LA VERDADERA HISTORIA DE ERNESTO G
VI- LE MAPÉ
Los conocimientos lingüísticos de Ernesto son escasos: un deficiente castellano, un gallego cerril y gutural en el que abunda la letra «j» –son de Lujo y no lo niejo y teño un fillo en Santiajo estudiando pra crejo- ; algunas frases malsonantes en frances,» con de Dieu» o «salope de putaine» y un inglés cinematográfico aprendido al escuchar al pregonero del Ayuntamiento como anunciaba el nombre de los actores de las películas de los miércoles. Y, con este bagaje, a veces improvisa algo para atender a los clientes que, en verano visitan la villa.
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«La Casa» -los empleados de Banco, al referirse a la empresa, dicen «la casa»- siempre preocupada por el bienestar social del cliente y a pesar de sus anticuados métodos publicitarios, logró, en cierta ocasión, anotarse un tanto a su favor -en su haber, hablando en términos bancarios- y confeccionó unos mapas en papel de pergamino con el itinerario a seguir por los peregrinos desde Roncesvalles a la Ciudad del Apóstol, con un gran texto, a pie de página, de Agustín de Foxá, el poeta falangista que escribió, con otros la letra de CARA AL SOL, aunque la escribiera una noche cerrada, en los bajos de un bar.
Los mapas estaban dirigidos, principalmente a los turistas extranjeros que llegaban al Banco, sudorosos, a cambiar moneda. Y cuando aparecía uno de aquellos tipos, vestido estrafalariamente, Ernesto, siempre obsequioso, le entregaba reverencialmente un mapa, diciéndole, «Tenez, monsieur. Un mapé», mientras exhibía una sonrisa de oreja a oreja.
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Un buen día -primeros soles caniculares- llegó al Banco, un tipo vestido con pantalón corto, camisa floreada y gafas azules. Era un inglés de Brighton que había conocido en Cacabelos a Alexander Eaton, «el inglés» y que hacía turismo por El Bierzo, a bordo de un BMW destartalado y a quien Ernesto confundió con un francés de Rouen que días atrás había pernoctado en Villamor.
-I want to change money -dijo el inglés- .
Ernesto, nervioso -siempre lo estaba cuando el verano volcaba sobre la villa cientos de turistas- al ver su oportunidad buscó febrilmente uno de aquellos mapas publicitarios, sin encontrarlo. Sudaba. El inglés cambió libras esterlinas por pesetas españolas y con un thank you gutural salió a la calle. Se esfumaba una oportunidad para Ernesto y rezó a Santa Rita, abogada de los imposibles y a San Antonio de Padua, abogado de las cosas perdidas para que entre los dos le echasen una mano y apareciese el mapa. Y se la echaron: el mapa apareció bajo un libro copiador. Lo recogió y encasquetándose la gorrilla se lanzó a la calle en persecución del inglés de Brighton. Lo alcanzó. Lo retuvo por un brazo y ante los villamorinos estupefactos que tomaban el sol en la Plaza Mayor, porticada, gritó desaforado:»¡Le mapé…¡.¡Le mapé…¡. ¡Le mapé del camino de Santiago, monsieur, … For you…».
El inglés recogió el mapa con una mano, mientras, con la otra, espantaba una mosca testaruda que se posaba sobre su barbichuela rala y murmuró para sí:»Estos españolitos…. ¡».
Por supuesto, lo dijo en inglés porque, por algo, era de Brighton.
Continuará
Próximo capítulo: Otras cosas de Ernesto G.
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