TORAL, AQUELLOS AÑOS CINCUENTA
DON ROGELIO, EL DEL CINE III
En la pista del Cine Benamor -a veces, en verano y no siempre, se celebraban bailes- y yo y otros como yo, fumamos nuestro primer cigarrillo.
Papá que, habitualmente, usaba pipa y tabaco de cuarterón, compró, un buen día, tres paquetes de Peninsulares o sea, tabaco para hombres, porque iba a hacer un viaje a Madrid acompañando a José Vicente que había aprobado un curso por correspondencia del Instituto Americano sobre motores de explosión y diésel y haría en la Villa y Cortel sus prácticas para la obtención del diploma correspondiente.
El caso es que yo, que presumía de hombrecito, abrí cuidadosamente, uno de los paquetes; hurté tres cigarrillos y volví a cerrarlo e intenté fumar uno de aquellos apestosos pitillos sin filtro en el intermedio, -al intermedio le llamábamos descanso- entre el NODO y la película, es decir, mientras Paco cambiaba los rollos de celuloide.
No pude acabarlo, las bascas -las ansias por vomitar- acabaron conmigo y, aquel día, -aquella noche- juré no volver a llevarme a los labios un cigarrillo, pero el juramento fue en falso.
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La entrada -década de los años cuarenta, muy a finales, o principio de los cincuenta- costaba tres pesetas. Tres pesetas, la butaca;dos, preferencia y, una, gallinero, lugar al que algunos -Gustavo, primo de José Luis, el de la Cantina de la Estación o Paul, primo de Toño, el sastre, que estaban acostumbrados a las Salas de la Capital- llamaban paraiso.
En gallinero se acomodaban, apelotonados, chicos y chicas, sin mezclarse. Ellos, a la derecha, y, ellas, a la izquierda, como en la Iglesia: los hombres a la derecha, según se entraba y las mujeres -manga larga, rosario y velo y reclinatorio o silla en la que se arrodillaban- a la izquierda.
En gallinero perdieron la inocencia muchas manos soñando placeres prohibidos, con Hedy Lamarr, Verónica Lake, Alexis Smith -un pelirroja pecosilla- o Ava Gardner, casi siempre cuando los protagonistas -en un descuido de la censura- juntaban sus labios en un beso apasionado, antes de un fundido en negro. Entonces los silbidos, los pataleos y algún rebuzno -escribo rebuzno- amenazaban con echar abajo el local y las voces, capitaneadas por Santiago Carrión o por Pepín Caldeiro gritaban:
-¡¡¡ Topeeeeee…¡.
En esos momentos, cuando el guirigay era más estruendoso, don Rogelio encendía las luces y la Guardia Civil -que solía apostarse en sitios estratégicos- o el mismo don Rogelio acudían a imponer orden y las aguas volvían a su cauce.
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Ni mis amigos ni yo sacábamos entrada de gallinero. Nosotros, José Luís,el de la Cantina, Alvarito Peña, hijo de un Policía Armada y alguno más nos sentábamos en butaca, en la primera fila y allí soñábamos aventuras por tres pesetas la hora y media, imitando a la salida, la lucha a espada de don Juan de Serrallonga o de Robín de los Bosques y, de lunes a jueves comentábamos el filme que habíamos visto en la tarde/noche del domingo. Y, el viernes y el sábado hablábamos de lo que veríamos el domingo siguiente. Y, así, semana tras semana.
Continuará
Antonio-Esteban
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EL DUEÑO DEL CINE SIEMPRE FUE MI ABUELO PERSONA INTELIGENTE CON MUCHA CLASE