MEMORIAS DE UN VAGÓN DE FERROCARRIL
Aprovechando la resaca de la fiesta del pasado fin de semana, traigo un nuevo libro que hace alusión a Toral. En este caso se trata de la novela Memorias de un vagón de ferrocarril, del escritor cubano Eduardo Zamacois (Pinar del Río, 1873 – Buenos Aires, 1971). Autor de una muy amplia producción literaria, la obra que nos ocupa fue publicada por vez primera en 1920 como novela corta y al año siguiente en su versión definitiva, de mayor extensión.
Como su título indica, se trata de la biografía de un vagón de tren. Lo peculiar es que aparece contada en primera persona, esto es, es el propio vagón el que nos narra su historia. Un proceso de humanización que incluye darle nombre no sólo al protagonista principal de la novela (“El Cabal”, reflejo de la calidad con la que fue fabricado) sino también a otros vagones (El Dos Caras, El Misántropo, etc.) y máquinas (La Triste, La Caliente, La Recelosa,…) que transitan por las páginas del libro… hablando entre ellos.
Cabal nos narra su vida, y su vida recuerda a la de una persona. Su “nacimiento” en los talleres Saint-Denis en Francia como vagón de pasajeros de primera clase, su trabajo en diferentes líneas ferroviarias de la península, su paulatino deterioro (“envejecimiento”) que le va a convertir en vagón de segunda clase y más tarde de tercera, y su final… difícil de imaginar y que naturalmente no voy a desvelar. Al mismo tiempo, la novela es un recorrido por los distintos paisajes españoles y una sucesión de historias que se producen en el escenario en que se convierte el propio vagón de pasajeros: un asalto al tren, amores, accidentes,…
La primera referencia a Toral se produce mediado el libro, al describir la vía en su primer viaje por la línea Palencia – La Coruña, dedicando una atención especial al descenso del Manzanal:
“Por segunda vez hemos cruzado el río Tuerto y ganamos la estación de Brañuelas, emplazada exactamente a mil metros sobre el nivel del mar. Seguimos para hundirnos en un largo túnel; la ruta –lo apreciamos muy bien- desciende rápidamente y cruzamos un segundo túnel y un tercero, y luego otro y otro… ¡hasta trece!… Según mis compañeros me aseguran, para salvar la distancia de un kilómetro, necesitaremos recorrer siete kilómetros. Nos hallamos en el sitio más peligroso de la vía. “La Triste”, nuestra máquina, no obstante su poder, jadea anhelante; también nosotros nos resentimos de la rudeza del camino; nuestros herrajes empiezan a recalentarse, y de tanto usarlos nos duelen los frenos.
De La Granja, donde nos detuvimos pocos minutos, arrancamos desconfiadamente para hundirnos en el túnel de El Lazo; un túnel siniestro donde muchos maquinistas y fogoneros estuvieron expuestos a morir asfixiados por el humo de la locomotora. Esta sensación de ahogo que los mismos viajeros suelen experimentar, aún cuando las ventanas de los coches estén cerradas, se produce cuando el viento, por soplar en la misma dirección del tren, impide la salida hacia atrás del humo.
Continuamos bajando: hemos traspuesto los pequeños andenes de Torre, Bembibre, San Miguel de Dueñas, Ponferrada y Toral de los Vados, hasta que, hartos de correr bajo tierra, llegamos a Quereño, primera estación de Galicia”.
Pero en Toral también tendrá lugar uno de los hechos que más van a influir en la vida de Cabal, un accidente del que saldrá bastante maltrecho:
“Al poco de salir de Ponferrada, nuestra marcha aumentó, lo que juzgué buena señal.
– Tendrá prisa el maquinista en llegar a Toral de los Vados, en donde debemos cruzarnos con el tren de Villafranca del Bierzo -comentó “Dos Caras”.
En tal instante oímos varios silbidos que parecían responder al os de “La Triste” y en aquel silbar lejano había una angustia inolvidable.
– Un tren -grité-. ¡Viene un tren!.
– El de Villafranca -gimió “Dos Caras”.
