Carlos

MIENTRAS VIENE EL TRENILLO – Carlos

210163 TORAL EN LOS LIBROS:

MIENTRAS VIENE EL TRENILLO

clip_image002Traigo en esta ocasión un cuento del maestro Antonio Pereira (1923-2009), excelente escritor villafranquino (cuanto más le leo, más disfruto y más me gusta). Lo publicó por vez primera en el nº 464 de La Estafeta Literaria, de 15 de marzo de 1971; con posterioridad se incluyó en el volumen titulado Historias veniales de amor, publicado en 1978 por Plaza & Janés. A lo largo de la obra de este escritor nos encontrarnos otras referencias a nuestro pueblo, si bien es este el cuento donde la presencia de Toral ocupa un lugar principal.

La historia que nos narra tiene que ver con esos encuentros fugaces, puntuales -una mirada, una sonrisa, un roce, un beso,…- que dejan un rastro eterno en nuestras vidas, convirtiéndose en ese amor imposible, inalcanzable, incluso platónico, que a medida que pasa el tiempo se va acrecentando, convirtiéndose en algo mítico que puebla nuestras recuerdos en determinadas ocasiones, haciendo aflorar una melancólica sonrisa de felicidad que no podemos -ni queremos, ni sabríamos- explicar.octavio3A [Resolucion de Escritorio]

La historia se sitúa en una estación de ferrocarril del sur peninsular, pero los juveniles recuerdos de la protagonista se localizan en la de Toral, en los años en que la estación se convertía en uno de los lugares más concurrido del pueblo, sobre todo al paso de los trenes, cuyo horario era de todos conocido, actuando como referencia temporal de igual manera que el tañido de las campanas.

La narración de Antonio Pereira recoge muchos detalles que demuestran el conocimiento que tenía de esta realidad. Pero esto no debe resultarnos extraño; la estación de Toral fue durante muchos años el punto de referencia para la entrada y sobre todo la salida (con la consiguiente añoranza) no sólo de los villafranquinos, sino de los pueblos del Bierzo Bajo y de la montaña.

“¡También tenían suerte en Toral!, que les tocara el de Galicia a la hora de darse una vuelta las chicas. Bajaban a la estación y andaban arriba y abajo por el andén, desde la cantina hasta la otra punta.”. Era a las 6 de la tarde, al menos en los años cincuenta, cuando salían a ver las jóvenes toralenses (sí, sobre todo las chicas) al correo que subía de Galicia, saludando a quienes miraban desde detrás de las ventanillas (especialmente si eran chicos). “Al gallego lo presentían bastante antes de que asomase por la revuelta. Entraba en agujas un toro largo y furioso y la gente se apartaba a empujones contra el edificio de la estación, hasta que el tren se paraba del todo. Toral era por unos minutos una ciudad importante como León o Monforte de Lemos.”.

estación af2Pero los paseos por la estación no se limitaban a estos momentos. También los andenes se convertían en lugar de ronda, cortejo y enamoramiento, siempre bajo la atenta mirada de gente más mayor, no fuera a producirse alguna peligrosa cercanía. Incluso se cuenta que unos novios, quizás para no dar lugar a ninguna habladuría, paseaban cada uno por un andén, con la vía de por medio. La estación era el lugar de encuentro. Allí se citaban las parejas para, después de que pasase el correo (siempre se esperaba a este momento, aunque se retrasase), irse a bailar al salón (Pereira, Carral, Caguitas).

Y esta función de la estación parece tan antigua como su existencia en Toral. Antonio Prada, corresponsal para El Templario, cuenta que durante las fiestas del día de la Ascensión de 1924 se celebraron en el salón de Pereira bailes el jueves, sábado y domingo, este último día desde las 5 a las 10 de la noche, con asistencia de las señoritas Querol, Butrón, Fernández y otras muchas: Finalizado el baile del domingo los jóvenes se dirigieron a la Estación en cuyos andenes se organizó un animado paseo hasta las 11, para continuar describiendo el corresponsal los amoríos más evidentes. A las 11 de la noche pasaba otro tren, el expreso, por lo que solo lo veían los jóvenes más mayores algunas noches de verano (cuando estas eran más cortas). Lo describe Pereira como “un tren misterioso y dormido cargado de muertos”, es decir, un tren sin caras detrás de las ventanas, sin saludos, sin contacto visual entre las toralenses (pocas y en contadas ocasiones) y los muchachos viajeros (bultos dormidos en la penumbra del vagón).

estación af2 (1)Sitúa Antonio Pereira los recuerdos de la protagonista en el marco de la Guerra Civil, refiriendo que la gente salía con comida para los soldados que pasaban en los trenes, camino del frente, al tiempo que las chicas seguían yendo al igual que lo hacían antes, para dejarse querer, desde la distancia, por los militares: “Luego todo se hizo normal, hasta en una guerra las cosas terminan por ser normales. Las chicas paseaban muy dignas por el andén arriba y abajo bien cogidas del ganchete para sentirse unas con otras, no vayan a creerse esos que aquí todo el monte es orégano. Los de las ventanillas y de los estribos y plataformas las asediaban con sus dichos,…”.

No sé si esto fue así, como lo recoge en el cuento, pero sí me han contado que mi abuela Saturna, al igual que otras mujeres, salía a estos trenes llenos de militares. Cargaba con dos cubos llenos de agua y una jarra para darles de beber; supongo que poco o nada podría llevarles de comer. A mi abuela, en aquel Toral gris de una España negra, no le importaba que los soldados fueran azules o rojos; tan solo pensaba que su marido, Orencio, también era soldado, y esperaba que en las estaciones por donde pasara su tren también hubiera mujeres (madres, esposas, hermanas) que le dieran al menos de beber, haciendo lo mismo que ella hacía. Aunque no lo sabía –ni falta que le hacía- supongo que su actitud en cierto modo no dejaba de ser un tipo de magia simpática, tal y como se define en Antropología.

Mucho ha cambiado la estación de Toral. Hace años que dejó de ser lugar de paseo, como también se hace difícil ver que allí pare algún tren, y la bifurcación a Villafranca no sobrepasa el apeadero de Cosmos. Afortunadamente, gracias a autores como Antonio Pereira, los recuerdos de la estación de Toral de los Vados seguirán vivos para siempre. Todo un lujo para nuestro pueblo verse reflejado en la obra de este autor.

Carlos Fernández Rodríguez 

León, Marzo de 2013

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1 reply »

  1. » Coone, de luho, pisha». Otra vez más muchas gracias por esta colaboración. Por cierto, hay un párrafo en los diarios de un personaje ajeno a la proximidad de Carnicer o Pereira, Azaña, en el que relata un viaje en tren de vuelta a Madrid desde La Coruña y describe sus impresiones del viaje, Pues bien, me da por sospechar que el pueblo con estación en que se detiene unos párrafos ensu relato – menudo es Azaña con sus impresiones y cómo las cuenta -, podría ser Toral. Me recordó a las descripciones de Carnicer… jja, Vale especular. Bueno, ahora será cosa de animarse con Pereira.
    Un fuerte abrazo.

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