
HISTORIA DE UNA VIDA REAL
Vida difícil la de mi generación. La mía, la de los míos, una de tantas, dignas de no olvidar para evitar que se repitan la mayoría de las cosas.
Mis primeros recuerdos se remontan a la época en que yo tenía cinco o seis años. Mi casa, mis padres, mis hermanas, la escuela, las ayudas en las labores del campo que con mis pocos años podía realizar. Iba de pastor con las vacas y el burro de un pariente que me daba buena merienda. Recuerdo a mi madre como una gran mujer, muy bella además. Trabajaba sin descanso en la casa y ayudaba a los vecinos, que le correspondían con alimentos por su trabajo. Así las especias que ella recibía y el sueldo que mi padre ganaba en Cosmos hacían más llevadera la escasez.
Ella, mi madre, también vendimiaba por dinero, lavaba ropa para otras personas que le pagaban unos céntimos, y, todo ello porque quería que mis hermanas y yo fuésemos a la escuela y aprendiésemos todo lo que ella no había podido (fuésemos hombres de provecho”). También los hijos aportábamos nuestro granito de arena. Los acompañábamos a recoger al amanecer la hoja que había caído por la noche de los árboles para hacer con ella abono en la cuadra o en la calle, como todos. La hoja la echaba cada uno delante de su fachada y todos respetaban cada espacio. Además salíamos al monte a cortar leña (al feje) para cocer el pan.
No era tan fácil como puede parecer hoy que existe el” puente Remacha”. Subíamos al “monte del Convento” atravesando el puente colgante, pero lo difícil estaba en el regreso con los fejes atados y cargados al hombro que, generalmente, pesaban más de lo que nuestras fuerzas podían soportar. El puente se balanceaba a nuestro paso amenazando con echarnos al agua. A lo largo de todo el camino se hacía necesario parar cinco o seis veces hasta llegar a casa porque el peso era insoportable.
Sin embargo, todo iba relativamente bien. La guerra vino a descomponerlo todo. En nuestro caso sufrimos la denuncia que le pusieron a mi padre por posesión de una pistola que no tenía. Esto acarreó las primeras desgracias familiares. A mi padre lo encarcelaron en Astorga durante dos o tres meses (no recuerdo). Ahora mi madre, además de las labores que venía realizando, se puso a trabajar en la entonces “Fonda Regueiro” a cambio de comida. Mientras tanto un buen hombre, que no cito por respeto y al que guardo en mis más profundos sentimientos, nos regaló una pistola para que mi padre “pudiese entregarla” como si fuese suya para quedar en libertad.
Con mi padre en casa de nuevo, todo adquiere una cierta normalidad. Mi madre vuelve a ocuparse de nosotros, él vuelve a Cosmos y entre todos labramos la tierra como se hacía por entonces en todas las familias. En plena guerra nace mi hermano y a los ocho meses se muere nuestra madre. Quedamos sólo al amparo de nuestro padre. Los abuelos no estaban cerca y sólo a veces la abuela venía a visitarnos. También sentimos el calor de una prima que, ya casada, se preocupaba por nosotros cuando le era posible.
Yo, el mayor con trece años, tomé el relevo. Tenía que ayudarle a mi padre a sostener la familia mientras mi hermana, dos años menor que yo, se ocupaba de la casa.
He de nombrar al señor Cebrián que me dio trabajo para regar sus prados, trillar con sus mulas, segar su cebada… a cambio, unas veces de unos céntimos y otras de especias. Un prado regado podía suponer un par de zapatillas de unos cincuenta céntimos. Por aquel entonces, una hogaza de pan costaba veintiocho pesetas y un litro de aceite cincuenta en el estraperlo.
Seguí saliendo con los vecinos o con mi padre a recoger la hoja de los árboles. Cuando el tiempo mejoraba y los días eran más largos, mi padre y yo, íbamos al monte a buscar leña para la panadería de “el Rubio” a cambio de una o dos hogazas de pan y aprovechábamos el viaje para bajar hojas y carrascos para el abono.
A los catorce años, hice un examen para entrar a trabajar en Cosmos y entré. Ahora ganaba tres pesetas y media al día (mi padre ganaba seis y media). Trabajaba a turnos, era muy joven, tenía miedo y ¡hambre! La providencia me puso al lado de un buen hombre que me ayudó mucho.
Tampoco aquí la suerte fue duradera, él estaba enfermo y murió. (Todavía hoy llevo en mi mente su preciado recuerdo).
Un episodio de mi vida que me produjo un fuerte choque o quizás cualquier otra cosa hizo que la enfermedad se cebara en mí y más tarde en mis hermanos menores. Los medios económicos eran tan escasos que la entrada de una enfermedad en la familia suponía concentrar los esfuerzos en el enfermo y a la vez descuidar (por necesidad) a los demás hasta que todos estaban igual. Sólo los más fuertes salían hacia delante. Mi abuela tuvo que venir a cuidarnos e incluso llevarme a mí para su casa durante unos meses hasta que me encontré mejor.
