétrica sobre los incrédulos legionarios; tras la primera andanada, dos centurias enteras yacían ensangrentadas sobre la hojarasca.
El tribuno que estaba al mando vociferaba como un loco órdenes de repliegue y de proteger los flancos, pero, para cuando se dio cuenta de que el ataque venía de arriba tras un zumbido, notó como la boca se le llenaba de sangre… una flecha le había atravesado la garganta de lado a lado.
Los lamentos de los heridos se mezclaban con los ruidos lejanos de los combates en la ladera norte, donde Corocota daba también buena cuenta del cebo puesto por Publio Carisio.
El jefe astur no sabía que su victoria estaba prevista hasta por los romanos. El golpe verdadero lo estaba asestando Vadur, el cual seguía masacrando al enemigo, esta vez pie a tierra, rematando brutalmente a los heridos y persiguiendo al resto en su total desbandada; un corpulento legionario, en un alarde de orgullo, dio media vuelta y cargó hacia Vadur con rabia, pero este, de un golpe seco con su falcata, partió su lanza y girando en redondo sobre sí mismo, la descargó sobre el romano, seccionándole el casco en dos mitades, junto con lo que había debajo, mientras intentaba desclavar su espada, otro se abalanzó sobre él, pero esta vez fue Garabuyo, que, desde cuarenta metros, asestó al romano con su honda una certera pedrada en un ojo; el soldado aún no había caído cuando Vadur lo remató con la lanza partida de su compañero.
-Desclava tu espada antes de que se me acaben las piedras- bromeó Garabuyo.
-Buen tiro, compañero.
-Los cantos rodados del Medulio son sagrados –respondió el pelirrojo- los guían los dioses.
Resultaba ridículo ver huir, atropelladamente, montaña abajo a ese mítico ejército perseguido por una banda de harapientos.
La sudorosa y salpicada de sangre faz de Vadur, al contrario que sus hombres, no reflejaba un ápice de felicidad.
-¡Buen final! –dijo su lugarteniente golpeándole en la espalda con efusividad.
-Esto no es más que el principio.-Le respondió con preocupación manifiesta, mientras inspeccionaba las ínfimas bajas sufridas en sus filas.
……….seguirá
Categorías:Cerezales, Colaboradores


















fe%20%5BResolucion%20de%20Escritorio%5D.jpg?psid=1)




Comentarios recientes