
Lo que comenzó en 1990 como una representación humilde impulsada por la Asociación Cultural San Esteban de Corullón se ha convertido en una de las citas más arraigadas de la Semana Santa berciana. En su XXXIII edición, la Pasión Viviente mantiene intacta su esencia gracias al relevo generacional —con Borja Ares siguiendo los pasos de su padre, el primer Jesús— y al impulso clave de nombres como Elio Ares y Vicente Pumarega, auténticas almas mater de una tradición que ha sabido crecer sin perder sus raíces.
La historia de la Pasión Viviente de Corullón es la historia de un pueblo volcado con su tradición. Desde aquel 1990 en el que José Luis Ares encarnó por primera vez a Jesús, con apenas tres escenas y medios precarios —trajes escasos, cascos hechos con balones y una cruz improvisada con postes de la luz—, hasta la actualidad, el crecimiento ha sido constante, aunque siempre fiel a su origen.
Detrás de aquel primer impulso estuvo un maestro llegado de La Bañeza, junto al trabajo incansable de César, quien desarrolló los diálogos, y el empuje imprescindible de Elio Ares y Vicente Pumarega. Ellos, junto a la asociación, sostuvieron una iniciativa que, con el paso de los años, fue ganando en participantes, escenas y complejidad. Más tarde, la llegada del párroco Jesús Álvarez elevó el nivel interpretativo y de exigencia, marcando un antes y un después.
Hoy, más de medio centenar de personas participan en una representación que recorre distintos escenarios del municipio, desde el Monte de los Olivos hasta el ahorcamiento de Judas, incorporando con el tiempo nuevas escenas como la Última Cena o el lavado de pies. La implicación colectiva ha permitido mejorar cada detalle, desde la escenografía hasta el vestuario —renovado este año—, pasando por los efectos de luz y sonido, posibles gracias a la colaboración desinteresada de vecinos como Bruno y Begoña.
La Pasión también está hecha de anécdotas que reflejan su carácter popular: antorchas encendidas dentro de una casa llenando todo de humo, una tuerca perdida que retrasó una crucifixión o un cáliz vacío que no impidió continuar la escena. Historias que, lejos de restar, suman autenticidad a una representación que sigue emocionando.
El relevo generacional ha sido otra de las claves. Tras la etapa de José Luis Ares, que tuvo que dejar el papel por motivos de salud en 2008, tomó el testigo Javier Pumarega durante siete años. Desde 2015, es su hijo, Borja Ares, quien da vida a Jesús, cerrando un círculo que comenzó cuando, siendo niño, no podía evitar llorar al ver cómo “pegaban” a su padre en escena.
A día de hoy, aún permanecen desde el inicio algunos protagonistas como Miguel Ares, Alfredo Ares o Miguel Montero, junto a una nueva generación que garantiza el futuro. Porque si algo ha demostrado Corullón es que la Pasión no es solo una obra: es un legado colectivo.
Y en ese legado, brillan con nombre propio Elio Ares y Vicente Pumarega, piezas fundamentales para que, más de tres décadas después, esta historia siga viva.
La memoria de la Pasión de Corullón: Ana Carballo aporta claves y recuerdos para entender su historia
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