TORAL: HISTORIAS (TRÁGICAS) DEL FERROCARRIL
Las veces que aquí he escrito sobre el ferrocarril, he intentado transmitir la importancia que el mismo ha tenido para la Historia toralense. El tren fue la causa principal de la transformación de un pequeño pueblo totalmente desconocido en un importante núcleo cuyo nombre se extendió por toda la geografía española desde 1883, aunque en principio fuera solo como estación de la que partía el ramal hacia Villafranca del Bierzo. El tren fue el responsable del despegue de esta población, de su crecimiento social y económico, que le llevó a ocupar un destacado lugar en el ranking provincial, posición que desde hace ya unas décadas ha abandonado, al igual que nos ha dejado el ferrocarril.
Pero el tren no sólo es sinónimo de lo que denominamos “progreso”, con todos los matices que el término puede tener. De forma recurrente, su historia ha estado vinculada con noticias que nos sobresaltan, accidentes que tiñen de rojo la vía y, en muchas ocasiones, de luto a alguna familia.
Una estadística del Ministerio de Fomento de 1891 cuantificaba en 544 muertos y 1638 los heridos que se habían producido en accidentes personales en la línea del ferrocarril del Norte desde su inauguración en agosto de 1860 hasta finales de 1890. De ellos, más de 260 muertos y de 1100 heridos correspondían a los últimos ochos años (1883-1890), es decir, una vez inaugurada en su totalidad la línea hasta Coruña y la estación de Toral. Número tan elevado de damnificados que hacía exclamar a un periódico gallego que, más que una Compañía de ferrocarriles, era una epidemia.
La verdad es que el tren supuso para la gente una novedad a la que había que acostumbrarse, y las normas de seguridad todavía resultaban bastante precarias. Por otra parte, la vía pasó a ser en muchos casos el mejor camino para personas y animales, y no me refiero a los que viajaban en el tren. Toral, por ejemplo, se encontró por vez primera con un fácil sistema para cruzar los ríos Burbia y Cúa, y los túneles eran un tentador atajo para evitar fatigosas subidas y sus correspondientes bajadas. La vía, con sus puentes y sus túneles, se convirtió de este modo en una trampa que en muchas ocasiones resultó mortal, porque el tren nunca ha sabido esquivar los obstáculos que se encuentra.
Los aspectos referidos pueden ayudar a explicar esas primeras estadísticas, que desde la actualidad nos resultarían menos comprensibles si atendemos a la velocidad que alcanzaban aquellos trenes y que podemos deducir del tiempo que duraban algunos viajes en 1883: la media hora entre Toral y Ponferrada se convertía en 5 horas para quien venía desde León en el correo, y en el trayecto entre Madrid y Coruña se invertían 29 horas. Eso sí, con largas paradas en algunas estaciones.
Volviendo al tema que me ocupa, en estos primeros años entre 1983 y 1900 tenemos noticia de dos accidentes en la estación de Toral con un desenlace trágico. El primero tuvo lugar en enero de 1886. El médico de la Armada, Sr. Garaita, que prestaba servicio en la fragata-escuela Asturias, viajaba desde Ferrol hasta Bilbao y había descendido del tren en Toral, aprovechando la parada. Al reemprender la marcha, Garaita intentó subir a su coche con la mala fortuna de caer a la vía, cortándole las ruedas ambas piernas por encima de los muslos. Ni la estación de Toral ni el tren disponían de botiquín, por lo que no pudieron realizarse las curas que podrían haber salvado al viajero. El suceso, ampliamente recogido en la prensa de la época, sirvió para subrayar la actitud irresponsable de las compañías ferroviarias.
El segundo de los accidentes se produjo en julio de 1894, y tuvo como desgraciado protagonista al “ambulante de correos” de la línea de Toral a Villafranca del Bierzo. Melchor Barra había sido trasladado a este puesto en diciembre de 1890 desde la línea Vigo-Monforte, en sustitución de Regino Martínez, quien a su vez pasó a ocupar la que dejaba el anterior. Tal y como se relata, el citado ambulante se encontraba durmiendo en el interior del coche correo en Toral, esperando al tren ascendente de Galicia para recoger la correspondencia con destino a su línea. Al aproximarse el tren, el cartero de Toral le llamó, saliendo Melchor Barra de forma rápida del vagón para cruzar la vía, pero sin darse cuenta de que la máquina se le echaba ya encima. Además del golpe fue arrastrado unos 20m, lo que le produjo la fractura de ambas piernas y del brazo derecho. A pesar de ser atendido rápidamente, no sobrevivió. A su viuda, Teresa Pereiro, se le concedió una pensión de 600 pesetas anuales.
Sirvan estos dos ejemplos para dejar constancia de los sobresaltos que ya en los primeros momentos producía el ferrocarril. Sin duda hubo más y, por supuesto, otros con resultados no tan trágicos, como la caída en diciembre de 1892 del tren descendente entre las estaciones de Ponferrada y Toral del revisor Antonio Díaz, produciéndose lesiones de consideración. Dejo para otra ocasión los principales sucesos que, con el ferrocarril como protagonista, tuvieron lugar ya en el pasado siglo.
Carlos Fernández Rodríguez
León, Junio de 2013
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