AYER FUE IGUAL QUE HOY…
Qué cómodos nos sentimos ante aquello que conocemos, pero cuánto anhelo por las nuevas sensaciones ¿Dónde nos marcamos los límites? ¿Realmente no queremos atravesar las fronteras de los que nos falta por experimentar?
El día a día de lo cotidiano nos aporta un bienestar incuestionable que se tambalea al escuchar que mi pariente lejano se he atrevido con una novedad infranqueable para mi, ¡por qué yo no voy a poder! El miedo al ridículo, a conocer que no eres capaz de hacer algo, a fracasar en un primer intento…, puede frenar nuestras iniciativas, ¿y si se convierte en un nuevo éxito disfrutable y que lo saborearé, lo contaré, lo enseñaré…?
El hacer lo mismo que ayer y no caminar por rutas desconocidas nos hace pasivos, y que vivir y revivir una y otra vez lo mismo nos hacer expertos de la monotonía.
Expertos de una monotonía sin innovaciones, sin riesgos, con prudencias y con muchas inseguridades, y son estas últimas las causantes de que ayer fue igual que hoy y muy parecido a mañana. Los innovadores, arriesgados e imprudentes, ¿han sido inseguros? Pues probablemente como los que más, pero unos inseguros decididos a los cuales su firmeza ha combatido los titubeos y las faltas de dudar de uno mismo. Y ahí los tienes, viviendo y dando vida a experiencias que nadie conoce más que ellos. Nos gusta soñar de cómo sería si no nos diese miedo…
Al fin y al cabo todas las personas han disfrutado de lo desconocido en algún momento, ya bien porque suena el reloj biológico, por el anhelo de ser un buen profesional, por no quedarse atrás en la pandilla,… y eso es lo que rellena los discursos de las anécdotas especiales vividas que se narran para mostrar a los demás de los que hemos sido capaces de hacer por conseguir lo que queríamos ¿Tenemos suficientes anécdotas? ¿Cuál es la siguiente que vamos a contar?
Cristina Pérez
Categorías:Colaboradores


















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