– ¿Vamos a chocar?… ¿Crees que vamos a chocar?…
No oí la contestación de mi compañero: un estremecimiento instantáneo y formidable recorrió el convoy, y los frenos inmovilizaron nuestras ruedas. La detención fue tan rápida que, según me dijeron más tarde, la pirámide de carbón del ténder se fue hacia delante, aplastando al maquinista y al fogonero. Pero el sacrificio de aquellos dos valientes no impidió la catástrofe. ¿Cómo describirla, si no la vi?… El choque de las locomotoras fue tan ingente, que quedaron empotradas la una en la otra, y al embestirse lo hicieron tan de frente que no llegaron a descarrilar. De nuestro convoy los tres primeros vagones quedaron reducidos a astillas; otros dos sufrieron gravísimos magullamientos, y “Dos Caras”, aterrado por el ruido del encuentro, que sonó entre aquellas montañas con el estrépito de veinte cañones disparados a un tiempo, se desvaneció. Yo sufrí una terrible sacudida y perdí todos mis cristales; también se me desconcertaron las puertas, el depósito del agua y los tubos de la calefacción. Los equipajes rodaron por el suelo, y algunos saltaron de una redecilla a otra. Cuando, pasados los primeros instantes de pánico, comprendí que estaba a salvo y pude mirar dentro de mí mismo, vi el cadáver de Don Rodrigo tendido en medio del corredor, con la frente rota… Había chocado conmigo, y yo le había matado.
– He salvado a Raquel- pensé.
XVII
Este hecho señala en mi biografía un nuevo rumbo importante. Al siguiente día de la catástrofe, en la que hubo cinco personas muertas y más de treinta heridas, una máquina que en socorro nuestro enviaron de León me trasladó, juntamente con “Dos Caras” y otros compañeros que conservaban sus rodales sanos, a los talleres de Valladolid, ante los cuales y a la intemperie estacionamos varias semanas, en tanto llegaba nuestro momento de ser reparados. Yo recordaba haber visto años atrás en aquel sitio una ringlera de coches enfermos; yo, que era mozo sólido, los miré con desdén; parecíame imposible descender a semejante postración, y ahora, al hallarme postrado como ellos, comprendí que el plano descendente de mi vida empezaba.”
Tras su reparación, Cabal fue agregado como vagón de primera al rápido de Asturias durante dos meses, para luego ser apartado de nuevo a Madrid junto a todos sus compañeros, donde sería vendido por la Compañía de Ferrocarriles del Norte a la Madrid-Zaragoza-Alicante. Los recuerdos al accidente de Toral le van a acompañar en distintos momentos de su narración:
“Este cambio contrarió a todos mis camaradas, menos a mí. Realmente mi juventud más tenía de simulada que de real; el accidente de Toral de los Vados me había modificado; a intervalos experimentaba, aquí y allá, dolores profundos y en las grandes velocidades mis vargueros gemían.”
En la nueva Compañía, es incorporado al expreso de Sevilla, en tercer lugar del convoy, tras el furgón y entre dos primeras (“El Negro” y “El Majo”).
“Mientras llegaba la hora de partir, mis camaradas me dijeron sus nombres y quisieron, a su vez, saber quién yo era y de dónde venía. Sucintamente respondí a sus averiguaciones -pues nunca me gustó caminar de prisa en la amistad-; les manifesté haber servido cerca de nueve años en la línea de Hendaya, que más tarde pasé a la La Coruña –callé que en un “correo”- y que después del choque de Toral de los Vados trabajé dos meses en la ruta de Asturias, de donde venía. Mi acento, marcadamente castellano, pero con inflexiones, a veces, gallegas y vascas, divertía a mis oyentes.”
La última referencia a nuestro pueblo, también será un recuerdo a lo que considera el origen del declive de su vida:
“Otros tres años de vida monótona pasaron sobre mí, y ellos quisieron que, definitivamente, en el reloj de mi modesto destino sonase la hora otoñal. No me sorprendió. Desde la catástrofe de Toral de los Vados, yo, aunque reparado escrupulosamente, no volví a sentir aquel extraordinario bienestar -salud de atleta- de mis tiempos prístinos”.
Como es habitual, ya me he extendido demasiado. Así que finalizo resaltando que Memorias de un vagón del ferrocarril es una obra muy recomendable no sólo para los amantes del ferrocarril sino también para todo tipo de lectores, ya que resulta amena y de fácil lectura. Además, es otro título a incluir en nuestra particular biblioteca toralense.
Carlos Fernández Rodríguez
León, Junio de 2012
Categorías:Carlos, Colaboradores




















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