Los lunes, en la
década de los cuarenta, -entre 1940 y 1950- mi padre
iba ,siempre, a Villafranca, a ver a los abuelos, en su bicicleta azul y, al
regreso -a partir de 1946- se detenía en la hermosa plaza porticada
de la Villa y saludaba a don Tomás Nieto Madrazo, impresor y dueño de la
librería que, desde bastantes años atrás, ofrecía al comprador todo tipo de
libros, estampitas de la Primera Comunión, devocionarios, misales y obras de
los autores contemporáneos, nacionales y extranjeros y, sobre todo, sobre todo,
los últimos números de algunos tebeos -así se le llamaba a los cuadernillos. Porque tenían
forma de cuadernillos, apaisados,- que contaban las aventuras de
héroes del comic que tanto gustaban a los niños de
mi edad: Purk, el Hombre de Piedra, El Guerrero del Antifaz o El Pequeño
Luchador, dibujados por M. Gago o Roberto Alcázar y Pedrin de Eduardo Vañó.
A nosotros, a mis
amigos y a mí, nos entusiasmaba El Guerrero del Antifaz y su escudero Fernando
que, además tenía otros personajes como El Conde de los Picos, Ana María,
Zoraida, Aixa, Osmín Santhal y Suleimán o Ali Kan, pero, también, Purk y los
monstruos antediluvianos o Roberto Alcázar y Pedrín .( A Roberto
Alcázar lo asimilábamos a Roberto, el hijo del factor de la
Estación y a Pedrin, a Pedro Garrote, el hijo del guardia Civil
Garrote y hermano de Luis y de Maximino).
Roberto Alcázar, antes
de su publicación, iba a llamarse Roberto Alcaraz y era un aventurero
español -en algún cuadernillo se le llamó «detective
español»- que acompañado de un golfillo rubio al que encontró en el
primer número mientras de polizón en un trasatlántico rumbo a la
Argentina y al que adoptó, se dedicaba a perseguir maleantes.
La profesión de
Roberto Alcázar no estaba muy clara: unas veces decía que era periodista, otras,
detective y en algunas, agente de Interpol. Sabemos que se alojaba en los
mejores hoteles y que tenía amistad -y era conocido- por jefes de Policía
o Gobernadores de todo el mundo.
Se dedicaba -queda
dicho- a la captura de criminales y no aceptaba recompensa alguna lo que
nos hacía suponer que alguien pagaba sus gastos o que, tal vez, era un
millonario que, por gusto, se dedicaba a estos asuntos.
Roberto Alcázar
siempre iba muy bien vestido y jamás, en sus aventuras, se despeinaba. Casi
siempre golpeaba a sus agresores con los puños y en escasos momentos se
le veía con una pistola. Nunca disparaba contra nadie.
En muchos de los
cuadernillos luchaba, sobre todo contra los chinos, que eran los malos. No se
hablaba de nazis o comunistas sino de chinos ladrones y estafadores.
Como en todos los
«comics» de todas las épocas, a Roberto Alcázar le acompañaba
un ayudante -en este caso Pedrín- que era como la contraposición
del protagonista.(Esto ocurría en El Guerrero del Antifaz con Fernando, en El
Capitán Trueno con Crispín y Goliáth o en el Jabato con Sansón).
Pedrin, en el caso que
nos ocupa, era, tal vez, más protagonista que otros personajes de otros comics,
sobre todo porque muchas de las frases que empleaba pasaron a formar parte del
habla popular: jarabe
de palo yostras, Pedrin fueron latiguillos que
usábamos los niños en aquella época. (Recuerdo que los curas habían prohibido
la frase ostras,
Pedrín porque ostras se asemejaba a la palabra
«hostia» y eso no estaba bien visto.
Mucho después,
personas que han estudiado el comic de Roberto Alcázar han llegado a decir que
Roberto era homosexual o pederasta o sea, que a Roberto Alcázar le
gustaban los hombres o, al menos, los chicos rubios con pantalón corto. Lo
decían porque en estos «comics» no aparecían mujeres o, si aparecían,
eran episódicas.
A Roberto Alcázar no
se le conocía mujer alguna y, sin embargo, El capitán Trueno tenía a Sigrid, el
Guerrero del Antifaz a Ana María y Purk, el Hombre de Piedra a Lilian.
Claro que el autor y el guionista que, por cierto, escribía los guiones en la
cárcel en donde estaba por haber pertenecido al ejército de la república,
lo negaron.
El dibujo es muy
sencillo, casi esquemático. A mí, el dibujo de Roberto Alcázar y Pedrín no me
gusta. Nunca me gustó. Los prefiero más elaborados, más hechos, pero todo esto
no es óbice para que estos cuadernillos tuvieran un éxito especial y aún
hoy sigan en mi biblioteca.
No tengo los mil
trescientos números que fueron apareciendo entre 1.940 y 1.976 pero, sí
algunos que aún siguen adornando rincones en donde aguardan, pienso, la mano
curiosa que los hojee.
J.L. García
Categories: Colaboradores


















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Los comics me gustaron siempre. Algunos de la epoca que dice José Luis los he comprado y ojeado en las ediciones actuales, y aunque son algo caras merece la pena y tambien me gusta la critica que hace. Un saludo y que siempre se aprenden cosas.