-¡Esta pierna!… cada día me molesta mas, me duelen todos los huesos.
El monje cillerero mascullaba sus penas, mientras cruzaba cansina mente el atrio, protegiéndose con su tosco hábito de invierno de la fina pero fría lluvia y apoyado en su gastado bastón. Desde el campanario se oía el monótono tañido llamando a maitines.
Aun no había amanecido sobre la abadía de Montecassino, en el corazón de Padua, el día 12 de Marzo de 1590, la fecha más negra de esta comunidad benedictina, desde que se llevaran los restos de San Benito a Francia.
El hermano Luciano, así se llamaba el renqueante fraile, se dirigió hasta el portón que daba acceso a la escalinata exterior, después de haber encendido todas las palmatorias que se fue encontrando. Recorrido que podría hacer con los ojos cerrados, pues era su cometido, y lo había llevado a cabo sin fallar un solo día desde veintitrés años atrás.
Tras destrabarla, la pesada hoja crujió sobre sus goznes y la tenue luz de las velas proyectó su rechoncha silueta sobre la escalinata. Seguía gruñendo mientras se disponía a volver sobre sus pasos pero algo en el exterior le llamó la atención, en la penumbra pudo distinguir lo que parecía un cesto de mimbre en medio del embarrado camino, como los que traían los aldeanos con legumbres de ofrenda para la comunidad; se encapuchó de nuevo, pero a medida que se acercaba al bulto, un mal presagio le invadía el ánimo; alargó el cayado e intentó mover el cesto, lo que consiguió fue volcarlo, pero el descubrimiento de lo que contenía hizo que se le cortara la respiración y un tremendo nudo en el estomago… de su interior rodó el cuerpo inerte de un recién nacido, con una pequeña cruz de plata enredada en su chal.
Fray Luciano tardó en sobreponerse y, a duras penas, recogió el pequeño cadáver y corrió como nunca hacia el interior del monasterio buscando las habitaciones del abad mientras gritaba:
-¡¡¡ Dios todopoderoso… protégenos!!!
Cruzó la iglesia abacial y el claustro fuera de sí, ni siquiera reparó que varios monjes habían acudido ante semejante alboroto. Ni siquiera llamó a la puerta de la celda:
-¡¡¡ Padre abad… padre abad!!!.
Nadie contestó, la oscuridad cubría la estancia; posó el cesto en el suelo y, a tientas, buscó el candelabro que siempre estaba encima de la mesa. En el umbral, un buen número de hermanos esperaban en medio de la mayor confusión.
Fray Luciano, notó como algo le rozaba la cara, el obstáculo se balanceaba produciendo un leve crujido, lo asió con las manos y comprobó estupefacto que eran pies… unos gélidos pies.
El tumulto a su espalda le hizo volverse, en ese momento entró Fray Anselmo con un candelabro iluminando la habitación, y todos horrorizados comprobaron que de una viga del techo colgaba por el cuello el cuerpo sin vida del hermano Inocencio, el abad, con los ojos en blanco y la lengua amoratada. Nadie reaccionó, el hermano Luciano cayó desvanecido.
Las exequias se extendieron a lo largo de un mes; acudieron representaciones de muchas congregaciones, incluso desde El Vaticano fue enviado el cardenal Merino, nuncio del papa Urbano VII. La versión oficial habló de suicidio dando por zanjado el tema, pero el hecho de que el difunto fuera primo del pontífice, extremo este desconocido por los monjes de Montecassino, era una razón de peso para hacer, cuando menos, un informe, y esa era la segunda razón de la presencia del cardenal en la remota abadía.
-Quiero presentaros a alguien…- dijo el nuncio, uno de esos días a Fray Anselmo en el refectorio después en la cena.
Este, asumió la dirección de la abadía provisionalmente, puesto que había sido candidato a ese puesto frente al desaparecido hermano Inocencio, además de su más próximo colaborador, confesor y el único que contaba con autorización para salir del monasterio para los asuntos que fuera menester.
– Este es el padre Marcelo, uno de mis más aventajados discípulos, lleva tres días con nosotros, llegado de Roma, lo he hecho llamar para que redacte el informe, se ocupará de…
Continuara……………
Fernando Cerezales Fernández
Categories: Cerezales, Colaboradores

















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