De nuevo, ya mejor, me incorporo al trabajo. Cuando salía a las dos de la tarde, me quedaba con mi padre para descargar un vagón de carbón de veinte toneladas para ganar veinte pesetas y en otras ocasiones realizábamos otro tipo de trabajos dentro de la empresa desde las cinco de la tarde hasta las diez de la noche. Y todo para ayudar a la maltrecha economía familiar mientras mi hermana se ocupaba de las labores de la casa y de hacer filigranas para conseguir que todos tuviéramos en el plato algo a la hora de comer. No era mucho, pero otros tendrían menos (cuentan de un sabio que un día tan pobre y mísero estaba que solo se sustentaba de unas hierbas que comía. Habrá, para sí decía, otro más pobre y triste que yo. Y cuando el rostro volvió hayó la respuesta viendo que otro iba recogiendo las hierbas que él arrojó).
Recuerdo bien que en casa, o en el trabajo cuando nos llevaban la comida, unas veces era un plato de caldo y un trozo de pan, otras un trozo de pescado, o algo de matanza. En la cena, a veces, unas patatas fritas con sebo, nada era abundante, pero, lo peor es que mi madre no estaba.
Así transcurren cinco años de mi vida, con muchas anécdotas en el trabajo en el que se nos castigaba con “días de haber”, es decir, días sin cobrar por cualquier motivo infundado, pero a pesar de eso, era lo mejor que poseíamos. A los diecinueve años el Estado me reclama para hacer el servicio militar en el que permanecí treinta y dos meses debido a la época de post guerra. Disfruté en esos treinta y dos meses cinco o seis de permiso que aprovechaba para trabajar en Cosmos.
Tampoco haciendo el servicio militar viví época de abundancia. Recuerdo un día que entramos a cenar con el chusco de pan en la mano y, en la mesa, había para diez hombres, cinco huevos por toda cena. Comenzamos a protestar haciendo ruido en los platos hasta que un mando nos advirtió de que si no estábamos quietos alguno podría ser fusilado.
Al terminar el servicio las condiciones económicas de todos en general habían mejorado a pesar de que teníamos que trabajar mucho. Es en esta época cuando comencé a disfrutar un poco de la vida. Tuve mi pandilla, hacíamos excursiones a pie, merendábamos y reíamos echando fuera parte de las penas que nos aquejaban. La recuerdo como “época feliz”. La amistad era firme. Años más tarde comienzo una relación y construyo mi propio hogar. Tengo mis hijos. Sigo trabajando, pero nada comparable a las épocas anteriores.
Uno entre tantos.
Publicado en el nº4 de la Revista La Raíña en el mes diciembre del 2003
Categorías:Reportajes





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No tiene nada q ver!!! af2ojeando eh visto un atropello mortal de un ciclista en la nacional120 ala altura del poligono de toral de los vados esta mañana,tienes alguna informacion aqui no pone nombre ni datos solo atropello mortal de un furgoneta. ostia pone los pelos d punra tengo tantos amigos n la bici…
http://www.infobierzo.com/index.php?option=com_content&view=article&id=11149:atropello-mortal-de-un-ciclista-en-villadecanes&catid=30:portada
Esto es lo q yo ley,gracias…
Cuando ocurre una desgracia como esta normalmente en el lugar del atropello los pañeros del atropellado ponen en su recuerdo,en forma de recuerdo una bicicleta blanca en señal de lo ocurrido em ese km,yo ademas pondria en el manillar unas orejas de burro en señal de todos los torpes q salen ciegos ala carretera atropellando compañeros… Un atropello puede pasar,pero escapar eso no se entiende.
Estoy totalmente de acuerdo que «darse a la fuga» ES DE COBARDES y que el derecho de socorro es obligatorio,en cualquier caso hay normas específicas y tipificadas por la DGT para ambos casos ,coches y bicicletas,dónde se puede adelantar con un vehículo todos los que conducimos lo sabemos y la velocidad ,según que carretera,autovía o vía rápida también,pero sabemos lo que recoge el código de la circulación respecto a las bicicletas?
Este pasado 25 de mayo entro en vigor la nueva ley de tráfico que incluye,precisamente debido al aumento de accidentes de ciclistas,nuevas leyes para los que usamos la bicicleta .Como la regulación de las luces.
Una luz de posición blanca en la parte delantera
Una luz de posición roja en la parte trasera
Un catadióptrico rojo en la parte trasera que no sea triangular
Catadióptricos amarillos en los radios de las ruedas y, opcionalmente, en los pedales
Uso obligatorio de prendas reflectántes,en ropa y en la bicicleta
Uso obligatorio del casco
Como norma general está prohibido ir por autopistas y autovías, pero los conductores mayores de 14 años pueden circular por los arcenes de las autovías si no se prohíbe expresamente. Incumplir esta norma se considera una falta “grave” que acarrea una sanción de 200 euros (100 con reducción).
y Para terminar tengo entendido que donde adelanto la furgoneta hay una línea continua amén de «HACER EL ESCAPISMO».
Esto nos hace pensar en las actitudes que algunos NO tienen frente a algo tan serio como LA VIDA.
Todo mi apoyo a la familia del ciclista.
No se como piensa un cobarde!!! Pero si como se siente alguien q le encanta la bici y a pasao miles de momentos por esa cuneta. La foto con la bici tirada en la cuneta pone la carne de gallina… Es un deporte estremo sim quererlo sales hacer lo q te gusta y en casa quedan todos angustiaos,pajaras,caidas,atropellos,paros cardiacos y demas pero uno sigue sale todos los dias q puede a entrenar(vivir) es lo q le gusta a uno y su vida nunca mejor dicho.