Cerezales

MUERTE EN LA ABADÍA II-Cerezales Nº3

 

fernando ce

“Carracedo  del Monasterio,  años 50” - AF2 (2) [Resolucion de Escritorio]

MUERTE EN LA ABADÍA II

– Si me perdonáis la interrupción eminencia, sé de su presencia y que ha estado turbando el sosiego con sus preguntas por toda la abadía, no quisiera perturbar mas a los hermanos; yo ya he redactado el oportuno informe al abad general de nuestra orden. Quisiéramos ocuparnos solo ya de elevar nuestras plegarias y olvidar este desagradable incidente, no sería bueno levantar tanta polvareda, saldrían a la luz detalles que mancharían el buen nombre de la familia de Su Santidad y de este tranquilo monasterio.

El cardenal intuyó cierto desafío en las palabras del hermano Anselmo.

– No debéis preocuparos, Marcelo es tan discreto, que, de hecho ya ha estado ocupado de este… «asunto», desde el mismo día del entierro, incluso tenemos una copia de su informe, y en cuanto a la congregación, el esclarecimiento de los hechos y su reacción ante ellos la pondrá en su lugar. Mañana reúna a los hermanos en la sala capitular, como deferencia hacia su orden, seréis los primeros en conocer los resultados del trabajo de Marcelo…

El nuncio dejó al fraile con la palabra en la boca y se encaminó con el joven cura hacia sus habitaciones para disfrutar de su habitual partida de ajedrez.

El día siguiente trajo agitación a Montecassino, por todas las esquinas, los comentarios y especulaciones no dejaban sitio a la oración.

Tras un frugal desayuno todos fueron ocupando su sitio en los escaños de la sala capitular, finamente tallados en madera de nogal. El suelo estaba cubierto con grandes losas calizas, y desde él, salían unos nervios de granito que se entrecruzaban en la alta techumbre, sirviendo de marco a un gran rosetón con la imagen de San Benito en una espectacular vidriera, que proyectaba su luz multicolor en el centro de la nave, dejando el resto en penumbra, en parte causada por el humo de decenas de cirios.

Tras de una breve plegaria, tomó la palabra el nuevo abad, el cual comenzó con cierta displicencia:

-¡Hermanos, nuestros ilustres visitantes nos iluminaran con su sabiduría, ofreciéndonos sus conclusiones acerca de la muerte de nuestro bien amado hermano Inocencio, que en gloria esté…!- su voz resonaba profunda por la forma abovedada del techo.

Los presentes se persignaron y clavaron su mirada en Marcelo, que aguardaba ya en el púlpito ante unos legajos.

Este, miró de soslayo al cardenal, que, sentado en un sillón de brazos tapizado en rojo, le hizo una leve seña. Se aclaró la voz y, alzando un papel, comenzó:

– Primeramente os leeré el documento enviado por Fray Anselmo a Roma, seré breve, pues el contenido así lo es:

«Al prior superior de la orden bedictina casiniense:

Hoy, se halló el cuerpo sin vida del hermano Inocencio de Aosta, abad y guía de esta congregación, que Dios acoja en su seno. Su cuerpo pendía colgado de una cuerda del techo de su celda, al parecer, el desdichado colocó un escaño encima de la mesa y desde allí puso fin a su vida.

Las razones que le empujaron a tan triste fin, las llevará consigo a la tierra de los justos, pero creemos que el agravamiento de su enfermedad hizo mella en su ánimo. Debemos, además, hacer mención a un delicado asunto, paralelo a los acontecimientos: la aparición de un recién nacido a las puertas del monasterio, el cual portaba un crucifijo repujado, propiedad del abad. Este extremo nos lleva a creer que el escándalo de la paternidad cortó el fino hilo que lo unía a esta vida.

Por nuestra parte, y sobre todo yo como su confesor, trataremos de ocultar en lo posible la conducta del otrora intachable hermano Inocencio, que en paz descanse.

Montecassino a once de Marzo del año de nuestro señor de mil quinientos noventa»

Un murmullo recorrió la sala tras la finalización de la lectura, muchos desconocían los términos de la misma, y la estima hacia el difunto se había derrumbado por su infame acción.

El padre Marcelo esperó pacientemente a que cesaran los comentarios.

– Quiero ahora deciros que, el resultado de mis investigaciones me apartan bastante de las conclusiones de este informe…

Estas palabras captaron más si cabe la atención de los presentes, que parecían traspasar su mente para intentar leer su contenido, presos de la ansiedad.

– Creo hermanos… que el abad Inocencio no se suicidó y, cuando menos, fue ayudado a morir…

Fuertes voces de desaprobación se levantaron por doquier:

-¡Quieren manchar nuestra orden!…

-¡Esto es obra del maligno!…

-¡Sucias falacias!…

-¡No tenemos por qué soportar esto!…

-¡¡¡ Hermanos… hermanos, nuestros huéspedes merecen respeto!!!. -Fray Anselmo intentó apaciguar los exaltados ánimos, mientras sonreía cínicamente.

-Gracias… podéis continuar Marcelo.- Indicó el cardenal.

El joven cura, lejos de amilanarse, continúo firme:

– A las pruebas me ceñiré y vosotros juzgareis. Os diré en principio, que mi entrevista con el galeno que atendía a Fray Inocencio fue harto reveladora. En ella me describió su enfermedad, una infección en la sangre cuyos síntomas eran: tendencia a la obesidad, falta de movilidad en las piernas y dificultad en la visión… todos erais conocedores de ello, eso me lleva a dudar de que alguien así pudiera subir a una silla situada encima de la mesa y ponerse una soga al cuello… y todo esto a oscuras pues, cuando se descubrió el cadáver, la vela de la habitación estaba apagada y con poco tiempo de uso, de lo contrario estaría totalmente consumida en el candelabro. Ya he eliminado uno de los motivos de suicidio; en cuanto al otro, la visita a sus familiares en Aosta, lo elimina también, pues allí me revelaron la razón de su acogimiento a los hábitos y su retirada de la vida pública como heredero del ducado: otro de los síntomas posibles de su enfermedad era la incapacidad para tener descendencia…

Ni el más leve sonido se oía en la gran sala, todos habían quedado mudos. Conscientes de la cortante tensión, el joven investigador no dudó en continuar:

-Alguien estaba con el abad en el momento de su muerte… y ese alguien está entre vosotros… y tiene que ser alguien con impaciencia de ocupar su sillón, que saliera sin levantar sospechas al exterior del monasterio, que tuviera acceso a sus objetos personales y a su pasado, y como confesor nos dejara entrever un… «delicado asunto».

-¿¿Me estáis acusando jovencito??.- Explotó Fray Anselmo, poniéndose en pie mientras le señalaba amenazante con el dedo.- ¡Eso son solo conjeturas!-.

El padre Marcelo descendió despacio por la escalera de caracol del púlpito, y deteniéndose a cierta distancia del monje, alzó el pergamino con el informe de este y dijo:

-¿Como explicáis pues, que vuestro informe tenga fecha anterior a la muerte?… Yo os diré porque: vuestro macabro plan se empezó a gestar nueve meses atrás, hasta el informe teníais preparado, pero el error de cálculo fue confiar que el cadáver se descubriría esa noche, por contra, se hizo al día siguiente, al igual que el niño… ¡¡que Dios os perdone, dejasteis morir de frío a vuestro propio hijo!!.

Fernando Cerezales Fernández

MUERTE EN LA ABADÍA-Cerezales Nº2

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